Friday, April 13, 2007

proSÁBADO 003


CUANDO A BALZAC LE ENTRA la manía de la descripción -observa un amigo- puede pasarse cuarenta páginas detallando cada sofá, cada cuadro, cada cortina, cada lámpara de un salón.

–Ya lo sé -dice Luder-. Por eso no entro al salón. Me voy por el corredor.

* * *

Luder regresa de su habitual paseo por el malecón.

–Estoy confundido -dice-. Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acantilado, se baja los pantalones y se caga mirando mi crepúsculo. Eso demuestra la relatividad de nuestras concepciones estéticas.

Dichos de Luder/ Julio Ramón Ribeyro (Perú, 1929-1994)
http://www.yachay.com.pe/especiales/ribeyro/
http://sololiteratura.com/rib/ribobras.htm
http://www.monografias.com/trabajos12/mojulio/mojulio.shtml
http://jcoaguila.blogspot.com/2006_10_01_archive.html
http://www.educared.edu.pe/estudiantes/literatura/ribeyro2.htm
http://jrrz.blogspot.com/
http://www.geocities.com/roland557/ficcion/ribeyro.htm
http://www.perublogs.com/busca/julio+ramon+ribeyro
http://hablasonialuz.wordpress.com/2006/09/06/julio-ramon-ribeyro-y-su-publico/


Contenido

Cansancio – Sergio Borao Llop
La muerte inefable – Orlando Alcántara Fernández
Guiñapos rosa tristón – Abilio Toimil
Azules que se caen de morados – René Rodríguez Soriano


Cansancio

Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta. En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así. Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar.

Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

© Sergio Borao Llop


La muerte inefable

"No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu,
ha dicho Jehová de los ejércitos."
Zacarías 4:6.

Yo soy el único testigo de la muerte inefable del escritor satánico ADAN FARISEO. De su turbulenta existencia sólo queda un vestigio: Un cigarrillo encendido en el cenicero que en vida perteneció al occiso. Por el momento su obra permanece inédita. A mí me toca la odiosa tarea de publicar sus textos. Temo que el intoxicante sabor de sus páginas deletéreas me obligará a condenarlas al ostracismo del silencio.

Aunque llena de altibajos, toda su vida fue un pecado. El escritor ADAN FARISEO disfrutó descaradamente de los placeres de la carne: Odió al prójimo; se inmiscuyó en la política; simpatizó con el comunismo; fue sadomasoquista y homosexual; mintió y robó; blasfemó y fornicó. Nunca mató, pero con su verbo aguerrido aniquiló mundos imaginarios y recreó universos verbales que luego asesinó con una frase, con una sola palabra. Nunca se arrodilló ante un ídolo pagano; pero su corazón rindió tributo al dios de las tinieblas en sus variadas manifestaciones mundanas. Nunca adulteró, porque no se unió legalmente a ninguna mujer. Nunca usó el nombre de Jehová en vano, porque antes de morir no lo conoció (mejor dicho, apenas lo conoció). Su muerte inesperada puso punto final al imperio de Satanás el Diablo en su piel de barro.

Los manuscritos profanos de ADAN FARISEO están sobrecargados de sutiles impurezas hábilmente disfrazadas por un humanismo a ultranza en busca de la liberación personal sin Dios ni Cristo. Me atrevo a afirmar que su destellante prosa en última instancia socavaría los cimientos de la imaginación creativa en cualquier lector desprevenido. Descarto, por consiguiente, que su obra literaria se vea ennoblecida con el galardón póstumo de la publicación –nimio mendrugo de la posteridad vencida.

Por valorar sus manuscritos con palabras agrestes, Jesucristo tiene que perdonarme. Es de rigor que mi verbo sea severo al enjuiciar sus páginas, porque ADAN FARISEO fue un personaje cuyos días fluctuaron entre lo auténtico y lo falso, entre la total dependencia y la mayor autonomía. No pretendo justificarme ni racionalizar la virtual injuria.

Tengo ante mí sus textos. Los veo; los re-leo. Me avergüenza saber que ADAN FARISEO fundó "El Club de los Ateos", lugar distinguido en donde muchedumbres se daban cita para saciar sus penes.

Pongo a Jehová por testigo. ¡Tengo que ser implacable! ¡No hay atajos! ¡No hay salida! ADAN FARISEO vivió como un desaprensivo hasta que un día terminó de investigar la Biblia. Después de negar la verdad revelada por mucho tiempo y -más notorio aún- después de interminables debates polémicos con varios de sus amigos "Universalistas Cristianos Bíblicos de la Iglesia en las Casas", en la privacidad de su habitación se arrodilló abrazando la Biblia. Le pidió humildemente a Jehová de los ejércitos que lavara su inmundicia con la sangre expiatoria de Su Hijo, Jesucristo.

A su mente llegó la cita clásica de Juan 3:16: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." Su corazón vibró; su alma se estremeció. Permaneció de rodillas por un tiempo que parecía eterno por la sublimidad de la paz que embargó de repente su compungido ser.

Ahora la gente me asedia con sus preguntas. Les digo que ADAN falleció, que pasó a mejor vida. No me pueden entender y les confieso que algún día escribiré la historia singular y verdadera del escritor ADAN FARISEO. No sé si publicaré sus textos. Sólo sé que siento incomodidad cuando la gente se acerca a mí y me cuestiona sobre el finado poeta.

En la actualidad estoy sopesando su obra inédita. Antes de morir, le prometí al difunto vate publicar sus textos. La labor de resucitarlo a partir de las cenizas del cigarrillo encendido que aún se consume obstinadamente –consumiéndose a sí mismo y consumiéndome por dentro- es, en verdad, una empresa heroica –acaso titánica- que algún día realizaré a sabiendas de que mi biografiado no merece ser recordado ni siquiera por la mujer que durante nueve meses lo albergó en el resquicio sagrado de sus entrañas.

Tal vez muchos seres se encuentran en la misma condición caída. Es muy probable que la muerte inefable del escritor satánico ADAN FARISEO ilumine sus atribuladas almas. Yo, por mi parte, me he equivocado tantas veces que en esta ocasión también creo que he errado el blanco.

Camino despacio entre la multitud. Algunos me saludan y me confunden con el extinto aeda. Yo les digo que se han equivocado, que dejar de fumar no es tan fácil. Espero que este sea -Dios mediante- el último cigarrillo de ADAN FARISEO. Por lo pronto, debo bautizarme en la Iglesia en las Casas de los Trinitarios Cristianos Bíblicos. "¡Levántense, vámonos de aquí!" (Juan 14: 31).

Multitudes de "hombres" se encuentran desquiciados desde que cerraron el cine pornográfico "El Club de los Ateos". Su propietario, el escritor Orlando Alcántara Fernández, lo clausuró cuando le entregó su vida a Jesucristo, Señor y Salvador nuestro.

© Orlando Alcántara Fernández


Guiñapos rosa tristón

Sobre los conventos del abandono se diluye el humo como si no existiera cuerpo, la tortura del encuentro se ve prostituida con los nombres del neón, se ilumina el alcohol pegadizo al suelo; los problemas sonríen, se incrustan en el iris, quema la vida, disuelve el olvido.

Se piensa y se dice sobre los dedos que los surcos de las huellas nos conducirán a ese lugar en donde somos dignos de nosotros mismos, pensamos que una mano nos guiará a través de nuestras intenciones besándonos con su silencio cómplice e indicándonos la llegada con una mirada furtiva y sonriente. He llegado, pensamos, ya la máscara luce bonita, ya ensayo ante el espejo la mueca adecuada, el gesto propicio, el ademán.

Una noche una bofetada nos golpea la cara, el día se torna rojizo, se empapan en sangre oscura los engaños, aparece hostil la gárgola vida encarnizada.

Y nos encontramos con la vida rugosa, Picasso nos mira triste y la decencia no se haya con nosotros, guiñapos de rosa tristón. Y la mano, la mano se haya sola.

© Abilio Toimil


Azules que se caen de morados

Tanto dio la piedra sobre el cántaro que se secaron los olivos. Ella tenía los ojos turbios y un turbante azul, azul como las mallas que se interponían entre mis ojos mis manos y sus piernas y su piel y mis pasiones mis deseos.

El agua de la fuente era dulcísima y cuando no llovía a cántaros, ella cantaba una canción en la ventana azul. Azules como sus sueños en mis manos, como el mar en lontananza y lejos.

Yo cantaba un cantar entre sus piernas (sin las mallas azules, por supuesto), la lluvia decía afuera sus cosechas mientras, en guardia, el guardián tosía y cruzaba vigilando la terraza.

Desátame la falda, me decía, desátame las ansias y el fuego y las ganas de saltar y saltar del bolling jumping. Tanto pendió el racimo que me secó los ojos y el deseo. Sabor que se me pierde por las comisuras, por los dedos y todos los sentidos. Sabor que sabe a fresas y se chorrea como el vino que baja por las uvas, dos. Las dos que cuelgan, plenos pezones que casi revientan en el vano de la tarde, jadeando, cabalgando cabalgando, sudando con el grito que abre en dos todo el silencio y llama a su centro todas las llamas y las manos que asen, sueltan y vuelven a asir el aire y los deseos. Lenguas que salen y penetran. Labios que se secan y se mojan. Vides colgando, maceración del tiempo en su jugo.

Yo no bajé con celular ni entré a buscar con mi escafandra el yin y el yan, sólo bebí con sed hasta saciar todas las hambres y llenar la pendencia que ella guardaba en una página de su agenda.

© René Rodríguez Soriano
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© mediaIslaprosábado 18 de diciembre 2004

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