Wednesday, May 16, 2007

proSÁBADO 033



VI UNA VEZ UN CABALLO CIEGO: la naturaleza se había equivocado. Era doloroso sentirlo inquieto, atento al menor rumor provocado por la brisa en las hierbas, con los nervios prontos a erizarse en un estremecimiento que le recorría el cuerpo alerta. ¿Qué es lo que el caballo ve a tal punto que no ver a su dejante lo vuelve perdido como de sí mismo? Es que cuando ve, ve fuera de sí lo que está dentro de sí. Es un animal que se expresa por la forma. Cuando ve montañas, césped, gente, cielo, domina hombres y su propia naturaleza.

Los ojos del caballo/ Clarice Lispector
(Brasil, 1920-1977).
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1945
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/por/lispec/cl.htm
http://www.ucm.es/info/especulo/numero7/biografa.htm
http://www.letras.s5.com/lispector201102.htm
http://www.letras.s5.com/lispector040303.htm
http://www.lasiega.org/index.php?title=Clarice_Linspector:_de_la_epifan%C3%ADa_a_la_hierofan%C3%ADa.

Contenido

Hoy la he mirado con ojos diferentes – Arcangelie
Cuando me siento de vez en solo – Enmanuel Andujar
Búsqueda en una tarde de verano – Pilar Romano

Hoy la he mirado con ojos diferentes

Hoy la he mirado con ojos diferentes. Inmóvil, tendida en la cama, con un gesto de ternura que ya casi había olvidado, me ha transportado a otro tiempo, buscando sus recuerdos. Un algo más que sé que está allí, que me empeño en que ocurrió alguna vez, en algún momento de nuestra historia, pero que nunca pude ver y no sé muy bien donde se halla. No es la primera vez que lo intento y sigo sorprendiéndome de no encontrarla.

Mi niñez, llena de colegios, travesuras, juegos y jardines, tiene tan pocos seres vivos. Parecen marionetas representando papeles, solo papeles (cómicos, desconocidos, tan solo un poco allegados). En realidad, nunca se mezclaron conmigo, nunca hasta el punto que yo hubiera querido. Y no sé muy bien por qué razón. Quizás nunca lo supe o lo he olvidado. Pero... ¿donde estaba ella?

La encontré peinando mis largas trenzas. Tirando y tirando de mi pelo, apretándolo, hasta conseguir que fueran dos tiesas colas de pescado a las que había logrado arrebatarles toda su belleza, como si le dieran envidia o vergüenza. Más allá no la recuerdo, tan solo atisbo imágenes descoloridas, de mis hermanos: Ariel, siempre presente, siempre envidioso, siempre astuto, siempre… bajo su falda. Fany como un juguete redondito y risueño al que aprender a cuidar y a querer. Josué: demasiado pequeño, demasiado raro, demasiado de todo. Y después, mucho después, llegaron las pequeñas. Ellas ya consiguieron que yo terminara de crecer sin haber jugado apenas.

Me pierdo en mis recuerdos, les doy vueltas y vueltas. Voy pasando hojas de un libro imaginario, salto hacia adelante o hacia atrás sin ningún motivo, tan solo el de buscarla, y solo he encontrado sus ausencias, sus miradas que no decían nada; sus palabras que nada respondían y su empeño voraz en mantenerme ocupada y a su servicio a cambio de más nada o más desprecio.

Crecí y aprendí a mantenerme alejada tan solo por huir de ella, por no encontrarme con sus ojos ni su voz. ¿Que extraña magia poseía esa mujer que me repelía de tal modo? De niña, su distancia me hacia daño. Nunca quise admitirlo y me limité a ignorarla. Ella hizo otro tanto y perfeccionó el arte del desprecio y desde entonces ella fue hipócritamente amable y yo amablemente hipócrita, siempre que nos concedemos esos pequeños ratos en que jugamos a que no ocurre nada.

Y hoy aquí, las dos solas, la miro como tantas veces, y se me antoja que el destino nos jugó una mala pasada. Sin duda, ella no quiso ser como fue. Sin duda tenía otros planes y nunca ocultó su disgusto por tener que criar a tanto hijo como acabó pariendo. Incluso, puede que no fuera ni tan mala ni tan... pero no pudo sobreponerse a esa "esclavitud" de la maternidad, como ella la llamaba.

Parió como coneja y marcó a cado uno de sus hijos con su huella, con su forma de ser vacía y ausente. Sin duda ella soñó con una familia grande y amorosa, con hijos que la adoraran. Pero, ¿cómo adorarla si nunca les dio calor, si sus sonrisas eran meros fingimientos?

La he observado y sólo sonríe en días de fiesta, cuando se siente objeto de las miradas, cuando hay gente alrededor. Cuando se van, todo vuelve a la normalidad fría y dura.

Tan fría y tan dura que consiguió helar mi corazón y volverlo de piedra. Ya sé porque no recuerdo más de su vida. Fue un olvido necesario el certero dictamen de la supervivencia. Tanto que ya mi corazón no pudo resistir mas humillaciones ni más hipocresía. Até un pañuelo con mis cuatro pertenencias y salí de su lado a buscar lo poco que quedaba de mí.

Y aquí estoy observándola por última vez. Esperando que lleguen sus hijos para que ellos también puedan verla. He arreglado con primor su habitación, he adornado su cama con las sábanas más hermosas que he encontrado, he perfumado el ambiente, la he perfumado a ella y la he vestido como una diosa. Le pinté los labios y los ojos y el rubor de la cara. Hasta las uñas le pinté para que se encontrara hermosa. No puede tener queja de mí, he cuidado de ella hasta el final como ella quería.

Hoy la he visto con ojos diferentes. Al fin se libró de su carga y volvió a su rostro un gesto de ternura. Al final encontró la paz que tanto ansiaba. Pero no he podido derramar ni una lágrima, se las llevó todas anticipadamente, no me dejó ninguna para el día de su muerte. A pesar de la distancia ella sigue rondando mi pensamiento. Sus raíces, profundas y ocultas, siguen bebiéndose mi savia...

© Conchi Calderón Jiménez

Cuando me siento de vez en solo

Más sobre el supuesto "sufrimiento" del escritor. Si en verdad
tienes que sufrir que no sea por lo que escribes sino por cómo.

Julio Cortázar/ El Diario de Andrés Fava

Me he estado sintiendo mal. Es un asunto que tiene que ver inevitablemente con la distancia y el hecho de que, por algún asunto migratorio mal diligenciado en el que no abundaré, no puedo conducir en esta ciudad, donde el sistema de transporte público es algo relegado a elementos que la sociedad ya no valora. No tengo teléfono; ya ni los bancos se acuerdan de mí.

Llega el correo y la cosa empeora: un paquete de café (sabor que empieza con el aroma) y la respectiva botella de ron. Otro paquete: un libro firmado con tinta roja. Navego con avidez por las páginas nuevas y me susurro en voz alta: Coño, lo que faltaba, un libro para abrazarse.

Sólo de vez en cuando hace que la Rana me acompañe a compartir el autobús 35 con retardados mentales y la gente que va a las clínicas de metadona. Me miran con sus ojitos craqueados: lo han perdido todo. La calefacción está mala y me abrazo del libro, que pesa como un block de ocho, incluso su textura es rugosa, porque está lleno de muchachas que no llegan a mujeres. Huele a sobaco, a carro público y a juego de baloncesto, a ese puño en el aire y a la malapalabra atragantada como lágrima cuando Giulia, meneando la cucharita conmigo frente a Piazza Garibaldi, se sonríe tan ojos negros como Josefina y me enamora: E vietato atravessare il binari.

Adentrarse en todos los juegos que se le fueron de las ondas es bregar con fuego. Y él (culpable de irse quedando poco a poco, en esa manía tropical) las quiere celebrar con boleros dolorosos. ¿Te acuerdas Soriano de Camboy Estévez jurando por su madre que esa calle al final tiene su nombre? Claro, de seguro que te acuerdas, si cuando te fuiste arrastraste bajo las uñas el amargo del tabaco, el último trago y todas esas muchachas (placer de reiterar) que quedaron como pañuelo enlagrimado agitándose con furia en el espejo de la sección de clasificados de El Nacional, porque sí, porque quisiste hacerle tus trucos de caja de bola y telaraña a la muchacha en el escritorio de caoba, porque quisieron fumarse todos los estupefacientes que quemaron en la Dirección Nacional de Control, porque cuando el avión tiraba para arriba tú apretabas las muelas del juicio para pensar en Lucía, para recordarla mejor, cuando ella no te perdonaba nunca que le hayas alborotado el alma desde la fila en el banco, le pasaste el cheque firmado y le dijiste con todo el descaro que "Desde que Lola se fue ni la luz del sol, ni los sembrados se justifican y voy por ahí, dejándome llevar por la corriente"; para pedirle a la azafata que por lo que más quiera señorita consígame una servilleta para dedicarle un poema y mucha música de Frank Sinatra.

No tenemos remedio.

Cuando llegue el dolor, en esas noches en que el olvido no logra consumarse y lo que queda es tomar el trago dudoso del fondo, tendremos que aferrarnos a tu memoria de atarazanas y adoquines coloniales, a tus arrugas de jevitas encaramadas en matas de guayabas o destrozándose en tus brazos antes de que raudo, hagas las maletas y te lleves esa suavidad de voz, tus camisas azules y tus bigotes cuando Noti-Tiempo y Radio Mil Informaba. Abrazo el libro y me dejo abrazar, dejo que se regodee en la cóncava humedad que se me retuerce en las botas, en los dedos pelados de tanto perder, taza a taza, toda mi religión.

© Enmanel Andujar

Búsqueda en una tarde de verano

—¿Dónde habrán quedado esas lágrimas gordas, saladas, que brotaron cuando te fuiste, mamá? Ya sé: puede haber algunas en tu costurero... o no, más seguro en aquella bolsa con retazos de tela, tu bolsa de retazos; siempre me hacías buscar allí algo que combinara con la prenda que estabas cosiendo y siempre me pregunté qué haría yo con esa bolsa cuando no estuvieras. Ahora mis manos ajetrean en la nada. Ya no juego a ser grande, deambulo sola entre tus jazmineros sabiendo que no funciona la cajita de música.

—¿Buscaste debajo de la parra, donde por las tardes me leías la lectura que había indicado la maestra?

—El parral ya no está, mamá.

—El parral no, pero las lágrimas a veces sobreviven a las plantas. Yo vi que dejaste algunas allí.

—Son tus ojos que ven lo que yo resisto y tu memoria es todo lo que soy en este momento. ¡Ay, si pudiera encontrarme justo en la mitad de tu cuerpo!

—Ya estuviste allí, por eso puedes escucharme. ¿Buscaste junto al retrato de tu padre? También quedaban lágrimas allí, ya gastadas, pero lágrimas. Y en mi alhajero guardé unas lágrimas preciosas, tuyas de tu padre y mías, tienen un brillo especial porque están hechas de emoción: las que brotaron cuando nos despedimos el día de tu casamiento.

—Es enero otra vez y viene una tormenta. Debo apurarme, mamá. ¿Cierro la ventana de tu cuarto?

—No, mejor inunda la casa de música; la tormenta pasará. Pero antes dime: ¿por qué esta búsqueda?

—Es que me he quedado sin lágrimas.

© Pilar Romano
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© mediaIslaProSÁBADO 28 de enero 2006.-

proSÁBADO 032



CUANDO LAS TROPAS DEL DUQUE DE ORLEÁNS sitiaban Zaragoza, el clero persuadió a los pobladores que tales tropas eran apariencias producidas por un sortilegio.

La fuerza de la fe/ Voltaire
[Francia, 1704-1711].
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/v/voltaire.htm
http://perso.wanadoo.fr/dboudin/Voltind.htm
http://www.relatosfranceses.com/?op=module&id_module=&path_module=modules/Author/index.php&id_author=143#

http://www.mundocitas.com/autor/Francois-Marie+Arouet/Voltaire
http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article1027.html
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/voltaire/voltaire.htm

Contenido

Quien quiere ser el que se es – Jochy Herrera
Historia de un llavero – Elena Román
Humo – Sergio Borao Llop

Quien quiere ser el que se es

Era un azar su cuerpo y ahora lo conoces...
Enriquillo Sánchez

Estoy apegado a esa idea de lo que fui casi como quien quiere ser el que se es. Alguien me pregunta hace apenas unas horas el nombre de la mujer que más he amado y respondo sin elaboraciones: la que me he inventado.

Besarte el pelo libre sobre tus ojos verdes fue una osadía que la memoria no perdona. Oler cosas de ti era algo sin igual: ser un paria de la razón o un enloquecido muchacho de diecisiete que apenas se atrevía a morder labios, más allá de la imaginación o de la Anne
Bancroft, ella toda vestida de la Mrs. Robinson.

No te inventé, sin embargo, entre esa virginidad de amor que sólo una vez se siente (difícil estreno que a los treinta o cuarenta tardíos es sorpresa inimaginable). Te inventé mujer tocándote las pecas que hace un rato confesaste mías; mías porque me las apropié (y es que nunca das nada, dejas que uno se adueñe para luego recordarle la exclusividad de tus pezones y navíos; ellos que por supuesto son otros tras compartirlos y quedártelos para la eternidad de las mañanas).

Recreo el pelo y las mejillas tuyas llenas de lágrimas y dolor mientras decías adiós. Desapareces en Escandinavia, Boca Ratón o Mar del Plata; estás agazapada triste y huraña como los gatos, o como cuando te toqué entre las piernas esa primera vez que te gustó. Me es cotidiano no tenerte, respirarte, deducir tu álgebra de capilares; tu arquitectura verde y tibia. Me es maravilloso saberte cierta esperando la tierra de este alcohol fresco que pregunta por ti. Es cierta tu maravilla, la maravilla llamada ella.

Viví rutinas y fantasías, quiero decir, las vivo. Mas sin embargo, me es maravilloso encontrar en ti a aquella diosa de la playa que una vez tuve, Caribe rabioso y todo.

Te inventa Aznavour escuchándole en la ventana de universitario feliz y francamente indocumentado. Flashbacks de ti aparecen justo en el instante álgido en que despierto sabiendo que La Maga espera al doblar de una esquina a la que no llego. Lleno de miedo me lanzo a amarte, mujer inventada; y te dibujo y te corrijo, y te busco luego de encontrarte; y le pregunto al mar si te esconden las caracolas o si te protegen las sirenas o ambas cosas a la vez. Callo. Desconozco si me escuchas o si te esfumaste, mujer mía y no mía.

Yo sé que no llego aún a la meta ni al principio; sé de ti y sé de mis pasiones, de los astrolabios y las mariposas que siempre te persiguieron. También supe una vez de tu boca cuando en un taxi casi vacío osaste dedicarme una mirada y yo un beso la imaginé. Hoy sé de ti y de tu ausencia, mujer de papel casi teñido de jazmín. Te miro el olor y la culpa de tus ojos; te miro entre tus uñas y el recuerdo de esa que jamás fuiste. Ahora eres todas con nombres y apellidos.

© Jochy Herrera

Historia de un llavero

El día que me fui de la casa marrón y, para celebrarlo, me preparé un buen plato de espaguetis, porque no sabía cuándo volvería a comer caliente y la noche anterior había soñado que mordía lianas con queso. Yo iba buscando el descampado, acostarme sobre una colilla, taparme con una piedra y pasar el tiempo así, pasando el tiempo. Pero por el camino vi una casa roja, llamé, me abrieron, entré, me invitaron a comer espaguetis y sacaron del congelador una cama que caducaba a la mañana siguiente. También estuve en la casa verde, en la amarilla, en la rosa, en la azul… y en todas me cedían una cama de una noche y unas palabras de un día, y ante lo inesperado de mi visita improvisaban cocinando… sí, espaguetis. Yo agradecía su hospitalidad regalándoles historias de llaveros con las que decían sentirse identificados. Cuando al fin llegué al descampado, olisqueé el aire en busca de la zona en la que se concentraran más raíces de tamarindos subterráneos y allí me senté. Agarré un puñado de aquellas raíces, las herví en un litro de sudor que había guardado para la ocasión, les espolvoreé encima un poco de dedo rallado y dejé que se enfriaran porque no iba a comérmelas. Y mientras observaba cómo se rompían las cosas que estaban lejos, no, no pensaba en el retorno: pensaba en una casa blanca y en un gran plato de macarrones.

© Elena Román

Humo

Escuchó la fuga de un eco en su memoria. Supo entonces que todo lo ocurrido después no merecía la pena. No fueron más que puñetazos al aire, bocanadas de humo sin cigarrillo, reflejos de un eclipse. ¿Quién iba a recordar ahora si las libélulas emigraron en noviembre o de qué fuentes manó la sangre de los parias? ¿Con qué ojos mirar hacia el ocaso sin evocar la precisa sentencia del olvido? ¿A quién iba a importarle si el norte es el oeste o si el este termina por devorarse a sí mismo como un intemporal Ourobouros? (El sur no, el sur es siempre el mismo resplandor crucificado). Y esa persistente voz preguntando una y otra vez cuándo terminó exactamente la película; esa voz queriendo averiguar (¡cómo si eso fuese a cambiar algo!) cuánto tiempo llevaba presionando inútilmente los botones del telemando y recibiendo por única respuesta una pantalla negra que grita "Nevermore!"

© Sergio Borao Llop
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© mediaIslaProSÁBADO 24 de diciembre 2005.-

Tuesday, May 15, 2007

proSÁBADO 031



EL ÁNGEL DE LA GUARDA LE SUSURRÓ A FABIÁN, por detrás del hombro.

—¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra "zangolotino".

—¿Zangolotino? –pregunta Fabián azorado.

Y muere.

Tabú / Enrique Anderson Imbert

[Argentina, 1910-2000]
http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/anderson/eai.htm
http://members.fortunecity.com/detalles2002/prosa/imbert/imbert.html
http://people.uncw.edu/mountt/401Sala%20de%20espera.htm
http://www.armandfbaker.com/vision_del_mundo.pdf
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/pizarro_cristina/humor_en_la_narrativa.htm
http://www.otrashierbas.com/biblioteca/2005.06/de_enrique_anderson_imbert_unicornio.htm
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=215798
http://redescolar.ilce.edu.mx/redescolar/act_permanentes/lengua_comunicacion/el_oto%F1o/entrale/cuento%20nunca%20acabar/enriqueanderson.htm
http://es.geocities.com/silviafpriego/sadismo_y_masoquismo.htm
http://es.geocities.com/silviafpriego/cigarrillo.htm
http://es.geocities.com/silviafpriego/tabu.htm
http://gargantuario3.blogspot.com/2005/04/sala-de-espera.html

Contenido

Matador II – Rey Enmanuel Andujar
La muerte de Benito – María Eugenia Caseiro
Heroico II – Alfredo Cedeño

MATADOR II:

8vo Microrrelato Espiritista Allan Kardec 2005

Have you read Chicken Soup for your Soul? Try Tomato Sauce up your
Ass… It's the Italian version
.
Tony Soprano

Seguí las instrucciones de la carta al pie de la letra. Con la recompensa pude viajar por segunda y última vez a Italia. En este viaje debería ignorar los templos; ni hablar del Vaticano: la abrumadora presencia de las imágenes católicas (llenas de tensión y aguda expresividad) podrían influir en la pobreza de mi espíritu. He preferido bordear Toscana, ignorando Siena y empezando por Arezzo. Es domingo en Cortona en una gran casa donde todo dice "The Shining". Corro a tomarme un capucho y la gente rebosa las tratorías. Un tour operador es perseguido por un grupo de japoneses en atención murmurando asombro, el mismo violinista en la plaza y de frac. Asco súbito: un fuetazo de miedo. Bajo caminando a la estación muerta de Camucia, donde, mientras espero el próximo tren para Nápoles, cerveceo con una alemana que ha venido buscando un curso de cocina. El tren por fin. Vacilo y leo despacio: E VIETATO ATRAVESSARE IL BINARI. Golpe contundente. Cuando lo que ahora soy, libre de aquel estropajo de sangre, carne y pelos, se confunde con la mortecina luz de las cuatro, escucho a la alemana tratando de hacerse entender entre la gente del forense y los Carabinieri: Él me dijo, en perfecto italiano, que estaba muy triste, pero nunca imaginé que era un suicida.

© Emmanuel Andújar

La muerte de Benito

Las rameras cuidaron de él en el oscuro cuartucho de la calle Sol, pero no hubo tiempo, en unos instantes la vida se le fue del cuerpo y a ellas las manos se les quedaron vacías.

Lo rasuraron, lo bañaron con el agua de lavanda; esa lavanda barata y escandalosa que alborotaba a la mulata Luisa, la que trabajaba en el café La Estrella, donde Benito tenía asegurado cada mañana sin más costo que la facundia que brotada de sus labios carnosos, una taza de café humeante y su cajita de cigarros Competidores. “Que sean Competidores, Luisa, no equivoques la caja." -Decía Benito con la camisa medio abierta, abanicándose el pecho con el sombrero mientras Luisa lo miraba alelada.

Ellas, las putas del barrio Jesús María, mezclaron el sabor medio dulzón de la muerte con el deseo de la vida; le acariciaron el cuerpo con ternura, lo frotaron todo con el agua de lavanda, con tal suavidad, que hicieron palidecer de envidia las gardenias que había traído Luisa. Vistieron a Benito con el traje blanco y reluciente de los domingos que recién planchara Aurelia; la mulata blanconaza de asentaderas grandes y jugosas como hojas de caisimón, que si no le hubiera recordado tanto a su madre, Benito hubiese pasado por la piedra de su sexo sin mayor complicación. Pero le tenía lástima, y por más que trató de verla con otros ojos, no pudo con la estampa del parecido ligada a la de sus cuatro negritos como ángeles de chapapote pululando por el solar con las barrigas hinchadas por los parásitos.


Las mujeres seguían acariciándolo, llorándolo suavemente con aquellas lágrimas que caían sobre el cuerpo de Benito como un manantial salado y pegajoso por el rimel, que llevaban adherido al rostro como una etiqueta espantosa de la que ya no podrían librarse jamás. Le pusieron aquellas medias nuevecitas que el negro Bartolo tenía guardadas en un cajón para una ocasión especial y con gusto ofreció para que el difunto emprendiera con buen pie el viaje al otro mundo. También lo calzaron con sus zapatos de dos tonos, a los que el propio Bartolo había sacado un brillo tan destellante, como si Benito fuera a lucirlos en su último baile. Luego el clavel; un clavel rojo en la solapa del muerto las hizo quedar a todas con las gargantas, y hasta con los ojos, hechos un nudo de la admiración que le profesaban al chulo más guapo de Jesús María y sus alrededores.

Lo lloraron con todas sus lágrimas, con todas sus gargantas y con todos sus clamores, hasta quedar exánimes y gastadas todas las caricias y palabras de que disponían en su extenso repertorio de burdeles y callejuelas oscuras. Luego lo llevaron a enterrar... Caminaron bajo la lluvia; una lluvia fría y naranja en la que se perdiera el singular cortejo por las ruinosas callejuelas del cementerio, y los negritos de Aurelia convertidos en diablitos, chapoteaban felices en los charcos animados por el croar de los sapos y la belleza de las lagartijas que sacaban sus pañuelos en espera de un nuevo arco iris.

Las rameras de Jesús María rindieron tributo a Benito; lo lloraron, llenaron el humilde féretro de besos de colores, ligueros, lazos, peinetas, zarcillos, algunas estampillas de santos y hasta fotografías a las que borraron viejas dedicatorias. Por última vez, besaron el ataúd, lo vieron bajar a las profundidades de la fosa cuando Bartolo y el resto de los hombres lo enterraron tapándolo con paletazos de tierra negra y fértil donde rojos y hermosos gusanos, tendrían la fiesta de la carne, el debut de un baile nuevo en que las prendas íntimas ligadas a las estampillas y el resto de la bisutería obsequiada a Benito, sería saqueada y revolcada para celebrar la entrada del difunto al seno de la tierra.

Las mujeres regresaron tristes a casa, con triste paso en medio de una lluvia triste en el triste día de la despedida. Abrieron las puertas a un sentimiento nuevo, con el recuerdo de Benito convertido en santo; un santo hermoso y admirado al que pondrían en el altar de sus corazones lleno de velas e inciensos, de flores y escapularios, de tragos de ron y tabacos humeantes: ofrendas y mixtura de todos sus credos. Un santo al que ya nunca volverían a escuchar hablar de sus andanzas, de sus bravuconerías, de sus conquistas…, un nuevo santo callado que les recordaría tal vez a San Francisco de Asís, o quién sabe si mejor fuera compararlo con Changó de las legiones.

Pero muy pronto, aquel chulo, el mejor plantado de Jesús María transformado en santo por el amor ciego y desenfrenado de las putas, se identificaría como un espíritu renovado y feliz. Las mujeres no tardaron en darse cuenta que el chulo sandunguero vendría a habitarlas en sus sueños de lluvias; volvería a vivir y a morirse nuevamente en los brazos de sus desazones; a quedarse dormido en las noches de juerga y a desaparecer como siempre, con el alba.

Aquel terrible agujero apenas sin sangre, por donde había entrado la bala, parecía el causante de que el alma se le saliera constantemente del cuerpo.

© María Eugenia Caseiro

Heroico II

Laocoonte siendo sacerdote de Apolo se dedicó a castrar efebos y violar doncellas con sistemática dedicación digna de más augustas causas, aunque no menos jacarandosas, hasta que del mar aparecieron las serpientes de Neptuno para ahogar a sus dos hijos, que terminaron también con él.

Fue el único que supo presagiar el engaño con que los griegos tomarían a Troya y quedó su martirio en el mármol que ahora atesora El Vaticano, luego de pasar unos cuantos siglos bajo la tierra de la parcela de un campesino italiano que sólo supo de ahogar a su mujer con el follar y el empreñar anual.

Todo este fandango comenzó –según la lengua de Homero- cuando París quien pese a su condición de príncipe y en honor a su verga, muy cachonda y vagabunda, se robó a Helena, mujer de Menelao, por lo que los aqueos se dedicaron a sitiar con escasa misericordia, y durante dos lustros, a la hasta entonces reina de Los Dardanelos.

Escombros y esclavos quedaron donde coitos y señores reinaron, azotaínas implacables contra los viejos patricios remacharon el triunfo que sobre las ingles del rey putañero se supo maquillar con una supuesta guerra por la libertad económica en el Mar Negro que los troyanos habían sabido zamparse a su faltriquera voraz.

Del Mediterráneo no se podía pasar al Mar Negro sin pagarles a estos hijos de Troya, en las aduanas se quedaban ninfas y efebos para completar el peaje de quienes eran dueños y señores del mar hasta que los aqueos con Agamenón, muy señor y rey de Micenas, con su caballo de madera empreñado de soldados y lanzas la acabó.

Y en ese menú de melancolías una veleta hizo que en un decenio se acabara la ciudad temible donde besos y amores fueron milagros botando cielo e infierno, de propios y forasteros, sedas, oro y poder al fondo del mar donde nunca Matarile iría a buscar o llevar sus llaves en una disposición de ilusiones disfrutadas por los dioses y sus olvidos.

© Alfredo Cedeño


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© mediaIslaProSÁBADO 17 de diciembre 2005.-

proSÁBADO 030





SE CUENTA DE VOLTAIRE QUE UNA NOCHE se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire, dijo:

—Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos –y se calló.

Como los demás lo alentaran a proseguir, añadió:

—Ése es el cuento.

Cuento/ Ambrose Bierce
(Estados Unidos, 1842-1914)
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/bierce/ab.htm
http://www.cinefantastico.com/terroruniversal/ficcion/index.php
http://www.donswaim.com/
http://www.online-literature.com/bierce/
http://www.analitica.com/bitblioteca/massimino/bierce.asp
http://www.labondiola.com.ar/publishing/relatos/
http://www.cinefantastico.com/terroruniversal/ficcion/index.php?t=cuentos&id=17&mode=cuento
http://www.cinefantastico.com/terroruniversal/ficcion/index.php?t=cuentos&id=14&mode=cuento
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1469
http://www.hplovecraft.es/info_precursor.aspx?titulo=Ambrose%20Bierce
http://www.geocities.com/templodetezcat/scriptorivm/bierce.htm
http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_2/pdf/no2_koch.pdf

Contenido

Heroico I – Alfredo Cedeño
Peripecias por un boleto de avión – María Luisa Lázzaro
Buenos Aires y los mitos – Jochy Herrera

Heroico I

Aquiles, siendo hijo de Peleo y Tetis, fue un Superman antiguo creado por su madre al meterlo de cabeza en una ciénaga hasta casi ahogarlo y ponerlo a coquetear con la muerte desde ahí.

El pie por donde lo agarraba hizo que su talón fuera la kriptonita, donde llegó la saeta arrojada por París, aunque guiada por Apolo, para encajarse plena y arrastrarlo leve en medio de parpadeos sin que la muerte pudiera contorsionarse más allá de sus ojos.

Ya él encerraba la peor de las derrotas desde que Briseida, la del culo más apoteósico y maromero de todas sus esclavas, se fue con Agamenón a enseñarle cómo era que los dioses gustaban de entretenerse y delirar con el muy pagano arte de follar que los mantenía encalamocados.

Castrado en su orgullo, la educación que le dio Quirón el centauro fue una hoja de otoño rasgada ante los embates que imaginaba la muy hideputa pelvis del griego le proporcionaba a su otrora cautiva y agonizante bendijo poder abandonar en el camino su dolor insepulto.

Fueron en Troya su victoria y caída de la que luego Homero hablaría y solo Dios, o tal vez Lucifer, sabrá con cuantas mentiras fue aliñando hasta cumplir radiante con su papel de agente de prensa de la guerra escondiendo los dolores que le destripaban el alma al pobre héroe cabrón.

Ahora sólo nos ha quedado el mito y la mortaja de sus vértigos libres derrotados por las ganas de la hembra que dejó tumefacta su arma más preciada, sin ningún testimonio por el llanto que disfrazó de ira y que no se supiera nunca cuánto y cómo le dolió esa maldita huida.

© Alfredo Cedeño

Peripecias por un boleto de avión

No se me había ocurrido ni siquiera preguntar por el valor del boleto de avión para Madrid. Mi intuición me decía que si el bolívar había disminuido en un sesenta y siete por cierto frente al dólar, estaría por las nubes ante el euro. Así que ni siquiera dejé de dormir plácida. Ya me había convencido: Madrid, imposible, demasiado sueño. Además ya lo conocía, claro por fotos, postales, películas.

Unos amigos muy queridos me insistieron. Haz algo, me decían, mueve las cartas de la baraja que guardas bajo de la manga de la imaginación... Y, cuando me hablan de todo lo que guardo en esa manga, una energía poderosa empieza a moverse, y cual Hulk, levanto los brazos de la fe, rompo las camisas de la inercia y…

Me fui a hablar con un montón de personas. Unas, para pedirles un préstamo, otras para que me dieran el boleto a crédito. Todos me dieron largos discursos de la paralización del país, de las empresas quebradas, del alza del petróleo, de la iliquidez de la banca, y, sobre todo de la dificultad para conseguir dólares, que no sean en el mercado negro que seguro es propiciado por más de lo más, etc.

Hasta que… se me alumbró el entendimiento y fui a la Agencia de viajes que ganaba siempre las licitaciones de mi universidad, en los años de prosperidad, cuando nos enviaban a los Congresos del exterior para que nos fogueáramos (elaborando y) presentando las famosas ponencias (nuestras investigaciones) que ahora le dicen en los altos fondos: the papers.

Antes de bajarme del auto me acordé que tenía que pintarme un poco los labios. Desde que estoy en permanentes vacaciones jubilares se me olvida, aunque cargo (en la cartera) mi arsenal de coquetería en un estuche pequeño que mis hijas insisten en renovármelo de acuerdo a la moda. Me pinté la boca y me eché un poco de rimel en las pestañas. Lo hice a tientas, no pensé en la necesidad del espejo; además el tiempo es un diamante por conjugar.

Me bajé (qué bueno que Cortázar (digo Oliveira) nos consiguió la licencia para no tener que descender siempre) del auto, alisé mi falda para las ocasiones especiales, ensayé un poco (debí haberlo practicado más) el caminar con tacos Luis XI (aunque sea, porque con los Luis XII hubiera parado con el cóccix en el jardín del nunca jamás). He perdido la costumbre de caminar (de mi hermana Enza María de la Consecución Infraganti, con la RAE en la testa) como las mises: un pie delante del otro contorneando las caderas a ritmo de cumbia lenta o son abolerado. Mientras me dirigía a la agencia de viajes iba ensayando el asunto de las mises. Más que caminar, era tropezar de zapatos (o de pieses (en el amor y en la guerra de palabras todas las mieses son válidas) con el otro. Estuve a punto de caerme cinco veces. Los transeúntes volteaban a mirarme como se mira a los ebrios: compasivamente arrechos, con lástima y molestia al mismo tiempo.

Casi frente a la puerta noto una extraña cojera, la cumbia mental se pronunció como un grito del que me abstuve por educación. Uno de los tacones se había quedado metro y medio atrás. Me devolví, lo recogí, me senté en una suerte de muro, y sin pensarlo dos veces saqué una caja de chicle, masqué y masqué hasta hacer una bola generosa que coloqué entre tacón y zapato. De todas formas ejecuté un caminar elegante de medio-coja, bastante disimulado.

Al fin entré, pedí hablar con el gerente. Me atendió, me senté más rápido que la voz "siéntese". Alisé la falda, me acomodé los mechones más asustados de mi cabello... Levanté una pierna sobre la otra con el pie en punta… y con vocecita a lo Enza en los casting de su imaginación (con movimiento de hombros y todo).

—¿Se acuerda de mí? Soy aquella profesora que viajaba a los congresos... el Consejo de Desarrollo Científico pagaba los pasajes... ¿se acuerda de los sobres de licitación? Siempre ganaban ustedes... A Puerto Rico, Perú, Colombia, Costa Rica, México,
Chicago, New York. ¿Será que se acuerda?

Y el señor me miraba y sonreía con una mirada exageradamente pícara, los ojos le bailaban, el cigarrillo no se movió de sus dedos mientras yo tartamudeaba, esperando que me interrumpiera y me dijer: "Sí, claro...", para no tener que recordarle más países... En lugar de eso lo que hacía era sonreír, reírse incluso casi a carcajadas....

Después de un silencio eterno… tal vez fueron segundos, pero para mí eran horas perpetuas... me dijo: "Hay personas que son como lámparas encendidas, cuando entran iluminan todos los resquicios. Esas personas no son fáciles de olvidar… (¡Perro!, pensé para mis adentros, el tipo hasta es poeta... Esto es pan comido...).

—Veo que ya no se muerde las uñas… Así que necesita un boleto a Madrid, a crédito, para ser descontado del bono vacacional de la Universidad. No faltaba más, cuente con él de inmediato. Antes… hágame un favor... ¿Ve esa puerta cerrada? Es el baño.

Yo, que tengo una mente voladora, me puse roja, me imaginé cacheteándolo... ¿Querrá cobrar en especie, contante y sonante, el crédito...? No estaba nada mal, pero que va, una tiene su dignidad, conmigo tiene que empezar por el principio: las visitas de novio, el año de espera, los ramos de rosas amarillas cada semana, las siete pruebas de resistencias, los obstáculos capitales, etc.). Medio segundo tardó el susodicho en decirme:

—Vaya, arréglese un poco la cara, mírese en el espejo del baño...

¡Oh, diosito!... Me quedé como media hora en el baño. Me avergonzaba salir, me moría de la pena. ¿Lo que vi? Medio labio pintado por dentro y medio por fuera, es decir: la propia loca mamarrac... De paso el rimel se me había chorreado, inventándome unas ojeras de viuda sufrida.

El señor, tan decente, me mandó a la secretaria por si necesitaba ayuda. Me llevó unas toallitas con crema limpiadora y me ofreció –por órdenes del jefe- un rouge más discreto.

Cuando me atreví a salir, él, tan caballero, mirando el boleto me dijo que todo estaba listo, y que tuviera un lindo viaje.

Cuando estaba ya por irme, con mi billete a buen resguardo, me dijo:

—Admiro el equilibrio que hace para sostenerse.

El tacón había quedado junto a la silla cuando fui al baño. Creí que no lo había notado pues, juro, caminé (ese pequeño trayecto) como Ana Bolena lo hubiera hecho en igual circunstancia.

© Maria Luisa Lázzaro

Buenos Aires y los mitos

El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
Jorge Luis Borges

Acabo de regresar de Buenos Aires. Era tal como lo suponía. Apoyado en un libraco volumen tres y poblado de cartas cortazarianas, recuento mis primeras horas rodeado de minas elegantes y de memoria: Guerra Sucia, Oliveiro Girondo y el Luna Park; la Plaza de Mayo inundada de banderitas para turistas que fotografían gendarmes jóvenes, tan ellos que a Videla sólo lo conocen de oídas (son casi inofensivos soldaditos bien vestidos, casi nuevos, pero mas que todo inofensivos porque protegen a no sé qué ni a quién de unos piqueteros buenas gentes que sólo exigen mejor fiambre).

Estas, mis confesiones, las comparto con un amigo que ya pertenece a los difuntos. El escribió una vez que América era un texto cuya primera página estaba ahí para regresar a ella y vernos a nosotros y ver nuestro universo; que no importaba si entendíamos lo americano como descubrimiento o como encuentro de culturas, lo americano nacía con la certeza de los actos fundadores: poseemos el origen constitutivo y sabemos nuestro punto de partida, uno que precisa el antes y el después. Esta concepción permitió a Enriquillo
Sánchez definir lo que a su modo de ver era esencial para la literatura latinoamericana: el concepto de ley de la fundación. Para el fenecido escritor, Borges, Neruda y García Márquez eran ejemplos capitales donde se encuentran los programas poéticos más ambiciosos en las letras hispanoamericanas.

El poema de Borges Fundación mítica de Buenos Aires facilita mi reconstrucción de una urbe que solamente puede ser llevada en el corazón; un corazón que ha fundado sueños y perpetuado irrealidades, un alma capaz de perseguir el amor con sus mitologías y sus pequeñas magias inútiles.

Empecé a encontrar esta ciudad en El Ateneo (librería de tertulias y huellas greco-romanas) una tarde de café y jóvenes sedientos de libros, quienes, ahogados en palabras, se refugiaban tras un mar de páginas contra los cuarenta grados de la intemperie del Cono Sur. A mi lado, una tía en su edad, leía impertérrita una biografía de bolsillo de Marco Polo. El silencio y el café negro me remontaron al día que justo finalizaba: la niñez de Leda, mis amuletos, el fin del invierno austral y un piloto que unas horas antes habló en un lenguaje escandalosamente porteño a pesar de su evidente nariz anglosajona.

Mas tarde, anoche, fue tango. Yo era bandoneón mientras la pubertad me sacudía en ese barrio sin nombre del Santiago dominicano. Allí escuchaba los anocheceres musicales del único bar de mi memoria: El Morocho. Allí se anunciaba todo lo que se podía saber de tango allende Buenos Aires: Gardel que volvía y volvía mientras el primo Luis José iluminaba mi preadolescencia de inocente ciudadano, Damaris, que no entendía de cuerpos ni de edades, porque ella era sólo poseedora; y yo, que apenas me conocía, hurgaba pesares y sueños tucumanos.

Caminito. Los vecinos de la Boca dicen que cambian los gobiernos pero la miseria continúa; entre fútbol y fantasmas de inmigrantes italianos, nacen, crecen y se reproducen con y en el fútbol. Este callejón bohemio sobrevive el turismo porque ya dejó de ser historia. Es la nueva Argentina, el nuevo país de unos cuantos y la nueva República gracias al Ménem ícono y usurpador.

Ciudad de ausencias. Viví tinto, matahambres, bifes y una que otra milonga; la Galería Patio-Burlich y otras tumbas del consumo. Supe de alfajores y dulzuras, mas ahí no estabas. Estabas pero no me estabas con esos ojos de bandera oscura llena de sol, ojos de Borges celoso mientras te miraba en el Café Quebec. Te quedaste, che, en cada esquina del Buenos Aires que yo leía en Página Doce y lleno de ti imaginaba. Presa del Mar del Plata te quedaste, tras ese río gris que no vio tu color rosa a pesar de los viajes de la jungla; a pesar del Paraná dejando huellas justo frente a Puerto Madero una mañana cualquiera de este quimérico presente.

Hace unas horas que despedí a Buenos Aires sin desearlo. Mito o sueño, vivir ciertas historias es, únicamente, dominio de la literatura. Aclaro que no fuiste literatura mientras llegabas esa madrugada lúcida entre Recoleta y Callao, apenas media milla de Corrientes y Florida. Allí eras el amor amenazado, delatado en el nombre de una mujer. Y yo, como Borges, temeroso, tuve que ocultarme y huir.

© Jochy Herrera

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© mediaIslaproSÁBADO 10 de diciembre 2005.-