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SIN MU
JER A MI COSTADO Y CON LA EXCITACIÓN de mis deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
–Lo sé –respondió-, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.
La incrédula/ Edmundo Valadés (México, 1915- 1994)
http://www.her.itesm.mx/academia/profesional/humanidades/literatura/edvalades.htmlhttp://www.ucm.es/info/especulo/numero24/valades.htmlhttp://redescolar.ilce.edu.mx/redescolar/act_permanentes/lengua_comunicacion/el_oto%F1o/entrale/cuento%20nunca%20acabar/edmundorazones.htm
http://www4.loscuentos.net/forum/1/218/http://elcajondesastre.blogcindario.com/2006/01/00360-la-incredula-edmundo-valades-micro-cuento.html
Contenido
Proyecto uno – Sergio Borao Llop
Juicio a Dios – Juan Freddy Armando
Si ves a mamá dile que fracasé – Emmanuel Andujar
Proyecto uno
Desconcertado, consultó otra vez los planos. Había revisado el proyecto de arriba a abajo un sinfín de veces sin encontrar el menor fallo en él. Sin embargo, ahora que ya todo estaba en marcha, no cabía la menor duda: Algo había salido mal, pero se le escapaba qué pudiera ser. Corregir el error se le antojaba imposible; la mera admisión del mismo resultaría nefasta para su carrera. Así las cosas, no vio más que una solución. Mandó llamar al subdirector. Al hablar, fue tajante:
–Hay que poner en marcha el plan B. De inmediato.
El subdirector asintió sumisamente, adoptó la forma de serpiente con la que el mundo habría de recordarle y partió a cumplir su misión.
Así fue como Eva y Adán creyeron ser expulsados de un paraíso que jamás existió. Para que la ilusión fuese perfecta, hizo falta sembrar la semilla de la culpa y la desconfianza en sus corazones vírgenes.
Después, el escriba oficial, siguiendo al pie de la letra las instrucciones recibidas, según es costumbre en los escribas oficiales, redactó una edificante historia con tentaciones y manzanas.
© Sergio Borao Llop
Juicio a Dios.
"Mi pobre madre, al salir de noche a ordeñar una vaca,
fue mordida en una pierna por una serpiente por la
influencia del Tiempo Supremo".
Srimad-Bagavatan, canto I, cap. 6, texto 9.
La primera vez que mi madre fue herida por un toro que la persiguió en el potrero, creí que se trataba de una bendición de Dios para darme la oportunidad de quererla más y atenderla con diligente amor.
Llegó a casa arrastrándose. Una larga estela de sangre iba dejando a su paso. En el lado izquierdo de su espalda había sido la cornada. Mostraba una honda laceración, y la piel y los músculos le flotaban allí como un pedazo de tela. Su respiración tenía un cansancio mortal. Corrió mucho más de lo que le daban sus fuerzas. Los pómulos estaban color violeta pardo, y las venas de ambos lados del rostro le brotaban rojizas, como si quisieran explotar.
Lejísimos estaba la ciudad. Lejísimos el médico. Concluí en que no debía llevarla a ningún lado, que no valdría la pena. La distancia la mataría. Me decidí a curar la desgarradura, y lo único que encontré fue la aguja de coser sacos, larga y puntiaguda. Le puse hilo y procedí a coser. Después llamaría a las viejas del campo, que saben mucho de remedios.
Ella quería gritar cuando sentía los pinchazos, pero la carrera, el esfuerzo hecho y la sangre perdida le habían quitado las fuerzas. No sé cómo, pero la costura resultó perfecta. Cubrí la herida con hojas de plátano y empleé algunas medicinas caseras para detener la hemorragia, tal como me indicara mi abuela hacía muchos años. Un fuerte instinto de conservación, que creí fuera obra de Dios, me guió las manos, lo mismo que una extraordinaria y misteriosa fuerza espiritual me hizo recordar gráficamente y de viva voz los consejos oídos antaño.
Convencido de que era el espíritu de Dios, pensaba que el Señor comprendía los hechos bondadosos de mi madre. Que sabía de sus largos viajes buscando algo de comer o beber para mí o para algún desconocido que, enfermo, se refugiara en nuestra casita o para algún niño hambriento que hallara en el camino. Del desgaste progresivo de su cuerpo, trabajando para retardar la muerte de mi padre, que duró tantos años en agonía, con ese llanto nocturno que mi madre sufría casi más que él.
Dios sabe, me dije, del afán de ella por llevar comida a los trabajadores que laboran sin descanso en medio del cañaveral caliente. Imaginaba al Altísimo viendo a mi madre quedarse muchas veces sin comer por dar socorro a algún necesitado.
Por mi cabeza no había cruzado nunca la sospecha de que el Omnisapiente ignorara aquello. Tan perfecto lo concebía. Tan justo. Más que por la escuela, la iglesia o las palabras de mis padres, conocí a Dios a través de los actos de mi madre.
Pero la segunda vez que ella fue agredida por un toro, aunque la herida no fue tan terrible como la primera, una sombra de duda me ocupó la razón. Traté de olvidarla. Luché duro conmigo mismo. La olvidé. Después, cuando ella pasó varios años llorando todas las mañanas por el dolor de las dos heridas, otra vez la ponzoña de la duda me clavó el pensamiento, evadí todo razonamiento. Seguí exculpando al Omnipotente. No dejé desmoronar mi fe.
Pero se me enfermó el alma. Arrepentido maldije todas mis dudas. A mí mismo. Cerré los ojos y me aferré a Él. Mi cuerpo iba carcomiéndose. Tarde me di cuenta de que también mí alma se podría. De que mi mente era un territorio baldío, árido, un desierto perenne y sin límites posibles. Y ahora, la gente cree que me he desmayado cuando mira mi cuerpo descolorido y postrado.
Tendrá hambre, pensarán. Pero no. No saben que ese temblor de mis músculos y huesos, ese caerse de mis ojos, esa respiración apretada, es mi agonía. Siento que se me seca el espíritu, que mi alma desfallece, el mundo se oscurece y no veo el cielo que me acoja.
Me sofoca un calor interior, siento que mi cuerpo es todo fuego que me hiere y me calcina, y no sé si estoy o voy hacia el infierno, porque aquí, ante el cadáver de mi madre, agredida y tiroteada por el dueño del potrero, me niego a encontrarle sentido a este "Conformidad, hijo: obra de Dios", que me dice el cura párroco
© Juan Freddy Armando
Si ves a mamá dile que fracasé
Para Andrés Astacio.
"Estoy conciente de que en esta barra corro peligro de muerte."
Sasá Belarminio
El sonidito del frasco de diazepán sonaba como una maraca dentro de la noche. Aurora miraba perdidamente el vacío. La sangre se había detenido camino a la cocina y el cuchillo, cansado de entrar y salir del cuerpo de Licurgo, reposaba en un ecléctico sillón. Horas después Andrés recibiría por el Messenger la noticia. Su desconcierto lo llevó tropezando a la barra del tugurio donde Sasá rogaba por otra cerveza prometiendo saldar una cuenta que crecía y crecía hasta rebosar la paila, como los espaguetis Milano. Sasá no recibió con alegría al pobre Andrés; el dueño del burdel aguardaba en una esquina, bate en mano, a que se ordenara algo más. El recién llegado ofreció pagar las birras con tal de ser escuchado. Y habló: Coño, la jeva se le fue virgen para Francia; tanta pasión restringida para no desvirgarla y se le zapateó con Licurgo el Encantador. Hasta la madre de Aurorita había catalogado a ese muchacho como "Un perfecto hijo de Dios". Al momento de abordar, Aurora se enteró de todo. Conversadora la niña, contaba a las azafatas maravillas de su novio que la esperaba en Paris. Emocionada, daba detalles de cómo le entregaría su virginidad no bien se bajara del avión. A la hora de los nombres, en un perfecto francés sin acento todo fatalmente coincidió. Le tuvieron que dar uno de los calmantes que traía en el bolso y hasta la frotaron con la botellita de BayRum que cargaba cuando la francesita le dijo que qué coincidencia, hace unos cuatro días un garzón bastante encantador llamado Licurgo se lo había metido repetidas veces en el baño del avión. A ella y a la otra sobrecargo que se llama Lulú, que hoy no vuela porque está libre y de seguro anda con el susodicho enseñándole museos y bebiendo Beaujolais en las plazas. Sasá encendió un cigarrillo y confirmó que en la confianza es que está el peligro. Andrés se arrancó en un llanto quedo y cabeza gacha, pidió dos frías más. Ya en Francia, lo primero que hizo Aurorita fue comprarse un gran cuchillo Tramontina (10 euros aprox.) y luego se entregó a Licurgo en el departamento parisino. Rodó sangre del acto y sangre de todas las veces que el sagrado stainless steel entró y salió de la tripa. Poseída, llegó hasta la computadora, hizo Sign In y procedió a enviarle a la madre el mensaje fatídico de su corta estancia en la Ciudad Luz. Andrés, portador de las buenas nuevas, había dejado la cartera en casa. Sasá cometió el error de asumir la deuda. El dueño del bar, bate en mano, decide no aguantar más pendejá: Comienza la segunda del noveno.
© Emmanuel Andujar
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© mediaIslaproSÁBADO 15 de enero 2005.
PEREZOSA
E INDIFERENTE, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre...
Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; ómnibus se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. «Compro metal»... ¿Y la verdad?
Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.
Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?
Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?
Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.
Lunes o martes/ Virginia Woolf (Inglaterra, 11882-1941)
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/woolf/vw.htmhttp://www.booksfactory.com/writers/woolf_es.htm
http://dmoz.org/World/Espa%C3%B1ol/Artes/Literatura/Autores/W/Woolf,_Virginia/
http://www.answers.com/topic/virginia-woolf
http://opiniones.wordpress.com/tag/virginia-woolf/
Contenido
Humo en tus ojos de espuma y marafuera – René Rodríguez Soriano
Té verde – Helga Vega
De penumbra y amores elementales – Ramón Tejada Holguín
Humo en tus ojos de espuma y marafuera
Si una muchacha viene de tarde y mandarina y te sopla la flauta de su risa, la lluvia y las cigarras vendrán a contramano a cantarte muy quedo otros asuntos. Uno dice las cosas por su nombre y los puentes se pueblan de amapolas, geranios y sandías. (Después, que se callen los poetas del carajo). Entra una manada de colespadas por El Conde. De Las Damas, desemboca la muchacha en cuestión y es un poema ver los ojos salidos de los sacristanes en conserva, las viejas santurronas y al jocundo Monseñor de los altares, toda una sinfonía de aspavientos. ¡Qué monería! Un bolero hierve en la tisana del ambiente, otras muchachas rielan por los empedrados, miran los papalotes y es La Habana. Morena, la muchacha, en aluvión de caramelo. Te sientes el jenízaro que se le bebe a sorbos largos el aroma, los pespuntes y el mohín (Que se vayan al diablo los poetas con sus gaitas) Está sonando ahí, muy cerca tuyo, la canción noventinueve y el locutor, sediento de beber lo que nos dice que se bebe y poner la última canción, decir adiós, y tú la miras y ella te mira y todos la miran y te das cuenta que su rostro es todo mar o nube y algodón y, como dices, amaneció dulce y variopinta, te sirves sopa rosa. Das las gracias a Abreu y le prometes, por enésima vez, la propina que no cumples y el café ya está frío de esperar a la muchacha (diles que se callen, calle abajo, que no jodan con los premios y los versos Llénales de abalorios las recetas Cámbiales los cassettes, verás que ya no más, que nos dejan tranquilos Mándalos con sus partes y compartes). Mírala que se acerca y hay tumultos: maniquíes, escaparates y mirones que se ensartan a codazos y empellones. Mírala que ya viene, asolando las praderas de las horas. Fresca y franca como el agua de la fuente. Engúlletela ya, poeta tonto. Embístela sin pausas, antes que se te vaya de mañana y amarillo. ¡Vuela
© René Rodríguez Soriano
Té verde
Luego de aquella taza de té verde bebida a sorbos con cada llanto de Lhasa, estuvo segura de no dejar pasar esa noche. Fue como si los ángeles estuvieran custodiando su sueño, y con susurro de fino hilo en su oído despertaría muy serena y muy de madrugada. Ya no podía soportar aquella respiración a su lado y por primera vez en tantos años, se escabulló de la cama caliente; esa no sería más su cama aunque volviera en las noches por algún tiempo más. Con pasos felinos recorrió el pasillo y llegó al estudio, lo próximo sería abrir esa extraña ventana sin hacer chillar sus bisagras. Se encontraron en medio de dos oscuridades, un resplandor iluminaba sus rostros y sus manos atolondradas, dos seres entregados con cada palabra, mientras sus cuerpos temblaban con las caricias soñadas. Ni el reloj, ni el perro ladrando, ni las luces de algún auto pasando, nada existió, sólo se oyeron los grillos. De haber despertado aquel que dormía cerca, el exilio apenas se habría precipitado.
© Helga Vega
De penumbra y amores elementales
He oído hablar de la penumbra con poco acierto. Se ha hablado de los que se esconden en la sombra, de los que alojan su espíritu en una recóndita rendija de su cuerpo, de los enamorados que prefieren los rincones en penumbra y la soledad.
Ella y yo estamos siempre en compañía de los muchachos y las muchachas, jugando a la alegría y la felicidad. Sin embargo, a veces sucede, admito que me ha sucedido, que la penumbra remite a la solitud: entristecemos, uno se siente flotar en los nubarrones de la melancolía. En otras ocasiones la penumbra fascina: ese escrutarse a media luz, el misterio del mágico encuentro entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad es insondable.
Sé que se tiene miedo de hablar de la penumbra y el amor en tono adolescente. Pero cuando la penumbra seduce y ella está a mi lado, otro tono es imposible. Por ejemplo, si las luces se apagan y sus manos y las mías bailan la danza Taína del amor, las manos son hechiceras, yo me siento colegial, regreso a los parques, al verdor de la grama cuando la tarde, moribunda, se va, al no pise la hierba, pero ella y yo estamos sentados en el pasto.
Retorno al recreo, a las miradas fugaces de la joven amada, o sea ella, al cándido beso que la brisa lleva a la boca del enamorado, yo, mientras los amigos ríen y, bullangueros, me pasan las manos por la cabeza. Hay la puerta a algo familiar y lejano, desconocido y muy nuestro. Cuando beso sus labios, pintados de rojo Chinatwon, sólo penumbra quiero.
Creo que los amores elementales y secretos, los de quienes buscamos los rincones en penumbra y las cervezas más frías, los de dos amantes que inocentes y desnudos se hacen el amor con adolescentes glosas corporales son los mejores del mundo. Pero las cosas no son siempre como uno quiere. Las cervezas están tibias, ojos de buitres acechan nuestras vidas como si nuestros cuerpos fueran carroña. Salgo por la puerta principal y regreso furtivo por el garaje. El calor es insoportable. La conjunción de nuestros sudores simbolizan nuestros cuerpos y placeres.
Uno somos.
Su pecho: alimento para mis ávidas manos.
Piel tersa y tierna que da de beber a los sedientos labios del que acaricia.
Muslos y manos.
Boca y senos.
Pecho versus pecho.
Manos y manos.
Sexo y sexo.
Paz. Pero paz que se desvanece de repente, que sacude los cuerpos, y regresa lentamente.
Caricias que desean la sordera.
Voz: seré tu maestro.
Lo cierto es que soy esclavo de su cuerpo y de su espíritu, de su increíble y joven manera de estar siempre en pie de lucha, de esos labios Chinatwon que hablan del mundo y de la protección de las ballenas del Banco de la Plata y nunca del futuro del amor, porque viven este presente que somos.
Ahora, exhaustos, acostados, entrelazados, con las miradas en el cuerpo del otro, las manos hacen torpes intentos de caricias, miramos más allá...
Pensamos en nosotros. Olvidados por hoy los fantasmas que exigen ser dueños de nuestros presente y pasado.
© Ramón Tejada Holguín
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© mediaIslaproSÁBADO 006 08 de enero 2005.
CUANDO IBA
EL OTRO DÍA en el tren me erguí de pronto feliz sobre mis dos patas y empecé a manotear de alegría y a invitar a todos a ver el paisaje y a contemplar el crepúsculo que estaba lo mas bien. Las mujeres y los niños y unos señores que detuvieron su conversación me miraban sorprendidos y se reían de mí pero cuando me senté otra vez silencioso no podían imaginar que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha.
La vaca/ Augusto Monterroso (Guatemala, 1921-2003)http://www.uweb.ucsb.edu/~jce2/monterroso.htm
http://www.patriagrande.net/guatemala/augusto.monterroso/
http://cvc.cervantes.es/actcult/monterroso/
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/am.htm
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2059
Contenido
Porque toda separación es una herida – Sergio Borao Llop
Tiempo de lavar – Pilar Romano
Fantasmas resurrectos – Ramón Tejada Holguín
Porque toda separación es una herida
El cuentecillo que va a continuación fue escrito una noche de otoño, bajo el influjo de Winona Ryder o más concretamente de la inquietante mirada de Winona Ryder en una película cuyo único mérito era, precisamente, la inquietante mirada de Winona Ryder. El cuento en sí, lo reconozco, no vale gran cosa, pero uno o dos conceptos contribuyen, quizá, a salvarlo de la hoguera.
–No estés triste -le había dicho ella- Esto era inevitable. Después de todo, yo nunca hubiese podido amarte.
Luego, le dio un beso en los labios y se dirigió hacia la calle, escoltada por los dos tipos que habían venido a buscarla. Al abrirse la puerta, ella se volvió a mirarle por última vez y un rayo de sol iluminó su rostro. De haber existido esa posibilidad, el destello que se vio en sus ojos hubiera sido el preludio de una lágrima inminente, pero tal cosa era impensable. Cuando finalmente salieron, la puerta se cerró y el silencio ocupó la estancia.
Fumando, él miraba por la ventana. Recordaba el día en que se conocieron, la tarde de los pájaros, los alegres planes, las puestas de sol junto al estanque, el viaje a Florencia... Con inusitada precisión, podía ver en su mente los pormenores de aquellos diez años de vida en común. Era maravilloso recordar así, hasta los mínimos detalles. ¿Por qué, entonces, no se sentía feliz? ¿Por qué ese absurdo nudo en la garganta? Si cualquier otro de los ejecutivos de la compañía le viese ahora...
Pensó que si el recuerdo le resultaba doloroso, también podía optar por el olvido, pero la sola idea le produjo un acceso de rabia. ¿Olvidar?¿Sumar el vacío del olvido al vacío de la ausencia?¿Acaso cabe un horror semejante?
¡Cómo haber supuesto siquiera que llegaría a enamorarse de ella! Todo debería haber sucedido de otro modo. Al fin y al cabo, no era el primero ni sería el último. Pero nadie tuvo en cuenta el factor emocional, y ahora, él lo estaba pagando.
Si todo es pura apariencia, ¿qué importaba que los recuerdos fuesen implantados? ¿qué importaba que aquellos diez años hubiesen sido en realidad tres semanas?¿qué importaba que Ella -el prototipo Woman VI, como figuraba en los planos del proyecto- sólo fuese un androide, si le había hecho pasar las horas más felices de su vida? "Por supuesto –había dicho el vicepresidente de la compañía- le compensaremos. La próxima semana le enviaremos un nuevo prototipo mejorado. Y con funciones adicionales. Verá como le satisface"
Sentado junto a la ventana, Harry -Harry 12, según un expediente que muy pocos conocían- supo que sin ella nada iba a tener sentido, que habría otras y que ninguna de esas otras sería jamás Ella, y deseó que ese sol que se estaba poniendo, no volviese a levantarse más. Esa noche, por primera vez desde la incierta y olvidada fecha de su creación, soñó.
© Sergio Borao Llop
Tiempo de lavar
No estaba pensando en él, en realidad no estaba pensando en nada, sin embargo su mente, o quizá su alma, quién sabe dónde dormitan estas determinaciones, se llenó de golpe con la decisión de que lo perdonaría. Después de todo, la culpable era ella, por haberse enamorado de un hombre que llevaba en el bolsillo una máscara.
Su mirada hacia el jardín no logró modificar aquel estado de ánimo; el viento levantaba un polvo seco y agitaba los tallos de las plantas que hacía por lo menos una semana no regaba; contra un cielo casi metálico revoloteaban, como todas los días a esa hora, unos pájaros parecidos a pedazos de papel chamuscado mecidos por el aire que seguramente también se movía allá arriba. Cuando extienda la ropa se volverá a ensuciar, pensó, pero siguió cargando con jabón en polvo el lavarropas, como si sus acciones estuvieran desconectadas de la razón.
Tendría que hacer un esfuerzo y pensar. Quería estar segura de lo que haría antes de que volviera el fastidio de la noche para enredarla en la incertidumbre. A esa hora el destino siempre le mostraba incertidumbre. Antes de que creyera oír de nuevo las palabras de brujo con que él había alquilado ese destino. Antes de ceder a la tentación de encender la lámpara y bailar con falda de gitana sobre las promesas incumplidas. No es necesario pensar, pensó, ya estaba segura de que lo perdonaría.
Siempre me inquietó el blanco, recordó; quizá por eso su gata Elka era negra. Sintió el roce tibio de la piel peluda de Elka rozándole las pantorrillas mientras el polvo blanco del jabón seguía dispersándose sobre el agua. ¿Cuánto haría que sostenía el envase que terminaba de abrir? ¿No sería ya suficiente?
Debería haber maridos descartables, siguió divagando, como maniquíes casi, pero medio humanos; serían mejores que estos otros con la fidelidad de un gato montés.
Hizo un repaso de las aventuras de Javier, de las que había logrado soportar y digerir. Casi todas, inclusive la última, menos una: nunca pudo perdonarle aquella con la catequista de Elenita. Estaba la nena de por medio. Por ella conoció a esa falsa aprendiz de monjita. Aquello se le aparecía siempre como una obscenidad navegando en agua bendita.
Y de pronto, en esa siesta de otoño, la súbita sensación de que podía perdonarlo. ¿No será demasiado jabón? Suspendió la carga al sentir un insobornable deseo de descansar, aunque fuera por un rato. Puso en marcha el lavarropas y se sentó en una de las sillas del patio. Quiso tomar a Elka para acariciarla sobre su regazo, pero ella la rehuyó. Qué raro... es que el olor a jabón en polvo siempre la hizo estornudar... Con los ojos semicerrados, vio cómo la espuma empezaba a desbordarse, a avanzar hacia ella, a ocuparlo todo, pero su mente nada podía articular, salvo la idea de que lo había perdonado. Luego iría al dormitorio para decírselo. Por ahora, se abandonaría a esa placentera experiencia de flotar sobre la espuma, sentada en su silla, recorriendo toda la casa, rodeada de un blanco que por primera vez le pareció bellísimo, interrumpido tan sólo por los colores de una de las medias de Javier que se había escapado de la lavadora y flotaba junto a ella.
La silla, arrastrada por la espuma, entró con ella por la puerta de la cocina y las tapas de las cacerolas hicieron un sonido semejante al de una fanfarria. Luego pasó al comedor y advirtió que aún no había retirado el mantel del almuerzo. El cuarto de Elenita no le pareció vacío esta vez. Ella no estaba pero no le pareció vacío. Desde allí flotó por un pasillo hacia el dormitorio donde descansaba Javier, casi no se lo veía a Javier, tapado por la espuma; usando las manos como aletas de foca logró dejar el rostro y el torso al descubierto... esa leve cicatriz en el labio inferior que la había incitado a averiguar qué gusto tenía... y esas manos como para dejarlas hacer... no lo despertaría ahora, le hablaría más tarde de su perdón-
La corriente de espuma la acercó a la ventana, que se abrió casi reverente. Su cuerpo le parecía poco más que un juguete, apenas una pequeña pieza de ajedrez en medio de una tregua sin mentiras, apenas el marco de un viejo cuadro que alguien decide descolgar.
Sintió que todo lo que sabía dejaba de tener sentido y ya no reconoció los lugares por donde iba, le pareció que tenía infinidad de nombres y que había infinitos nombres para llamar a las personas y a las cosas, que había vuelto a ser pura y que ya nadie, detrás de la espuma, la reconocería.
© Pilar Romano
Fantasmas resurrectos
Un hombre sentado en el muro del Alcázar de colón. Una mujer parada en la Placita del Reloj de Sol. Nadie mira las estrellas.
La mujer desaparece en la penumbra. Aparece. El está absorto en sus pensamientos: trata de saber con cuáles ojos ella mira el río. Si con los de nostalgia y desamparo o los de soledad y plenitud. La penumbra se traga a la mujer. La libera.
Ella no es una aparición ni Doña María de Toledo que regresa. El hombre, hipnotizado, la observa como si lo fuera. Amos de un mismo territorio. Fantasmas resurrectos. Encontrarse es el inicio de una apacible historia de amor, sin sobresaltos, ni emociones.
Definitivamente, no podrán ser personajes de novela o cuento. Sólo la crónica de un instantes los captura.
© Ramón Tejada Holguín
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(c) mediaIslaproSÁBADO 1 de enero 2005.
UN ANCIA
NO VE UN MUERTO sobre el que caía la claridad de la luna. Reúne gran número de animales y les dice:
–¿Cuál de vosotros, valientes, quiere encargarse de pasar el muerto o la luna a la otra orilla del río?
Dos tortugas se presentan: la primera, que tiene las patas largas, carga con la luna y llega sana y salva con ella a la orilla opuesta; la otra, que tiene las patas cortas, carga con el muerto y se ahora.
Por eso la luna muerta reaparece todos los días, y el hombre que muere no vuelve nunca.
El muerto y la luna/ Blaise Cendrars (Francia, 1887-1961)
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1570http://es.wikipedia.org/wiki/Blaise_Cendrarshttp://www.henciclopedia.org.uy/autores/Kupchik/Cendrars.htm
Contenido
Cuento sin trama ni título – José T. Beato
Danza de la ironía – Thelma Kirsch
Los lunares de Matilde – Jaime Cabrera González
Lluvia Oquendo – Blanca Kais Barinas
Cuento sin trama ni título
Un rayo de luz se filtra no muy tímido por la ventana. Despierto y miro desde la cama. Por lo visto, afuera el sol deja caer hace rato su larga melena dorada. Debe ser domingo. Hay música alta en el apartamento vecino. Las notas cortan audaces el viento, sin hacer caso de los ruidos de la calle.
Es música enérgica. Oigo el tremolar de cuerdas graves. A éstas, se le superponen de pronto agitados violines. Percusión firme y repetida, oboes, fagots, trompetas....es la Novena; sospecho que en interpretación de Von Karajan. Me lavo, me visto y me asomo al balcón. Me tiro en un sillón.
Mi gato pudibundo llega reservado y orondo. A poco, me mira desconfiado. En un instante sus pelos se ponen de punta, conforme la música se agita. Yo también me levanto de mi falencia que no es lo mismo que de mi valencia y mucho menos que de mi cadencia. Brinco, me zarandeo y zaleo los brazos....el espíritu indomable de aquellas armonías a veces disonantes, me elevan y me tumban, me contonean, me traquetean y sacuden.
Orgullo, lucha; deseo el combate....Tatáaa...tatáaaaa. Siento como que me aplastan, mejor dicho ya lo han hecho. Resurge el tremolar de violines y de aquel bajo sinuoso. ¡Ay! Esas notas como que me ofenden, mejor dicho, estoy ofendido ....mejor dicho es la vida que me ofende. Voy a agredir...mejor dicho, voy a luchar....chiriiii, chiriiiii, tatáaaa...tatáaaaaa....
© José T. Beato
Danza de la ironía
"Un rey agoniza desde un millón de segundos"
Octavio Paz
Observas la ovación preconcebida mientras diriges sin batuta los gestos en el teatro del absurdo. Te alistas para el día que no verás. En la agenda donde anidan tus fantasmas agrupas epitafios, inventas coronas de gladiolos con enredaderas en el tronco. No dudaría que alguna lápida emergiese del ciprés que se encuentra en la entrada del campo santo, después de todo, el grabador de tumbas moraba allí mucho antes de conocerte.
Eres carne de cárceles entre secas muchedumbres y humores de rancias presencias.
¿Nunca te conté que el reloj ya no detiene las horas; que dejó de ser su dueño desde que el cristal de sílice robó su péndulo y olvidó como late el corazón; que el tiempo no detiene las hojas sobre los árboles, y el invierno los humilla?
Huyes de la vida escondido entre trofeos e imaginando caravanas de pegazos que cabalgan llevando un féretro moldeado por asistencias y multitudes aglutinadas. Un cortejo, donde los pañuelos de lino aparecen presuntuosos y a nadie dicen nada. No hay ningún papel con tinta enlutado. No llegarán a tiempo los perfumes que encargaste para este último momento y los vuelos conocidos que iluminaban tus ojos pasarán sin detenerse.
Las esquelas vienen desde fábricas de letras, las pegas en tu álbum de recortes. Nadie las leerá. Ningún poeta dejó una huella, ningún asceta describió tu invertida soledad. Y corres, corres porque tienes que presentarte aunque te alimentes muerto, ¡es tu funeral! No lo mereces. Porque mereces el sol del mediodía, la dulzura del pasto nuevo y la ausencia del remanente. Mereces a la amante que espera hasta que el manzano deje caer la última gota de su fruto y manche las lágrimas que le lavan el rostro.
Ay, si conocieras las puertas que se han abierto trayendo las presencias que no pudiste robar. Pero te dejo en tu agonía –ya me conocerás- porque pasaba y dije: ¿de dónde viene ese olor a incienso ya quemado; ese tul que vuela despacio con brazos extendidos y se aloja en los pasillos de la memoria?
Las mariposas también mueren dejando estelas de colores en colecciones petrificadas. ¿Tampoco lo supiste? Cada noche, cuando oscurece, desapareces del mundo que acaba de borrarse.
© Thelma Kirsch
Los lunares de Matilde
Este mediodía después de la lluvia llegó Matilde. Es viernes. Ella viene todos los viernes a la misma hora de la mañana, pero esta vez ha llegado tarde. Mamá le ha abierto el portoncito del callejón para que no vaya a mojar el piso de la sala con las chancletas de caucho y el plástico que trae en la cabeza.
Encuentro a Matilde ya sentada en la cocina, mete el pan en el café con leche; tiene las piernas cruzadas, mueve una de sus chancletas mientras come. Su figura desgarbada y su nariz torcida y sus cabellos grasosos y su sonrisa sin dientes me reciben con la misma alegría de cada semana. ¡Se parece tanto a mamá, sólo que mamá no tiene lunares!
Nunca he visto a nadie con tantos lunares, y comienzo a contárselos sin que ella diga nada. Casi nunca dice nada en la cocina, sólo hace un ruido de agua que baja por un tubo después que se lleva la taza de café a la boca. Yo sigo el camino de hormigas sobre su piel; uno, dos, tres lunares.
En cambio cuando plancha el bulto que mamá ha hecho con una sábana que termina en un nudo, se le da por hablar y hablar, alisando la ropa. Dice de su casa y de su soledad y de su barrio. Habla de una historia que no parece que fuera la suya mientras continúo contando sus lunares; siete, ocho, nueve.
Esta vez mamá no dice nada, ni siquiera la corrige cuando llama a abuelo, papá; apenas mueve la cabeza siguiendo cada palabra. Mamá tiene esa cara que pone cuando se queda pensando. Ella a veces se queda pensando por largo rato, es como si no estuviera, como si no me viera. Los ojos se le van para otra parte, las pestañas se le detienen.
Sólo cuando Matilde dice algo del hermano de mi papá, se acaloran un poco, pero sin alzar la voz. De vez en cuando detienen lo que dicen para mirarme. Tengo un dedo en uno de los lunares de sus pies.
Yo no les presto mucha atención, no me intereso en lo que hablan, discuten muy bajito, pienso, y no quiero confundirme con la cuenta de tantos lunares.
Uno, dos, tres.
Por estar pensando he tenido que volver a contar. Ahora que parecen más tranquilas escucho algunas frases que mamá deja sin terminar: "Aún no se te ve la…".
De repente mamá dice cuando alcanzo el lunar siete a la altura del tobillo, niño, ya basta, está bueno, te pones tan pesado… En ese momento ya no hay nada por planchar y yo que he perdido mi conteo, me quedo como todos los viernes con las ganas de saber cuántos lunares tiene Matilde.
Mamá despide a Matilde en la puerta con un, no vaya a ser que llueva otra vez y tú con esa... Y entonces escucho a Matilde toser con la cabeza baja como si tuviera el plástico, como si se mirara las chancletas de caucho. Se lleva una mano llena de lunares a la barriga y luego parte con una bolsa de mercado en la que mamá ha metido algunos vestidos de mi hermana pequeñita.
Al verla alejarse entre los charcos pienso que la otra semana tendré una nueva oportunidad… pero entonces me doy cuenta que mamá está llorando, llora en silencio como cuando uno no quiere que nadie se entere, llora como nunca. Y eso hace que en alguna parte empiece a dolerme Matilde y lloro con rabia su partida y busco a quien culpar….¡Todo por culpa de sus lunares!
© Jaime Cabrera González
Lluvia Oquendo
Lluvia Oquendo llegó al poblado con la infancia a rastras y una madre que parecía estar en otro mundo.
Nadie recordaba quién las trajo, pero quien fuera las abandonó; así que se quedaron en el viejo bohío al final del camino.
No se sabía nada de ellas, porque nunca hablaron de sus vidas, detenidas en un silencio lejano.
Fue el tabaquero, que de tanto andar por los caminos se enteraba de muchas cosas, el que contó que la madre era de la frontera, que una crecida del río se llevó a su familia, quedándole sólo un hermano, quien con el tiempo se perdió no se sabe dónde.
Que rodando de casa en casa le embarazaron a la fuerza, y de esa manera nació Lluvia Oquendo.
También dijo que el nombre de la niña se debía a que nació bajo una lluvia sin límites.
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Con este pasado en su pequeño cuerpo, Lluvia Oquendo se hizo parte de ese entorno, siempre igual en el dolor y el hambre.
Cuando, sin esperarlo, su madre muere más de cansancio que de enfermedad, siguen pasando por el rancho esas sombras raudas que no dejan rastro.
Así Lluvia Oquendo se hace una mujer rotunda y silenciosa, familiar para todos en el poblado.
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Duerme todo el día, porque amanece recostada en la pared del bohío, en la vieja silla de guano.
Conoce todos los secretos de la noche, pero nunca ha salido una palabra de su boca para contarlos.
Cuando alguien le deja un cigarrillo, fuma con lentitud y deleite, mientras piensa que todo cuanto ve es su destino para siempre.
Protegida por la oscuridad casi adivinó a Valerio acercarse.
Lo vio todo, porque cada noche vive la espera de que se detenga ante su puerta. Por eso sabe el más mínimo detalle del hecho.
Valerio caminaba mirando el suelo, tratando de ver el trillo que va al lado del camino. Silbaba quedamente y su paso era lento y cuidadoso.
Lluvia Oquendo vio la sombra detrás de él y el brazo alzado y contundente que se abatió sobre su espalda una y otra vez sin darle tiempo a nada.
El cuerpo se curvó hacia atrás y después hacia delante, antes de caer.
Luego, la sombra huyó veloz, tropezando con las piedras.
Lluvia Oquendo se revolvió en su asiento espantada, con un grito detenido a la fuerza, y entonces los ojos del hombre se posaron en ella.
Sintió un pavor inmenso ante esa mirada que se convirtió en una expresión amenazante, reconociendo a quien se decía había cobrado a buen precio cada muerte misteriosa ocurrida en esos lugares.
Con un escalofrío que le recorrió la espalda, se supo condenada.
Se sumergió en el terror y se vio habitando el miedo cada noche, esperando la estocada mortal que hiciera eterno su silencio.
Entonces, Lluvia Oquendo, empujada por el miedo y sabiendo que ya Valerio no se detendría ante su puerta, dejó su pasado en las paredes del bohío, echó su presente en un bulto cualquiera, y tomando un camino sin futuro se fue como vino.
© Blanca Kais Barinas
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© mediaIslaproSÁBADO 25 de diciembre 2004.