Wednesday, June 27, 2007

proSÁBADO 041




NUNCA TE LO HE PREGUNTADO, nunca. Ni cuando tosés, ni cuando sonreís. Nunca. Me alarman tus ojos alargados cuando te encuentro en los pasillos, tu voz tiembla cuando atiendo el teléfono y me dice con cierto temor. ¿Es usted, realmente usted?

Aquella primera vez que fui a tu casa, después de cenar y saborear el último trago de vino, mientras veía la enredadera trepar y trepar por la ventan, creía que lo más natural era empezar a desvestirme, pues tus gestos tímidos, en algunas de tus palabras y de tus recorridos silenciosos e insistentes se adivinaba un deseo espeso, que era imposible detener.

Me dijiste que no, no era eso lo que querías. Con bastante desconcierto seguí hablando de los misterios de la noche, esa noche mágica abre puertas, abre ojos, abre sexo, abre soledad, abre comunicación, abre búsqueda. Adentro me pregunté qué diablos querías. Nunca tomé iniciativa alguna, ni hubo de mi parte la más absoluta insinuación, simplemente respondía a tus cortesías, a tus regalos, a tus extrañas cartas de amor con la educada atención de quien se da cuenta de que está siendo distinguido.

Después me pediste que me desnudara poco a poco. Contesté ya no tengo tiempo ni ganas, otro día, otra noche mágica abre sueños, abre misterios, abre paredes, abre pensamientos, abre caminos, abre posibilidades, abre lágrimas, abre protestas, abre claves. Y me fui con la frescura de cerrar cualquier curiosidad.

Hubo otra noche y muchas noches más. Las que me dieron la gana me desnudé y se hicieron cortos y largos trabajos de amor sobre tu cuerpo y sobre mí cuerpo.

No pudiste retenerme, mi rumbo era otro y por eso llegó la noche mágica cierra puertas, cierra sexo, cierra besos, cierra deseos, cierra música, cierra silencio, cierra manos, cierra, caricias, cierra piernas, cierra movimientos.

Y no comprendiste y desde entonces tus atisbos, tus encuentros en todas partes, tus llamadas telefónicas con eso de qué es de tu vida, tus cartas, tus invitaciones, tu letanía de reclamos, frente a mis evasivas, mi tengo mucho que hacer, por qué no me dejas en paz, adiós y buena suerte, y no quiero compromisos y estoy hasta el copete de ser responsable, por favor olvídese y búsquese alguien distinto.

Por las calles sus ojos pegajosos, por las fiestas sus manos busca remordimientos, por los timbres sus llamadas de atención, por los vestíbulos su voz de insinuaciones y reproche, por los caminos la sospecha de dónde va y qué está haciendo. Un acoso, una batalla con múltiples frentes y mi escasa libertad subsidiada por el descanso de su no encuentro, de su no presencia, de su disiparse un momento para volver, como si no hubiera pasado un segundo, con su eterna pregunta de qué ha hecho.

Y nunca te lo he preguntado. Nunca.

Hoy metida en la noche mágica, que entreabre y entrecierra flores y enredaderas, labios y laberintos, voces y bullas, bares y sesiones de comedia humana, libros y sentencias absolutas, oraciones y mentadas de madre, suspiros y escupites, manoseos y discursos, penumbra de claridades y hambre de misterios que regatean solvencia a las ceremonias, me pregunto y te pregunto.

No hay razón alguna. Nunca hubo razón alguna. Tu labio tropezó con el mío, el tuyo esperaba antes de esperar. El mío ya era camino abierto. Te miré como se mira a los tontos con cierta obligación temporal de complacerlos. Vos me miraste antes de que mirara, con inclinación marcada hacia lo distinto. ¿Cuál culpa propia hay en la culpa? Y la culpa es una enfermedad que se contagia.

Me quisiste contagiar, lo sé. No sabías que cargo a mi espalda la noche mágica, la que a veces abre, la que a veces cierra.

En todo caso, no te lo he preguntado nunca, ni pienso preguntarte nada.

Esa noche que camina conmigo / Carmen Naranjo
[Costa Rica, 1928]
http://www.clubdelibros.com/escarmennaranjo.htm
http://www.mcjdcr.go.cr/magon/carmen_naranjo_1986.html
http://www.inamu.go.cr/nuestras-huellas/GaleriaCultural/Novela/NovelaCarmenNaranjo.htm
http://elojodeadrian.blogspot.com/2006/03/una-visin-panormica-del.html
http://books.google.com/books?id=MsfnEkqQRJ8C&pg=PA209&lpg=PA209&dq=carmen+naranjo&source=web&ots=8GFfPKa28p&sig=cpaE43tOF5WX2TXviT7WmhYwY2I#PPA281,M1 http://www.clubdelibros.com/archicarmennaranjoentrevista.htm

Contenido

Tony Pichs – Sobre el mar
Luisa Belandia – Domingos
Aldo Vercellino – Cartas vivas
Bárbara Machado – Universo paralelo
Manuel García Cartagena – Hambre de ti, Rosita

Sobre el mar


Sobre el mar, ahí, sobre el mar, el demonio y los sueños resumen el afán de desmentir al abismo que se levanta para alcanzar las estrellas.Sobre ese mar, repetí en vosotras los deleites de esta vida, solté mis sueños, dejando volar sus esperanzas, amarré mis ambiciones a un altar para seguir las tuyas, sin pensar que un día los puñales se quedarían con los recuerdos de una juventud.Sobre el mar, incrédulos quedaron mis ojos, golpeando a un hombre cansado que escribió algunos poemas sin ser poeta, para desahogar sus penas.Fue ahí, en ese mar que me vio nacer, donde no pude vivir en alta voz y descubrir que la naturaleza era el cielo, que las causas eran mías que el sostenerme de tus brazos me dejaron como un vagabundo.Con frecuencia, pensé desaparecer suavemente sobre mí mismo pero continué por la luz que sólo podía ver, la luz del mar, que llevaba mis sueños al demonio para entregarle este alboroto de ideas que hoy me matan.

© Tony Pichs

Domingos

Los domingos, no encuentro papel, ni pluma, ni fantasía. Los domingos son torpes como monja en secucion. Sigo andando alrededor de la isla, y las olas del mar inundan las raíces del árbol laborioso del resto de la semana. No hay rascacielos ni hurgainfiernos, sólo un desfile de pensamientos ahogados durante seis días activos, para desembocar en la vagancia de las letras dominicales.

© Luisa Belandia

Cartas vivas

Escribí cartas sobre una tumba.

No acerca de, ni que versara de sepulcros, sino encima. Una tumba fría y abandonada por todos -hasta por la extinta, supongo- menos por mí.

Durante años dejé testimonio de la dimensión de una injusticia en que la difunta estuvo involucrada, aunque ella dice, a juzgar por su silencio, que no.

Empecé tímidamente, por orgullo: una esquelita breve, ya transcurrido el tiempo prudente, que se transformó en una barroca exposición en el segundo intento, azuzado por su desdén y la necesidad de aclarar ciertas cosas que me parecían muy importantes. Odio quiero más que indiferencia, se intitulaba, y era delatora porque claramente se me veía dolido en la ambigüedad. Me arrepentí de esa actitud, por mostrarme débil y entregado; nada le gustaba tanto a ella como saberme a su merced y siempre dispuesto, tanto al perdón cuanto a la súplica y la puteada. "Sí, sé que sabés que la injuria esconde y devela a un llanto", le aclaré, resignado, y traté de recomponerme y volver al ataque fortalecido. Ataque, fortaleza, estrategia... qué palabras horribles dedicadas al amor, pero qué inevitables; no sé cómo llegue a eso, cómo pude aceptar su convite al combate y la competencia; yo le ofrecía el mundo; ella nunca tuvo sentimientos, ni en el más allá.

No niego que tuve y a veces tengo furibundos deseos de venganza, pero para qué.

Durante lustros apilé hojas lapidarias y sepulcrales. Sé que las leyó, porque desaparecían semana a semana. Tal vez por simple regocijo ególatra; quizá porque en el fondo algo me quisiera. Y nunca tan en el fondo como en la muerte.

Seguramente pensará que voy a ir, manso, a buscarla, como siempre, pero esta vez no voy a ser quien comparezca; siempre soy yo el que da el brazo a torcer, y una relación de a dos involucra a los dos. Eso le voy a decir.

Lo sincero sería que le dijese que la amo con toda el alma y para siempre y lo repitiera una y otra vez de rodillas pero eso no sirve, ya lo he comprobado.

A ellas les gusta hacerse las difíciles.

Post data

De cada una de las miles guardé cuidadosa copia; es fácil presumir que escribí el doble de lo que le dije, pero a eso ella nunca lo sabrá: no es digno ostentar dignidad, y yo la amaba. Hace mucho, cuando estaba viva, cierta y palpable, le había declarado "No me avises cuando te vayas. No me interesa conjurar la distancia de tan mala, absurda e inefectiva manera: ni los metros ni las horas se resuelven escribiéndolos. Si no hay brazos ni voz y hay que inventarlos, no me interesan aunque sí me involucren y afecten. No voy a caer en la trampa / de hablar con fantasmas.", epistolarmente y mintiendo. A lo mejor se sintió abandonada de antemano, pero era para protegerla; a veces hay que tener frialdad de cirujano. Por otro lado, no era igual el sentido, la intencionalidad y la vigencia de aquella misiva entonces que ahora. Escribí cartas sobre una tumba. Nunca me fueron contestadas.

© Aldo Vercellino

Universo paralelo

Debo hacer un alto en el camino ahora, me detiene una luz que asoma entre las sombras; una voz que se aleja y regresa, presa de su propio eco, como un espíritu cautivo que se rehúsa al olvido, absorbe mi atención, la magia no excluye ningún detalle, me distrae como incitándome a evadir algún propósito. O tan solo me recuerda que no debo olvidar huir de la nada, esta nada que me acorrala cotidiana y metódica, disfrazada de caras numerosas en demasía; ambiguas, extrañas, ajenas, que aun así me sonríen. Obligándome a un gesto de reciprocidad, gesto que permanece congelado en la mueca que suele ser mi rostro, si la ocasión impone alguna regla de formalidad.

Pero me encuentro al fin aquí en mi lejanía donde prefiero estar, persiguiendo esa voz que me cautiva y transporta a este universo paralelo, donde sólo se escucha el canto de las olas de un mar inmenso y calmo que me invita a danzar a su compás, aquí donde una nube puede ser cualquier cosa, porque aquí cualquier cosa puede ser y ocurrir entre las manos mías; aunque tan solo sea yo, una más de las tantas criaturas que transitan ante la indiferente mirada del universo.

Es aquí donde se unen los dos azules en una fina línea irremediablemente perfecta y horizontal, es aquí donde convergen como un pacto todos los ojos fijos en armonía absoluta sin poder claudicar, parecen sumergirse por instantes los asuntos pendientes, mientras un parpadeo trae de nuevo los ruidos de sirenas y un autobús se aleja dejando atrás su estela de humo denso, contaminante y real como la vida misma.

Ahora debo continuar, ya está la luz verde.

© Bárbara Machado

Hambre de ti, Rosita

Cuando le apremiaba el apetito —llamémoslo hambre para rendir tributo a la democracia—, Pirulín Macías no vacilaba en ir a acodarse al mostrador de la fonda “Lucrecia”, parada obligada de todos los camioneros, guagüeros y galleros de la parte alta de la ciudad. Allí, por la módica suma de dos de los pesos de entonces, un plato le era rebosado con arroz a granel, guiso de pollo a discreción, un pozuelo regular de salsa de habichuelas y hasta un consecuente vaso de agua. Cierto es que Pirulín tenía que hacer mil malabares para reunir los mencionados e infames dos pesos, pero para su suerte todavía abundaban in illo tempore personas de equilibrado talante dispuestas a contribuir de manera particular con el desarrollo del arte y la cultura, etc., cada vez que él paseaba su nunca bien ponderado sombrero de pavita en torno al conglomerado de curiosos que se arrebataban a empujones centímetros de pavimento para presenciar el espectáculo que él y Rosita, su culebrita verde, habían hecho famoso desde el parque Enriquillo hasta la plaza de Armas de la República. Rosita y él se compenetraban tan perfectamente como la uña y el dedo. Verdad es que él la mimaba de manera ostensible e impúdica, besándola en público antes de cometer el primer acto de su célebre número. Pero también es cierto que ella le correspondía impecablemente y con una puntualidad digna de encomio, ejecutándose siempre con precisión milimétrica en el momento indicado.

Entre los transeúntes que se aproximaban con relativa frecuencia a las inmediaciones del parque Enriquillo, la pareja de Rosita y Pirulín se hizo tan famosa como la de Romeo y Julieta, y más admirable que la de Bonnie y Clyde. Todos esperaban verlo aparecer sobre la estrecha tarima (usualmente, un simple banco de parque), llevando a Rosita anudada en torno a su cuello como un collar de tres vueltas. Luego de un breve pero sincero aplauso, Pirulín saludaba a su amable audiencia, y se lanzaba a recitar una bien calculada arenga, mezcla de salmodia y de discurso publicitario a la manera de los presentadores de circo. Artista consagrado, Pirulín Macías mostraba en la adustez de su rostro toda la profesionalidad necesaria para convencer al mayor número de que lo que estaba a punto de presenciar era algo así como la quintaesencia de la maravilla. Con un silbido seco, Macías advertía a todo el mundo, pero sobre todo a Rosita, que la función estaba a punto de comenzar: pasándola con un gesto de prestidigitador de su cuello a su puño, de su puño a su cara, y de su cara a su boca, el mago gesticulaba para atraer la atención de su público hacia Rosita, que ya desaparecía hasta el mismo fondo de su garganta, tan sólo para volver a aparecer, segundos después, balanceando su cabecita en el aire como una bailarina sensual y voluptuosa, mientras, con las manos, Macías indicaba a su público que el momento de aplaudir había llegado.

Ese, sin embargo, era tan sólo el primer acto. A seguidas, volviendo a enrollarse a Rosita en el cuello, aquel atleta místico se dirigía hacia el lugar en donde se hallaba un pequeño bulto de cuero que contenía un termo de café y varios vasitos plásticos. Entre una y otra reverencia, el mago vertía una cantidad razonable de la infusión en uno de los recipientes, para regresar luego a su improvisada tarima. Allí repetía en lo esencial los mismos gestos del inicio de su primer acto, hasta el punto en que, desaparecida la culebra en el fondo de su garganta, procedía a consumir el contenido íntegro de aquel vasito de café, ante la mirada estupefacta de su público.

No parecía bastarle al oficiante quedar sepultado bajo un alud de aplausos, ya que, acto seguido, se dedicaba a entonar, acompañándose de rítmicas y sonoras palmadas en el pecho, boleros como «Teatro», «Yo no he visto a Linda», «Se me olvidó tu nombre», etc.., para beneplácito de los jóvenes y adoración de los más viejos.

Así transcurrían dilatados minutos sin que nada denunciara en el rostro de Macías inquietud alguna concerniente al destino de Rosita, hasta que, por fin, volviendo a silbar, esta vez con estridencia fácilmente comprensible, alzaba la vista hacia el cielo y, abriendo la boca como para recibir la bendición de una lágrima angelical, dejaba abierto el paso para que Rosita hiciera su aparición triunfal, colmando de asombro y de alegría a todos los circunstantes.

Algo de magia había en aquella fusión de animal y hombre. Embelesado por aquel misterio, el público que presenciaba atónito el desarrollo completo del espectáculo no podía sino sucumbir al maravilloso encanto de aquella visión de fábula. Al principio numeroso, aquel público fue menguando paulatinamente, a medida que se acentuaba la crisis económica en que se sumió el país poco tiempo después. Y con este detrimento de su auditorio, Pirulín Macías, mago urbano y desesperado, volvió a conocer viejas urgencias, sobre todo en el momento de atender a sus asuntos estomacales...

Sus visitas a la fonda «Lucrecia» se espaciaron a tal punto que terminó perdiendo el derecho a ser tuteado por el patrón, a pesar de que lo conocía desde la época en que ambos se lanzaban en piraguas de madera desde lo alto de las lomas de Moca.

Así, si se cuenta hoy en este espacio la historia de Pirulín Macías, es únicamente porque nadie que no conozca con pormenores la trágica historia de aquel encantador, entenderá las recónditas razones que lo empujaron al suicidio. Y sin embargo, muy pocos atribuirán otro matiz que no sea el de un anecdótico sarcasmo al hecho de que, antes de cometer aquel horrendo salto desde el punto más céntrico del puente Juan Pablo Duarte, Pirulín Macías, célebre figura del ascetismo nacional e involuntario paladín del idealismo urbano, hubiese disfrutado de un opíparo guiso con arroz y fideos, en el que Rosita, la sin par Rosita, tuvo la ocasión de desempeñar su último papel estelar.

© Manuel García Cartagena

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mediaIslaproSABADO 30 de junio 2007.-

Wednesday, May 23, 2007

proSÁBADO 040




...EL DRAMA DEL DESENCANTADO que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

El drama del desencantado/ Gabriel García Márquez
[Colombia, 1928]
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/ggm/ggm.htm
http://www4.loscuentos.net/cuentos/other/13/
http://es.geocities.com/cuentohispano/garcia_marquez/garcia_marquez.html
http://www.mundolatino.org/cultura/garciamarquez/ggm1.htm
http://sololiteratura.com/ggm/marquezbiografia.htm

Contenido

El iris – Soyaguila
El nacimiento del olvido – Roberto Sánchez
Dogmas – Rubén Sánchez Féliz
Sabor a trufas – Helga Vega
Una de mil noches – Alfredo Cedeño
Jaguar – Enmanuel Andujar

El iris

¿A cuántos lugares del mundo podría representar esta imagen, cuántos ojos captarían ese cielo, los matices del agua, los relieves de la tierra? ¿A qué dimensión de realidad entramos al observar por la lente, una elegida entre otras, para que sea sólo esa, la que capte el segundo de observación posible de mi ojo derecho? ¿Es acaso perceptible para otro ojo derecho, este mismo contenido ínfimo del Universo? Una música puede brotar, desde una partitura bordada con los trazos de esa inmensidad y mi pequeñez. Deja su impresión, la huella de algo vivido hace tiempo, un tiempo que no puedo descifrar, aunque la memoria del iris lo reconozca. Al abrirme a esta imagen, cada vez, su eternidad se vuelve el instante presente, novedad, y no hay ningún otro rastro agregado a lo que alcanzo a ver, pues he comenzado a sentir a la historia, como la mezquina necesidad de mantener vivo lo que ya no se es, para tan solo alimentar, la posibilidad ilusoria de que algo nos ha pertenecido alguna vez. Mientras la identidad se imponga, escondida y dando batalla tras los velos de eso que afirmamos haber sido, difícilmente se dejará traslucir la Existencia Real de lo que posiblemente podamos llegar a Ser hoy.

® Soyaguila

El nacimiento del olvido

Un viento lavado por la lluvia penetra a tu casa, te alborota el ánimo y espanta la monotonía estacionada sobre ti, sobre los objetos, sobre tu vida. A cada caso, su solución, meditas. Aparte del aguacero precipitándose a distancia, otra preocupación no interrumpe tu espíritu. Esta modorra te ha seguido los pasos desde hace una semana y media. La pesadumbre maniata los deseos, la movilidad y las miradas. Ahora, la llovizna te moja las escasas preocupaciones y destapa en tu interior innumerables motivaciones infantiles que aún son fijaciones benignas. Por ejemplo, el deleite que te producía la súbita aparición de las golondrinas anunciando la lluvia (mentira que te acompañó hasta la secundaria, ya que no es que anuncien nada, sino que el fenómeno provoca que muchos insectos voladores salgan despavoridos para no perecer y ellas aprovechan la situación para alimentarse con ellos), la maravilla de los baños en el río mientras la lluvia se derramaba, los correteos y las mojaduras bajo un caño de agua de casa ajena que masajeaba la cabeza y la piel, la observación de las variadas formas en que el viento arrastraba la lluvia, la coloratura y la voluminosidad de la misma, la inexplicable caída con el sol afuera, la insólita aparición del arcoiris, en resumen, el mágico acontecer del fenómeno. Pero no puede quedarse sin explicar el enojo y las reprimendas de tu mamá, porque “sólo caen tres gotitas y ya tú estás lloviznándote, y luego la gripe, y ese catarro que molesta tanto”. Sin embargo, estas atemorizaciones no eran suficientes como para amedrentarte o detenerte. Para cuando alcanzaste la adolescencia, esto se había transformado en una costumbre arraigada. Ya en la adultez es cuestión inherente a tu personalidad. Comoquiera que se mire, el recuerdo es la nostalgia multicolor, la caja negra del individuo. Una manifestación inmediatamente genera otra, por lo que debes acudir rápido y cerrar las persianas, ya que las gotas están mojando el piso y el mobiliario. Todo fluye para bien o para mal. Un ansia irrefrenable te invade y sales al torrencial aguacero a satisfacer la vieja necesidad bajo el asombro y la risa de la vecindad. “Ese tipo está loco. Siempre que llueve hace eso”. “Con todo y ropa, ¡vaya hombre!” El internamiento en el agua y en su música nulifica los comentarios y los cuestionamientos de las voces habladoras. La humedad vence la tela y la piel se estremece, se crispa. Ocurre el trance de la adaptación al frío y te percibes distinto, rejuvenecido, otro. En el proceso de esa renovación se citan besos y caricias, abrazos y susurros, miradas y voces; debiera ser la ocasión del encuentro de los cuerpos, del contacto sublimizador de células y hormonas, miembros y cavidades, vellos y membranas. En esa armonía individual te afloran sensaciones y pulsaciones. La oportunidad, su efecto, te provocan el olvido del aciago hoy. Los avatares han sido suplantados sin premeditación, sin la alevosía que implica el desafío y sus congéneres. Ahora crees que unas manos se estacionan en tu rostro y te lo borran, dando lugar a la cabeza del arcoiris, adonde acuden pájaros, doncellas, peces, mariposas, libélulas, brisa, y tu amada. En su cabellera juegan los colores, su faz es de estrella, su piel es como la miel, un ruiseñor va en su voz... Tú bordas una canción, y es la fiesta. Ahora todos danzan y celebran el nacimiento del olvido. [a René]

© Roberto Sánchez

Dogmas

El violador cayó de bruces sobre el empedrado. El alcalde y sus asistentes lo rodearon. Tras fuertes forcejeos, lo amarraron del árbol más cercano con el fin de ejecutarlo. El párroco arribó jadeando, crucifijo en mano, y empezó a reñir con el alcalde:

—¿Quién eres tú para ultimarlo? Dios es el único que puede juzgar a esta oveja descarriada.

El alcalde, a su vez, preparó el fusil y repuso:

—En eso estamos de acuerdo, Padre. Pero como se trata de mi hija, es mi deber hacer que Dios juzgue a su sobrino cuanto antes.

© Rubén Sánchez Féliz

Sabor a trufas

Nunca las he probado, ni siquiera una gota de aceite con su esencia, sólo sé que vienen de la tierra y como el oro, son difíciles de encontrar. He leído sobre la carne de jabalí alimentado con ellas y su sabor afrutado. Pero de alguna manera, dentro de mí sé a qué saben las trufas, y cuando las pruebe será como reconocer sabores de hace mucho tiempo.
Estoy segura que si te hablo de las 17 Piezas Infantiles de Antonio Estévez, podrías oírlas. Te daré las partituras, te acordarás de alguna lección de música. Oirás cada una de las tonalidades, cada fraseo, seguirás con tus dedos el dibujo de las notas.

Acerca tu oído al papel. Me rondan en los dedos las ganas de tocar, cuando lo haga será con esas piezas, para que reconozcas una vez más su sonido. Y sabes, haré sentir niños a los que me quieran oír.

© Helga Vega

Una de mil noches

Por Bagdad anduve de madrugada degollando piratas malayos que llegaban allí desde el Golfo Pérsico remontando el Tigris y una tarde al llegar la noche encontré a Scherezade desnuda triunfando con su boca de templo sobre el sultán Schahriar.

En sus calles Aladino me prestó su lámpara de poder y milagros Simbad me regaló una cimitarra y un mapa para llegar a la cueva donde Alí Babá y sus cuarenta ladrones me guardaban un tesoro que se abría como una caja de mil tapas en el cual volar feliz.

La perla del califato donde la ruina sólo la había en poemas rotos fue imperio de sensualidades y conocimiento derrotando pestes como Tamerlán arrasándola y acribillando a casi todos sus hijos o el olvido donde quisieron ahogarla infinidad de cronistas grises.

Ahora la camino de nuevo en las pantallas del televisor y el ordenador llena del horror de rubios que pasan extraviados sobre Hummers y erizados de modernos alfanjes láser que no logran defenderse de las fábulas que por milenios se fueron armando grano a grano.

© Alfredo Cedeño

El jaguar

I want now to hold in my hands
the fragrance of your flesh
and smell it.
I want to roam in your soul
and scoop the taste of your flesh.
Kazuko Shiraishi/ The season of the sacred lecher

El cigarrillo pintura de labios se consume sin piedad. Severanda organiza su masivo pecho dentro de una pieza muy cara de ropa interior. Repara en los ojos verdes que la estudian sin ganas. Están satisfechos. La lengua repasa el hocico tratando de recordar el festín de hace poco. Los colmillos se dejan ver de cuando en vez, perfectos, relucientes. El espacio es un desastre de sangre, sudor, carne muerta, alguna lágrima y preguntas, muchas... Ella termina el proceso con dos o tres gotas de delicado perfume, remata el cigarrillo con desgana y piensa en voz dura: Los hombres son unos imbéciles.

Se conocieron hace un miércoles en el Superocho Night Club. Ella llamó su atención de inmediato: el cuerpo grande y violento, la gran sonrisa. John siempre ha llegado tarde a todos los lugares y a todas las etapas de su vida. Es súper lento. Así que Severanda tuvo que tomar la iniciativa y preguntar nombres, entablar conversaciones ridículas referentes al clima y los últimos partidos de pelota. Todo eso era inútil, John no era de este mundo, estaba en otra frecuencia y además para empeorar las cosas era poeta.

Ella hizo un esfuerzo y mencionó una pequeña lista de escritores, los que todo el mundo conoce... eso le dio oportunidad a nuestro John para que se explayara, con toda su parsimonia, en una serie de poetas de vanguardia provistos de una reputación más o menos dudosa y sin ningún texto publicado. La pobre Severanda paseó la vista por las etiquetas de las botellas y hasta tarareó canciones en voz baja para no dormirse mientras asentía concienzudamente. Sugirió otro trago, alzó el pecho y notó que los ojos del escritor se movían al compás del testamento. Todo estaba cayendo en su lugar.

Tengo un Jaguar, dijo Severanda varias cervezas después por decir cualquier cosa y mantener el asunto a flote y a John sólo le quedó asentir y pensar en voz baja: Diablo, bonito carro. Encendió un cigarrillo y preguntó: Cómo es eso. Ella esperó por un fuego que llegaba torpe y trémulo bendecido por una sonrisa ridícula, para responder: Un regalo de mi padre cuando terminé la universidad. Debe ser muy caro el mantenimiento, dijo John ajustándose las gafas y mirando los senos sin ningún tipo de reparo, tratando de alargar el tema ya que habían sobrevivido a unos silencios tenebrosos hace poco. Si tú supieras que no, el mantenimiento puede ser algo complicado pero vale la pena... es un capricho mío, nada más. John pensó que sin duda había cuadrado la noche, una jeva de este calibre, bien montada e inteligente... no pensó en la extraña combinación y por primera vez en su vida dejó de hacerse preguntas y decidió disfrutar la buenaventura.

La noche ya no aguantaba. Los panas no podían entender qué hacía una hembra como esa hablando con el estúpido de John, pero para los gustos los colores y como estamos llegando a los finales, se están viendo casos. La despedida fue con beso en las comisuras, una caricia con uñas bien pintadas e intercambio de teléfonos: se verían el próximo miércoles. Ella le pidió que por favor no se pusiera perfume. Alergias, fue la razón. John regresaba sonriente a la mesa de sus amigos mientras ella desaparecía sin mucho ruido.

Miércoles: John llegó a la dirección indicada, sorprendido de la extraña edificación, parecida a un antiguo gran almacén. Afuera no estaba el vehículo de la muchacha así que pensó que no había llegado. Después de un rato se aventuró a tocar el timbre. Para su sorpresa, ella apareció como salida de catálogo de Victoria’s Secret: el pelo caía como cascada, tan linda, ni una gota de maquillaje siquiera, la culebrilla en la división de las inmensas tetas... la suavidad que prometía la erizada piel era casi palpable. Estaba ligeramente nerviosa, se notaba en el velo de sudor en la nariz. Pasa, estás en tu casa, dijo ella dando la espalda y mostrando el trasero redondo y el caminito de pelos desde la espalda hasta allá; lunares y un coqueto tatuaje quedaban al descubierto por entre la delicadeza del modelito con encajes como para morirse, como para quedarse en ellos, como para escribir de nuevo de ahora en adelante: El destino de un Poeta. Él se extrañó pero la siguió sin protestar, sin decir Buenas Tardes, tragando en seco y preguntándose, mientras el corazón le bajaba al estómago, a quién tendría que matar para merecer esta mujer entera. En ningún momento llamó su atención la falta de muebles en el galpón. Severanda, temblorosamente sexy ofreció algo de tomar. Cerveza, dijo él. Ella se excusó diciendo, Ya mismo, y subió las escaleras. Dos eternos minutos después, mientras John palpaba sus bolsillos revisando si tenía los condones, escuchó el rugido, el golpe de la reja que se abría, luego, casi de inmediato, otro rugido. La bestia atacó la yugular, como se estila. Severanda, desde el piso de arriba, conseguía un orgasmo brutal. La fiera, zarpazo a mordida terminaba con la agonía del muchacho, que quedó haciéndose miles de dolorosas y sangrientas preguntas mirando fijamente hacia el techo.

© Enmanuel Andujar
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© mediaIslaproSÁBADO 31 de marzo de 2007.-

proSÁBADO 039




AMORES. PUEDO DECIRLES QUE NUNCA estuve de verdad enamorado. Como el hijo pródigo de la parábola de Rilke, creo que no amé nunca "para no poner a nadie en la terrible situación de ser amado". Por el contrario, muchas novias tuve; pero, a todas las perdí tan pronto las estreché entre mis brazos. Sólo una, pudo mantenerse viva y presente en mi pensamiento: aquella que por no haberla tenido nunca, nunca se me escapó.

La confesión de don Juan/ Denzil Romero
[Venezuela, 1938-1999]
http://www.textosentido.org/textosentido/invitados/romero.html
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2546
http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N53/contenido04.htm
http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N35/contenido07.htm
http://www.kalathos.com/may2000/las_romerias_completo.htm
http://www.ficcionbreve.org/cuentos/cabecorta.htm

Contenido

Caso de fuerza mayor – Manuel García Cartagena
La gallina ciega – Carmen Hernáiz
Fragmentaciones – Marcio Veloz Maggiolo
Unclaimed – Helga Vega

Caso de fuerza mayor

Fue un hombre tan querido que, cuando fue apresado, los policías que lo condujeron a su celda le hacían chistes para que no fuera a ponerse triste, y los demás presidiarios le tomaron en seguida tanto afecto que cada uno de ellos tuvo para él una sonrisa o una frase de consuelo. Tan querido fue nuestro hombre que hasta el mismo juez lloró de pena al condenarlo a morir en la guillotina, al tiempo que los miembros del jurado lamentaban amargamente haber tenido que participar en lo que más de uno de ellos llegó a considerar públicamente como una "trampa de la justicia", a pesar de haber postergado una y otra vez, por espacio de cinco años, el momento de tomar una decisión al respeto. Al final hubo en la sala un ambiente tan triste que hasta aquellos que sólo habían ido al juicio movidos por la curiosidad terminaron ocultando sus ojos detrás de espejuelos oscuros, aunque no pudieron evitar el concierto de estruendos que sus narices producían al llevarse con sus pañuelos las mucosidades nasales de sus llantos. Tan querido fue aquel hombre que incluso el verdugo designado para que le practicara la más profunda de las afeitadas insistió en hacerle saber, carcomido por la pena y el llanto, que él no tenía nada que ver con lo que le había pasado ni con el infausto papel que, por su profesión, estaba obligado a desempeñar. Tan querido fue que, al morir, cuando su sangre ya rodaba por el suelo, provocó el desmayo de centenares de mujeres y ancianos, y más de un puño apretó en silencio los flácidos músculos de la impotencia, al darse cuenta sus dueños de que no habían sido capaces de intentar cualquier cosa que impidiera aquel desastre. Tan querido fue, en efecto, que, al otro día de su muerte, todos los que lo conocieron se apresuraron a olvidarlo por puro respeto.

© Manuel García Cartagena

La gallina ciega

—Van a robar el gallo del corral.

La abuela dejó la frase sobre la mesa con la misma tranquilidad que mamá servía las lentejas.

Era miércoles. Lo sé, porque todos los miércoles comíamos lentejas de primer plato y sardinas de segundo. El postre dependía del humor de mamá.

Fijé la vista en una flor del mantel, mientras ella se afanaba en hacer entender a la abuela que hacía más de sesenta años que no tenía gallo, ni corral, ni casa en el pueblo ni gallinas que cuidar. Cada vez que mamá negaba la enfermedad de la abuela, yo trataba de explicarme el porqué, queriendo que tuviera el suficiente tino como para seguir el hilo de una conversación quizás llena de las incongruencias de la demencia senil. Nunca sabíamos cuándo llegaba ese momento de lucidez que la ponía en el presente real y la hacía sentirse una pobre vieja inútil y loca, por culpa de esas insistencias de su hija.

Mirando la flor del mantel intentaba no oír lo que ocurría en la mesa. Trataba de fijar mi atención en unos pétalos que me sabía de memoria y esos pistilos que tiempo atrás me habían hecho pensar en la clase sobre reproducción de las especies.

-No hay gallo, mamá, ya te lo he dicho.

La abuela insistió y rogó a mamá que estuviera atenta, que tuviera cuidado, que no dejara que todo se perdiera por culpa de no ocuparse lo suficiente.

Mamá, impaciente y frustrada, dejó la servilleta sobre otra de las flores del mantel, apartó la silla y llevó a la abuela al dormitorio. Ese día no tuvimos postre.

No hubo más insistencias sobre el estado del corral. Ni sobre el peligro de robo del gallo. Tan solo unos días después entendí a la abuela cuando papá se fue de casa para nunca más volver.

© Carmen Hernáiz

Fragmentaciones

Irresistible y cansada de verse en el espejo sin que nadie opinase sobre su frugal belleza, lanzó el mismo a la calle haciéndolo añicos. Pero en el espejo se había quedado copia en vivo de su cara. Marisol tiene ahora una cara lisa e inexpresiva e intenta recoger a ciegas, trozo a trozo y con la intención de armarlo nuevamente, el rostro equivocadamente lanzó, furiosa, sobre un recodo del camino.

© Marcio Veloz Maggiolo

Unclaimed

Soy pájaro volando en soledad, regresé con la certeza de haberle encontrado compañera de juegos a Luisita. Una Julia, pensé, que era ideal para ayudarnos a lavar los desencuentros; pero algo no cuadró. Hoy me fui contra ella, la agarré con furia y la degollé. Su sombrero y su cabeza estallaron en pedazos que no sé cuándo recoja. Quizá él llame a esta hora y la emoción me haga correr, y mis pies sangren sin dolor. A fin de cuentas, caminé de punta a punta El Conde para terminar trayendo una muñeca rota.

© Helga Vega
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© mediaIslaproSÁBADO 26 de agosto 2006.-

Tuesday, May 22, 2007

proSÁBADO 038






UN HOMBRE VA RETRASADO a una urgente y decisiva reunión. Encuentra a un amigo:

—¿Qué hago? ¿Cómo puedo llegar a tiempo?

—Vete de espaldas –responde el amigo.


Fidelidad/ José Balza
[Venezuela, 1939]
http://www.ficcionbreve.org/cuentos/superior.htm
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/08145029899769417427857/p0000001.htm#I_1_ http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12159170889099396310624/p0000001.htm#I_1_ http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/68005030434577830754491/p0000001.htm#I_1_ http://www.sololiteratura.com/josebalza.htm
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/josebalza/balza01.htm
http://www.generacionxxi.com/entrevistas/balza.htm
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/josebalza/balza03.htm

Contenido

Veneno – Sergio Borao Llop
Pokería – Luis R. Santos
Viento norte – Pilar romano
Fragata – René Rodríguez Soriano

Veneno

Creedme: Es en verdad un mal valle, ése de la tristeza, para quedarse a vivir en él.

No hay, oídme bien, ni un solo árbol verdadero, ni un pájaro cuyo canto consiga despertar un destello de magia, ni siquiera un arroyo de aguas transparentes junto al que detener un momento nuestro arduo peregrinaje. Sólo encontraréis allí un exiguo manantial que destila un veneno lento, lentísimo, que el tiempo va inoculando gota a gota en las venas.

Lo malo es cuando (a veces pasa, hay gente que le pasa, no pueden evitarlo, les pasa y es casi inconcebible y ojalá que nunca nunca nunca sepamos que se siente) el veneno se convierte en droga y te engancha y comprendes de repente que ya no hay vuelta atrás, y
sientes que te estás muriendo -que eso te está matando- y al mismo tiempo sabes que tampoco podrías vivir fuera de ese lugar, porque en el exterior no existe nada respirable.

Yo conocí una mujer que contrajo esa enfermedad; estuve cerca, muy cerca de ella, tan cerca que fue imposible (lo supe desde el primer momento) evitar el contagio, imposible permanecer inmune a ese veneno, y también, -¡cómo olvidarlo!- imposible no amarla sin palabras, no morirse un poco en cada lágrima que manaba de sus ojos, no irse olvidando, poco a poco, de los caminos de retorno, de la posibilidad de retornar a cualquier parte, de la mera existencia de otro sitio que no fuera ese valle donde hasta el rumor del viento es una ausencia.

© Sergio Borao Llop

Pokería

Arsenio penetró al estrecho callejón que conducía hasta el lugar en donde residía y en el umbral sintió una fuerte opresión en el pecho; empujó la puerta semiabierta y penetró a la habitación. En ese instante su mujer se revolvía en la cama y sollozaba a intervalos irregulares.

Fue hasta el área que fungía de cocina dentro de la pequeña estancia y encontró la yuca con huevos fritos que su mujer le había servido en el preciso instante en que salió a comprar la leche para los niños, de uno y dos años. Eran entonces las siete de la noche.

Mientras engullía aquella fiambre uno de los niños despertó y empezó a llorar. La mujer también empezó gimotear, con un llanto sostenido y punzante. Entonces el otro niño también se despertó y se sumó al coro quejumbroso.

Arsenio dejó de comer y fue a ver qué le pasaba a sus hijos. Les pasó la mano por la cabeza, pero aún así no logró calmar a los dos pequeños. Él sabía el motivo de su llanto.

Se desvistió y se tiró al lado de la mujer que había dejado de llorar y que ahora miraba absorta hacia arriba. Arsenio encendió un cigarrillo y le ofreció uno a la mujer. Fumaron despacio mientras los niños continuaban llorando.

—No lo puedo creer, Arsenio-le dijo la mujer.

—Yo tampoco. Te prometo que será la última vez, tuve un impulso incontrolable, no lo pude evitar.

—Siempre será la última-le dijo ella.

Se quedaron callados. Arsenio estaba muy agotado y en pocas horas tendría que levantarse para tomar la guagua que lo llevaría a la zona franca en donde laboraba de operario. Pero el llanto de sus dos pequeños no le dejaba dormir.

Se levantó, fue a la cocina, tomó un cuchillo y salió de nuevo la calle. Caminó de prisa en medio del ladrido de varios perros que se disputaban el amor de una perra en celos, y en pocos minutos estaba de nuevo en el lugar.

—¿Trajiste más dinero?-le preguntó uno de los jugadores.

—No-respondió Arsenio tajante-. He venido a buscar el que perdí, sé que aquí entre nosotros hay tramposos, que juegan con cartas marcadas.

Los cuatro hombres no se dieron por aludidos y continuaron con su partida de póker.

—¡Si no me devuelven mis quinientos pesos nadie saldrá vivo de aquí!-Amenazó Arsenio.

El humo de los cigarrillos formaba una espesa cortina que opacaba los rostros de los hombres sentados a la mesa. Entonces fue el dueño del lugar que respondió:

—Arsenio, quien no puede jugar, no debe hacerlo, a ti nadie te ha obligado a apostar tu maldito dinero.


—Me han hecho trampa, lo sé, así que, para que evitemos una desgracia, mejor devuélvanme mi dinero.

—Nadie te tiene miedo, Arsenio, así que vete a la mierda.

—Arsenio-le replicó dijo otro de los hombres, que hablaba con un cigarrillo colgado a los labios-todos aquí nos conocemos, no queremos problemas, mejor retírate, mañana será otro día y tal vez tu suerte mejore.

Pero Arsenio sabía que para tener la oportunidad de otra revancha tendría que aguardar al siguiente pago en la fábrica. Esa ingrata certeza pareció hacerle perder el control. Sacó el cuchillo que escondía debajo de la camisa y lo blandió amenazante:

—¡Contaré hasta tres para que me devuelvan mi dinero! -Entonces uno de los hombres, el que no había abierto la boca, sacó un revólver y le apuntó:

—¡Te rompo la cabeza a balazos si no botas el cuchillo! -le dijo mientras se incorporaba.

Arsenio se vio obligado a obedecer y tras poner el cuchillo en le piso el hombre lo golpeó en la cabeza con la cacha del revólver. Arsenio cayó aturdido, y un hilillo de sangre se deslizaba por su frente. Otro de los hombres le dio tres brutales patadas en un costado y un tercero le apretó el cuello con un pie.

Intervino el dueño de la casa y obligó a los jugadores a detenerse. Arsenio estaba inconsciente. Entre tres lo arrastraron a la hasta la acera de la calle y retornaron a la mesa de juego.

A esa hora la jugada solía ponerse más interesante.

© Luis R. Santos

Viento norte

El viento norte torturándote durante todo el trayecto y tú loca, impotente, odiándolo...entras a la cocina y te parece más grande, desmesurada casi. Te acomodas el pelo mientras miras ese mundillo en el que sueles moverte durante varias horas... "delantal" suena a cosa con filo, te dices tontamente.

Empiezas a moverte recordando que odias también los días en los que tu horario no coincide con el de él; durante un rato no sabes qué hacer y no es porque lo extrañes, a ese tipo de persona no se las extraña, es que la casa sola parece existir de otra manera, de una manera que te inquieta y más aún con el viento norte soplando desde la mañana. El infierno debe oler a grasa, te dices mientras tomas a desgano el pedazo de tela que suena a cosa con filo y atas las tiras por detrás de tu cintura. Ves la botella y te sirves un vaso de cognac. Treinta y tantos grados de alcohol pasan por tu garganta y llegan incendiarios a tu estómago. Te sientes estúpida por no haber optado por un trago fresco en ese mediodía con vahos de fiebre. Al menos el cognac es de mujeres de mundo, te dices, "bourbon" suelen pedir algunas de esas mujeres en las películas. Pero te ves con copa y delantal, ni siquiera está del todo limpio el delantal y tropiezas con la ridiculez y te bebes otro vaso.

La calle recibiéndote sorprendida y ya con menos viento; hola, saludas al viudo que llega a su casa contigua a la tuya, hola, cuando siempre le has dicho buenas tardes. Y te das cuenta de que él se ha dado cuenta, pero no te importa. Ni siquiera te importa adonde vas ni porqué has decidido salir en vez de lavar los platos que huelen a infierno.

No es que te quejes, nunca te quejas. No te quejaste cuando tenías seis años y tu madre se fugó con aquel músico de la banda de policía. Ni en otras ocasiones. Tan sólo sabes que eres la mujer que no deseas ser. Sobre todo te das cuenta cuando sopla el viento norte y te frena el vuelo de la imaginación y a la luz de la realidad todo te parece insoportable. Miras a la joven que camina contoneándose y notas que lleva un paraguas, entonces te olvidas de envidiarle el contoneo y piensas que puede llover. Diez o doce pasos más y ya sientes las gotas que también han mojado al carnicero que se apura en cerrar su negocio y tropieza contigo; te repugna el olor a carne cruda que con el hombre mojado huele peor y sientes un incontrolable deseo de no seguir caminando por esas veredas, entre gente que corre y se atropella.

El bar es lúgubre pero benévolo y no te importa el olor desagradable, olor a decadencia, el mismo que envuelve a las putas que se acomodan en la barra. Notas que ellas notan que no eres una de ellas y te importa; hasta ahí no te ha empujado el viento, piensas. Pides un whisky, ahora un whisky doble y el suelo inicia al rato una especie de oleaje y tú inquietándote, con una sensación más rara que la que sientes en tu cocina desmesurada. Y el piso que sigue moviéndose y la visión de la cocina sin horizonte te acercan una sensación de naufragio, casi ves cómo se hunde el sueño de vivir un amor de película, o de barrio al menos, de ser admirada, de recibir miradas con dulzura y que el estar en la cama con tu hombre no te parezca tan sólo un inevitable camino al manoseo y al olor a grasa de motores. Y la sed insaciable de inconciencia llegándote lentamente, disfrazada de salvación, hasta colmarte de algo que no sabes nombrar. Tan sólo sientes que empiezan a rodearte mariposas, mariposas con alas formidables moteadas de añil. Y un poco más allá el hombre, mojado pero pulcro, mirándote con algo de la dulzura que siempre esperaste.

—No puedo pagarte- dice, porque no sabe. Y lo sigues, llevándote la mirada de las otras.

© Pilar Romano

Fragata

NO LA TRAJERON LOS VIENTOS NI LAS AGUAS, no vino desde el Japón, como Leiko, Yoshiko, Yoko y Mayumi; alborotaba el polvo de los caminos con su paso de ballerina o cierva alada; cantaba en lenguas como las brujas, las rezadoras y las comadronas. La atrapé una mañana con mi Agfa Instamatic en las ruinas de las Cinco Estrellas, deshojaba margaritas y daba de beber a los graffitis desdibujados en los cariados muñones de las cinco columnas. Alguien habló de más, se alborotaron las palomas grises del pasado, y me perdí en el rafagazo de sus ojos.

Recuerdo la inconsciencia con la que echaron abajo las cinco torres, las destrozaron, las trituraron y dieron cuenta de los gladiolos, los lirios y los rosales; eran los mismos, los mismos energúmenos, que días antes, se ataviaban con los colores y las consignas del benemérito de las medallas y los botones y los bicornios emplumados. Eran ellos, los vi también lanzarles piedras y anatemas a los Colón y a los Pichardo, por negarse a negar que renegaran de sus creencias y filiaciones. Ella cruzó, y ni piedras ni palabrotas me tocaron, llevaba mallas negras, pienso yo que ni siquiera atiné a enfocar las periferias de su celaje.

Con una luz difusa, la divisé otra tarde, cuesta arriba por la calle del mercado; la seguían los niños, y tres o cuatro cometas que lustraban el aire tras el conjuro de sus cabellos, desmesuradamente sueltos y sin gobierno. Acababan de anunciar otro de los tantos golpes de Estado que habrían de sacudirnos después de la caída del tirano y sus secuaces. Ella pensaba una canción, y en la torpeza de mis dedos, uno tras otro, se velaban los rollos de película. Ocasión que aprovechaban ellos para saquear las mansiones y los locales del partido, yo sólo iba del Eslava al Pozzoli en mis lecciones de solfeo. Pero eso fue otro día, otro viernes, cuando apostamos con Omar robarle el beso a la Mayumi, frente al piano…

Era mayo y llovía, traían guijarros y larvitas las rigolas, y estallaban las rosas y los lirios en los patios, ella buceaba en los mandados y los manoseos, cantaba Blanca Rosa Gil o Daniel Santos y todo se mojaba o nos mojaba; pomelos como peces luchaban por brotar de la franela, hacerla trizas y quedar con sus pezones a merced de los perros del deseo. Yo me quedé sin Instamatic, casi sin dedos en la sed de verla y de tocarla, disuelto entre los planos de sus piernas abiertas en la oscuridad del cine. Después, sin rumbo repartí panfletos y proclamas, icé banderas y pancartas, buscándola, inventándola por los vanos del día. Ella tejía al andar alfombras de amapolas, de sueños y ansias locas.

No vino con los últimos refugiados de los devastados aserraderos de los Mera, ni en la caravana de los saltimbanquis que levantaron tiendas por la parte sur del pley y leían cartas, vendían rositas de maíz, algodón dulce, gofio y pegapalos. Nació casi a orillas del
río, al final de la callecita que todavía el Ayuntamiento no encontraba muerto ilustre a quien endilgársela; me lo confirmó el viejo Abelardo, en su percudido cuarto oscuro, lleno de ácidos y recuerdos vencidos. Ella tenía un amor que no le cabía en el pecho, siempre entraba a las fiestas por las puertas del servicio y era frugal y generosa como huidizos su mirada y su andar.

Con tanto empeño como repulsión, mi hermana quiso que ella aprendiera a leer y a escribir. Tía Viola y tía Gume le tejieron velos y capuchas para que las acompañara a misa. Yo leía entre sus muslos el alfabeto de los fuegos más calmos, y estallaba mientras sus labios balbuceaban un abc que era tan soso y tan nadero, como la entrega y la solidaridad en que se abanderaban las mojigatas de mis tías y mi insincera hermana. Yo navegaba en unas aguas tan santas y tan locas, como las ganas de volar inciertos mares, aferrado al vaivén de mi fragata, sin gobierno.

Habrían de venir las elecciones, las primeras en más de cuarenta años, y las primeras disensiones y desacuerdos, y las primeras caravanas, y la compradera de votos, y los insultos, y las traiciones, la guardia en la calle. Se dividieron y se conciliaron familiares y viejos amigos. Ella ni se inmutaba, correteaba pley arriba y pley abajo, y besaba, ¡cómo besaba por las noches a escondidas!, luciendo y sacudiendo los pendientes que habrían de echar de menos nuestras madres y hermanas. ¿Quién ganó, cómo hicimos para zafarnos de la fatídica familia del tirano?

Siete meses después, volvieron ellos con sus turbas de azarosas tropelías, y otra vez los muchachos por las montañas, blandiendo aperos, ardiendo en llamas, sangrando a mares por devolverle el cauce al río, lavar las nubes, plantar malvones y claveles… Subieron los ejércitos, los postulantes, los sacerdotes, los tutumpotes, las comisiones y las organizaciones internacionales para la paz y la concordia. ¡Insoportable! –dijo la radio-, soplaba un viento frío desde la sierra.

Volaron las aves turbias, nadaron peces de fango y larvas albinas que se ensañaron contra la luz del día. Dicen que vieron a un par de mallas grises, rotas y sin gobierno, rielando contra la neblina…. Le decían Japón, tenía los ojos rasgados y sabía más que nadie desatar con sus dedos los nudos del placer y del deseo. Puede verla, pasar la página y soñar.

© René Rodríguez Soriano
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© mediaIslaproSÁBADO 29 de julio 2006.-