Friday, April 13, 2007

proSÁBADO 003


CUANDO A BALZAC LE ENTRA la manía de la descripción -observa un amigo- puede pasarse cuarenta páginas detallando cada sofá, cada cuadro, cada cortina, cada lámpara de un salón.

–Ya lo sé -dice Luder-. Por eso no entro al salón. Me voy por el corredor.

* * *

Luder regresa de su habitual paseo por el malecón.

–Estoy confundido -dice-. Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acantilado, se baja los pantalones y se caga mirando mi crepúsculo. Eso demuestra la relatividad de nuestras concepciones estéticas.

Dichos de Luder/ Julio Ramón Ribeyro (Perú, 1929-1994)
http://www.yachay.com.pe/especiales/ribeyro/
http://sololiteratura.com/rib/ribobras.htm
http://www.monografias.com/trabajos12/mojulio/mojulio.shtml
http://jcoaguila.blogspot.com/2006_10_01_archive.html
http://www.educared.edu.pe/estudiantes/literatura/ribeyro2.htm
http://jrrz.blogspot.com/
http://www.geocities.com/roland557/ficcion/ribeyro.htm
http://www.perublogs.com/busca/julio+ramon+ribeyro
http://hablasonialuz.wordpress.com/2006/09/06/julio-ramon-ribeyro-y-su-publico/


Contenido

Cansancio – Sergio Borao Llop
La muerte inefable – Orlando Alcántara Fernández
Guiñapos rosa tristón – Abilio Toimil
Azules que se caen de morados – René Rodríguez Soriano


Cansancio

Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta. En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así. Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar.

Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

© Sergio Borao Llop


La muerte inefable

"No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu,
ha dicho Jehová de los ejércitos."
Zacarías 4:6.

Yo soy el único testigo de la muerte inefable del escritor satánico ADAN FARISEO. De su turbulenta existencia sólo queda un vestigio: Un cigarrillo encendido en el cenicero que en vida perteneció al occiso. Por el momento su obra permanece inédita. A mí me toca la odiosa tarea de publicar sus textos. Temo que el intoxicante sabor de sus páginas deletéreas me obligará a condenarlas al ostracismo del silencio.

Aunque llena de altibajos, toda su vida fue un pecado. El escritor ADAN FARISEO disfrutó descaradamente de los placeres de la carne: Odió al prójimo; se inmiscuyó en la política; simpatizó con el comunismo; fue sadomasoquista y homosexual; mintió y robó; blasfemó y fornicó. Nunca mató, pero con su verbo aguerrido aniquiló mundos imaginarios y recreó universos verbales que luego asesinó con una frase, con una sola palabra. Nunca se arrodilló ante un ídolo pagano; pero su corazón rindió tributo al dios de las tinieblas en sus variadas manifestaciones mundanas. Nunca adulteró, porque no se unió legalmente a ninguna mujer. Nunca usó el nombre de Jehová en vano, porque antes de morir no lo conoció (mejor dicho, apenas lo conoció). Su muerte inesperada puso punto final al imperio de Satanás el Diablo en su piel de barro.

Los manuscritos profanos de ADAN FARISEO están sobrecargados de sutiles impurezas hábilmente disfrazadas por un humanismo a ultranza en busca de la liberación personal sin Dios ni Cristo. Me atrevo a afirmar que su destellante prosa en última instancia socavaría los cimientos de la imaginación creativa en cualquier lector desprevenido. Descarto, por consiguiente, que su obra literaria se vea ennoblecida con el galardón póstumo de la publicación –nimio mendrugo de la posteridad vencida.

Por valorar sus manuscritos con palabras agrestes, Jesucristo tiene que perdonarme. Es de rigor que mi verbo sea severo al enjuiciar sus páginas, porque ADAN FARISEO fue un personaje cuyos días fluctuaron entre lo auténtico y lo falso, entre la total dependencia y la mayor autonomía. No pretendo justificarme ni racionalizar la virtual injuria.

Tengo ante mí sus textos. Los veo; los re-leo. Me avergüenza saber que ADAN FARISEO fundó "El Club de los Ateos", lugar distinguido en donde muchedumbres se daban cita para saciar sus penes.

Pongo a Jehová por testigo. ¡Tengo que ser implacable! ¡No hay atajos! ¡No hay salida! ADAN FARISEO vivió como un desaprensivo hasta que un día terminó de investigar la Biblia. Después de negar la verdad revelada por mucho tiempo y -más notorio aún- después de interminables debates polémicos con varios de sus amigos "Universalistas Cristianos Bíblicos de la Iglesia en las Casas", en la privacidad de su habitación se arrodilló abrazando la Biblia. Le pidió humildemente a Jehová de los ejércitos que lavara su inmundicia con la sangre expiatoria de Su Hijo, Jesucristo.

A su mente llegó la cita clásica de Juan 3:16: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." Su corazón vibró; su alma se estremeció. Permaneció de rodillas por un tiempo que parecía eterno por la sublimidad de la paz que embargó de repente su compungido ser.

Ahora la gente me asedia con sus preguntas. Les digo que ADAN falleció, que pasó a mejor vida. No me pueden entender y les confieso que algún día escribiré la historia singular y verdadera del escritor ADAN FARISEO. No sé si publicaré sus textos. Sólo sé que siento incomodidad cuando la gente se acerca a mí y me cuestiona sobre el finado poeta.

En la actualidad estoy sopesando su obra inédita. Antes de morir, le prometí al difunto vate publicar sus textos. La labor de resucitarlo a partir de las cenizas del cigarrillo encendido que aún se consume obstinadamente –consumiéndose a sí mismo y consumiéndome por dentro- es, en verdad, una empresa heroica –acaso titánica- que algún día realizaré a sabiendas de que mi biografiado no merece ser recordado ni siquiera por la mujer que durante nueve meses lo albergó en el resquicio sagrado de sus entrañas.

Tal vez muchos seres se encuentran en la misma condición caída. Es muy probable que la muerte inefable del escritor satánico ADAN FARISEO ilumine sus atribuladas almas. Yo, por mi parte, me he equivocado tantas veces que en esta ocasión también creo que he errado el blanco.

Camino despacio entre la multitud. Algunos me saludan y me confunden con el extinto aeda. Yo les digo que se han equivocado, que dejar de fumar no es tan fácil. Espero que este sea -Dios mediante- el último cigarrillo de ADAN FARISEO. Por lo pronto, debo bautizarme en la Iglesia en las Casas de los Trinitarios Cristianos Bíblicos. "¡Levántense, vámonos de aquí!" (Juan 14: 31).

Multitudes de "hombres" se encuentran desquiciados desde que cerraron el cine pornográfico "El Club de los Ateos". Su propietario, el escritor Orlando Alcántara Fernández, lo clausuró cuando le entregó su vida a Jesucristo, Señor y Salvador nuestro.

© Orlando Alcántara Fernández


Guiñapos rosa tristón

Sobre los conventos del abandono se diluye el humo como si no existiera cuerpo, la tortura del encuentro se ve prostituida con los nombres del neón, se ilumina el alcohol pegadizo al suelo; los problemas sonríen, se incrustan en el iris, quema la vida, disuelve el olvido.

Se piensa y se dice sobre los dedos que los surcos de las huellas nos conducirán a ese lugar en donde somos dignos de nosotros mismos, pensamos que una mano nos guiará a través de nuestras intenciones besándonos con su silencio cómplice e indicándonos la llegada con una mirada furtiva y sonriente. He llegado, pensamos, ya la máscara luce bonita, ya ensayo ante el espejo la mueca adecuada, el gesto propicio, el ademán.

Una noche una bofetada nos golpea la cara, el día se torna rojizo, se empapan en sangre oscura los engaños, aparece hostil la gárgola vida encarnizada.

Y nos encontramos con la vida rugosa, Picasso nos mira triste y la decencia no se haya con nosotros, guiñapos de rosa tristón. Y la mano, la mano se haya sola.

© Abilio Toimil


Azules que se caen de morados

Tanto dio la piedra sobre el cántaro que se secaron los olivos. Ella tenía los ojos turbios y un turbante azul, azul como las mallas que se interponían entre mis ojos mis manos y sus piernas y su piel y mis pasiones mis deseos.

El agua de la fuente era dulcísima y cuando no llovía a cántaros, ella cantaba una canción en la ventana azul. Azules como sus sueños en mis manos, como el mar en lontananza y lejos.

Yo cantaba un cantar entre sus piernas (sin las mallas azules, por supuesto), la lluvia decía afuera sus cosechas mientras, en guardia, el guardián tosía y cruzaba vigilando la terraza.

Desátame la falda, me decía, desátame las ansias y el fuego y las ganas de saltar y saltar del bolling jumping. Tanto pendió el racimo que me secó los ojos y el deseo. Sabor que se me pierde por las comisuras, por los dedos y todos los sentidos. Sabor que sabe a fresas y se chorrea como el vino que baja por las uvas, dos. Las dos que cuelgan, plenos pezones que casi revientan en el vano de la tarde, jadeando, cabalgando cabalgando, sudando con el grito que abre en dos todo el silencio y llama a su centro todas las llamas y las manos que asen, sueltan y vuelven a asir el aire y los deseos. Lenguas que salen y penetran. Labios que se secan y se mojan. Vides colgando, maceración del tiempo en su jugo.

Yo no bajé con celular ni entré a buscar con mi escafandra el yin y el yan, sólo bebí con sed hasta saciar todas las hambres y llenar la pendencia que ella guardaba en una página de su agenda.

© René Rodríguez Soriano
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© mediaIslaprosábado 18 de diciembre 2004

Wednesday, April 11, 2007

ProSÁBADO 002


ESCRIBO. ESCRIBO QUE ESCRIBO. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo. [A Octavio Paz]

El Grafógrafo/ Salvador Elizondo (México, 1932-2006)
http://www.academia.org.mx/Academicos/AcaCurriculos/Elizondo.htm
http://www.jornada.unam.mx/2006/03/30/a04n1cul.php
http://es.wikipedia.org/wiki/Salvador_Elizondo
http://www.colegionacional.org.mx/Elizondo.htm
http://www.lamaquinadeltiempo.com/elizondo/indexelizo.htm
http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/3607/pdfs/79_88.pdf

Contenido

Mis gavetas - Thelma Kirsch
El Domingo del domingo - Joan Mateu i Martí
¿Seré capaz de decirle adiós? - Helga Vega
Dos puntos rojos sobre sus fauces - David Class


Mis gavetas

Fue tan solo alguien que no tuvo la suerte de asistir a las fiestas y tragedias del mundo de
las ánimas danzantes. Se fue sin avisar, sin dejar instrucciones ni deseos que cumplir.

Mientras veía caer sobre su féretro la tierra, y escuchaba al mismo tiempo el gemido del viento silenciado por la partida de su alma, me alejé. Me senté en un rincón. Empecé a desear…

-Deseo una muerte con gavetas ordenadas. Un lugar donde guardaré lo que cargo en la historia finita de mi pasar por este lugar al que llaman haber nacido, haber crecido, haber madurado y haber sido, y hasta ahora, continuar el a-ver (o al menos es lo que pienso que soy… un haber).

Quiero un lugar donde ordenar lo que viví en color blanco. Lo que pasó desapercibido y o nunca se adhirió. Esas vivencias simplemente las dejo pasar disfrazadas, sin reconocer.

Hace falta también una gaveta idéntica a la que utilizo para guardar mi ropa interior, allí se quedarán mis intimidades, mi gozo en el amor, mi sufrimiento de mujer, y la necesidad que nunca expresé. Todo lo que no deseo que se sepa y las cosas tan íntimas como mis pantaletas de encaje y las medias rotas de seda.

A un lado, acomodaré las alegrías y los mejores de mis días. Prometo que será un espacio tan grande, que aún los gnomos imaginarán que fui la princesa de un maravilloso cuento de hadas o una reina recién coronada.

Lejos, muy lejos, tendré un espacio para que reposen los dolores. Nadie se acercará, me pertenecen. No es egoísmo, es simplemente porque reconozco que no los comprenderán, entonces, me pregunto ¿para que?

Hay un sitio donde irán "colgados y almidonados" mis recuerdos. Tendrá una ventana finísima de cristal. Con un toque del alma se podrá penetrar y desde allí se tomarán las prendas deseadas prolijamente acomodadas. Todo esto, por supuesto, organizado como los colores de una caja de crayolas sin estrenar. (En una gama ya inventada).

Trataré de encontrar un rincón lejano donde acomodar las tristezas, tan alto como el techo del firmamento. Su color será transparente, no quiero que nadie lo viva y mucho menos lo reviva. Con una vez bastó.

¡Ah! No olvidaré tirar a la basura mis zapatos. La medida de mis pasos es tan corta y tan inútil que no se pueden calzar y han sido usados tantas veces que no pueden andar marcha atrás. Mis pensamientos acabaron con sus suelas apurándoles por llegar y mis amores rompieron sus tacones haciéndolos sonar.

Así, con el armario en orden podré partir, sin necesidad de decidir. Dejaré todo decorado con lazos, celofanes y tules que lo guarden para la eternidad. ¡No importa que tan corta sea la eternidad!

© Thelma Kirsch


El domingo del domingo

De todos es sabido que los antiguos, debido a la gran cantidad de tiempo de que disponían, además de dedicarse a inventar la filosofía -para que después entráramos en sesudas discusiones interminables, la gravedad - para que podamos caer de bruces tantas veces como saltemos un obstáculo - y los Juegos Olímpicos, para que cada país tenga un
montón de gente que corra más, que salte más, y que gaste más.

Inventaron también el calendario, y le pusieron título a cada mes. Y eso estuvo bien, porque la gente, que es de por más despistada, sabía en que mes podía irse a la playa y en que mes celebrar la Navidad.

Y si eso lo hubieran dejado así, hubiera estado muy bien, pero no se detuvieron y pasaron a ponerle título a los días, y no solo se limitaron a ponerle título, sino también apodo y dedicación. Esta actividad, nos enseñaron a hacerla tan bien que nosotros la hemos seguido con ansia inusitada:

Nuestro Sábado de Pascua, El Día de la Independencia, El día del Motor, El día de la Ecología, El día del Punto de cruz, El Sábado del Periodista, El Miércoles de ceniza, y así hasta tal punto que tenemos que utilizar un mismo día para renombrado ya que tenemos más títulos que fechas. Nos hemos quedado sin un día disponible para descansar.

Una propuesta formal de un grupo de amigos, (eminentemente vagos) con los que me relaciono sin temor a que propongan actividades "activas y estresantes" es la de instituir el Domingo "del domingo". Es decir, el domingo aquel en que no haya otra actividad que la de no hacer nada.

En estos momento es sólo una propuesta, y mis amigos, son lentos y calmosos en sus movimientos y propuestas por lo que disponemos de tiempo para pensarlo, y sumarnos al movimiento (calmoso y tranquilo) de titular un Domingo del año, como "El Domingo domingo".

Creo que después de esto merezco un descanso de un Domingo entero para pensarlo.

© Joan Mateu i Martí


¿Seré capaz de decirle adiós?

Hoy estuve en el parque, ese donde de vez en cuando voy a caminar, el mismo parque donde hace muchos meses me rondó la idea de viajar, creo que en febrero, cuando ni siquiera tenías pensado venir. Recuerdo que en aquella oportunidad, una mañana brillante, sólo pensar en esa descabellada posibilidad sentí que me faltaba el aire.

(Definitivamente todo se transforma, pero qué duro es cuando los cambios se producen uno tras otro. Debo entender que estos últimos meses han sido necesarios para poner a prueba mi resistencia emocional, estoy agotada y el tren aún no tiene próxima parada).

La montaña está cambiando sus colores, pronto se vestirá de capinmelao, temblad los alérgicos. Hoy mi montaña estaba hermosa a tempranas horas de la tarde, desde mi palco en el parque se veía imponente, serena, velada a trazos.

(Confieso que la partida de mi papá me tambaleó más de lo que yo creía. Todavía me afecta esta inseguridad inexplicable y ni siquiera llegamos a ser íntimos. Una sola vez le dije "te quiero" y él me dio las gracias. Todavía no entiendo por qué fui yo quien asumió la experiencia de cuidar sus canarios cuando enfermó).

Luego de mi caminata de estricta media hora a paso rápido, decidí pasearme por la zona de las aves. En realidad no sé por qué escogí esa ruta si ni siquiera soporto ver a los animales en cautiverio, mucho menos las aves, prefiero los periquitos que a las cinco de la tarde cruzan la ciudad con total desparpajo, y al verlos desde cualquier lugar sabes que su destino es el parque, mi parque.

(Ese viaje puede parecer un diminuto punto en mi existencia, pero tengo la certeza de que será una experiencia invaluable. Estoy decidida a vivir esas horas a plenitud, sea lo que sea, a mi modo. No llevo nada escrito, casi nada, sólo ofrezco mi actitud).

Me senté en un banco frente a unos árboles frondosos, los rayos del sol apenas se colaban por el follaje. En ese momento pensé lo hermoso que sería quedarse dormida para siempre entre los árboles. Me inspira ver pasar a niños juguetones, ver de lejos a los adolescentes comiéndose a besos y uno que otro encuentro de amantes que muestran sus rostros de resignación al recordar algún amanecer juntos, me inspira muchísima gente del parque, he visto muchas ancianas solas, sentadas como yo.

(Debo comenzar a internalizar la idea de separarme de mi piano, es una posibilidad, ¿necesaria? Han sido trece años de una relación hermosa con mi instrumento. Además, fue el regalo de mi mamá cuando me gradué en el Conservatorio. Los sacrificios para obtener la libertad pueden llegar a ser muy duros).

© Helga Vega


Dos puntos rojos sobre sus fauces

Me observaba desde la vidriada luna y al percatarme de tal detalle cesé todo movimiento. Por lo menos los movimientos bruscos. Su mirada, dos puntos rojos sobre sus fauces, era tan fija que sentía un clavo en pleno esternón. Las ansiedades son tan difíciles de anticipar. Terminan por horadar un abismo en medio de nuestras seguridades. Si pudiera huir, si tan sólo lo quisiera. Soy la prueba palpable de que no querer es no poder.

Uno tiene sus planes y espera algo. Trabaja, avanza, retrocede y vuelve a avanzar. Uno nunca se rinde. Uno quiere triunfar. No importa el precio. El dedo de la angustia trabado en la garganta hace necesario anudar la boca del estómago. Es la única forma de no vomitar. Uno sigue trabajando, avanzado, retrocediendo y volviendo a avanzar. De repente, sin petición alguna, se abre una puerta. Todo se hace fácil. La gran oportunidad, el negocio del centenario: la venta de viajes sin aeropuertos ni visas.

El progreso nos pone una mano en el hombro. Entonces los parientes. Los amigos. Los conocidos. Todos ellos. Lo miran a uno con malos ojos y lo señalan a uno con el dedo índice. Uno les huele mal. Pretenden arrojarnos al rostro la mugre almacenada bajo sus uñas. Así es. Hasta que se entiende y uno procura que el propio bienestar los alcance a ellos. Entonces la situación cambia y adiós a las miradas y señales. También a la mugre de sus uñas.

Trabajar, avanzar, retroceder y volver a avanzar deja de ser nuestra rutina. Ya no lo hacemos, otros lo hacen por nosotros. Ahora nuestros planes se cumplen Ya no tenemos que esperar porque lo esperado ya llegó. No hay problemas, no los hay. Pero una noche un sobrino se cae de un vuelo y todo se complica. No era cualquier sobrino. Era mi sobrino. Tu sangre no quiere olerte y los índices, ahora sí, te arrojan su mugre. Un desfile de uniformes te acosa y por último, desde algún punto detrás del cristal, llega él y clava sus ojos en tu esternón.

Aunque sin pasión, como si fueses un negocio más. Y uno recuerda los años de avanzar y retroceder y se siente nostalgia por el dedo de la angustia trabado en la garganta. Tal vez hacernos un nudo en la boca del estómago no nos hizo gran bien. Nos alejó del vómito, del asco y de aquellas sensaciones que anuncian el peligro. Uno se arrepiente de haber traspasado esa puerta que uno nunca pidió que se abriera. Esa bendita puerta. La ancha. La que convirtió los planes en algo más que simples propósitos. La de las enormes ganancias. Ahora resulta que había un precio por traspasarla. Y ahora me vienen a cobrar. Él viene a cobrarme.

Pensar que nada hubiese pasado si el sobrino del vuelo hubiese sido el de otro. Ni toda la mugre ni todos los uniformes me hubiesen inquietado. Pero fue mi sobrino. Y eso me inquietó. Una sombra se vistió con mis ropas. Ya pronto llega él. No hay más nada que hacer. Sólo caminar con él, llevado por él, cargado por él. Uno da largas al asunto hasta que los relojes revientan y se entiende que hay que hacer lo que hay que hacer. Sólo eso. La idea clara, el cuerpo listo y uno se levanta, se llena los pulmones, y se grita a los oídos:

–Mejor no pierdo más el tiempo y me arrojo ya a su hocico.

© David Class
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© mediaislaproSÁBADO 11 de diciembre 2004

Sunday, April 8, 2007

ProSÁBADO 001


DE PROMETEO nos hablan cuatro leyendas.

Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.

De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.

Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.

Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.

Solo permaneció el inexplicable peñasco. La leyenda pretende descifrar lo indescifrable. Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.


PROMETEO/ Franz Kakfa (Checoslovaquia: 1883-1924)
http://www.rinconcastellano.com/biblio/relatos/index.html
http://www.letropolis.com.ar/2006/08/kafka.tex.htm
http://hotelkafka.com/blogs/FranzKafka/archive/2007_01_01_archive.html
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/kafka/metamor.htm


Contenido

Mexico City – Ramón Tejada Holguín
El remolino – Pilar Romano
Y no – Aldo Vercellino
Nebuhla – María Rebeca Castellanos

Mexico City

Como todos los jueves me entrego a la antigua maravilla: ¿qué actuación me deparará hoy la sesión nocturna? Las cortinas se elevan con parsimonia - y ¿si el misterio no se revela? - trato de mantener la calma. ¿Podré interpretar los oscuros designios que la maravilla provoca?

En la pantalla de la noche se abre paso una espléndida y fecunda ciudad, rodeada de una espesa bruma azul celeste. Una lava incandescente inicia su trayectoria hacia el ombligo del mundo, y se lo va engullendo sistemática e inexorablemente. Ángulo cerrado del rostro de una mujer, inexplicable profundidad oceánica de la intriga hedonista, que lanza su desgarrante estertor: o la ciudad había sido abandonada o el resto de sus habitantes esperaban, con avidez, el momento que ha llegado.

La lava se sedimenta, se endurece, se torna a un color ocre. Un viento frío se lleva la niebla: un desierto es ahora la ciudad. Un erial se observa en la pantalla de la noche.

Lento travelling mientras camino hacia el lugar donde nace una orquídea. ¿Autorreconstrucción? Una fuerza extraña me dice que arranque la orquídea. Su raíz es una mandrágora, extraño tubérculo con forma de mujer. De nuevo dejo entrar la simiente de la reconstrucción a mi reino interior, a mi ciudad destruida por enésima vez. En cuclillas estoy. Dejo caer la mandrágora, y la calcinante arena la absorbe. Cierro los ojos, y comprendo que no debo llorar por la devastación.

En la pantalla de la noche se observa una mano menuda posándose en mi hombro. Una amazona está a mi espalda. Me incorporo, veo su grácil cuerpo, sus ojos café, su perfecta sonrisa, esos labios… Su cabeza se recuesta en mi pecho, y todo, en la pantalla de la noche, se desvanece. Penumbras. La pantalla se ilumina y observamos a la amazona tomando mi mano izquierda. Retorna a mí la vieja angustia, mi excesivo temor al estrecho contacto de otro ser humano. Mi cobardía me abruma.

Estamos en la cima de una colina que debió estar en el centro mismo de mi ciudad. La cámara hace un tranquilo paneo por la gran muralla que rodeaba a mi reino interior. ¿Cómo, cuándo y por dónde entró la amazona al territorio baldío que alguna vez fue feudo de los pitufos del placer y la alegría? Su mirada furtiva me revela una verdad antigua, un gran arcano, que sólo se revela a través de los sentimientos, que las palabras no pueden desentrañar, que ninguna imagen puede capturar. Caen los muros.

Súbito, aparece de nuevo la ciudad en todo su esplendor. Desaparece la colina, ambos flotamos por encima del ombligo del mundo. Una flauta se deja escuchar. Le muestro el recuerdo de la mujer cristalina que anduvo este camino. El viento frío retorna repentinamente. Pasa a nuestro lado, fugaz, el recuerdo de la mujer inexplicable de la intriga hedonista. Busco un tranquilo y apacible camino al futuro. Siento que ha llegado el momento de la revelación. El viento frío trae de nuevo la niebla azul celeste, está vez más densa. Las frutas no llegan a madurarse, la revelación queda a mitad de camino. Su mano, otrora tibia y hospitalaria, se enfría. Un inesperado tornado separa nuestras manos. La amazona de los ojos café ya no está a mi lado.

Flotamos el uno frente a la otra. Extiendo mis manos hacia ella. La niebla no me deja verla con precisión, no sé si extiende sus manos hacia mí, o intenta alejarse, no sé si le ha gustado ser la simiente de la reconstrucción de la morada de los enervantes pitufos del placer y la aventura. Sólo sé que está a pocos metros de distancia, que no la alcanzo, que un abismo nos separa, un abismo que ora se achica, ora se agranda. El tiempo se detiene: no es cámara lenta, es la inamovilidad temporal absoluta. No entiendo nada, o entiendo nada. Estoy ahí, y no comprendo las señales de humo que salen del lugar donde ella está. No sé cómo moverme o actuar. Me he quedado paralizado, flotando en la cuasi reconstruida ciudad, sin saber qué demonios hacer.

En la pantalla de la noche se ve, girando, un hombre turbado y confundido, que intenta vencer a la espesa niebla azul celeste para mirar a la amazona situada en el centro del ombligo del mundo, sacerdotisa de mi liberación.

© Ramón Tejada Holguín
El remolino

La primavera aún no desplegaba sus artes, pero los lapachos de agosto ya habían desatado su lujuria. Estaban obsesionados con el rosalila de sus corolas. Sólo el cielo, siempre el mismo, me acompañaba sin poder cubrir del todo mi señal de lo dolido, aún cuando habían decidido acompañarme mis logros, algunos disfrazados de éxitos.

Avancé hasta que un charco me regaló un remolino. Y el remolino me regaló una imagen con rostro de niña, de niña fresca como lechuga fresca. Me incliné y vi que tenía en los ojos todos los tiempos, como si desde siempre hubiera estado allí. Le ofrecí la bolsa con mis logros para que jugara con ellos, pero no los miró. Sentí que me preguntaba por lo que no había hecho y me llegó el espanto. Era cruel, como todos los niños en ciertas ocasiones. –Te lo mostraré yo- me dijo. No resistiría tener delante de mí todo lo que había dejado sin hacer, lo que no me había animado a hacer. Todo junto, al mismo tiempo. Pero el momento se presentaba como instancia inapelable.

Los tiempos de los ojos de la niña empezaron a envolverme, a conminarme, como a un testigo al que obligan a revivirlo todo. El abrazo de los tiempos incineró mis quimeras, asesinó a mis mascotas, deformó mis máscaras, redujo las distancias piadosas del olvido y yo sentí un ingobernable deseo de cambiar de piel.

Quise cambiar de piel como las serpientes, aunque perdiera el olor que me diferencia de los demás seres de sangre caliente. Descendí hasta soledades congeladas y, frente a lo no hecho, la cercanía de ciertas pieles apetecidas se perdió para siempre.

© Pilar Romano

Y no

No tiene sentido desestrechar por un segundo el cañaveral para emitir una palabra que se parece a un eco de lata, o de pájaro, o de persona.

No tiene sentido asomar la nariz por entre las paredes del silencio para saludar a un espejo que mueve la mano, simiesco, y emite fonemas, multiplicado.

No tienen sentido los maniquíes parlantes, agonistas secundarios que prometen, amigos que resbalan sobre las horas apiñados en torno a una excusa; cada vez más, yéndose.

Ni tiene sentido el viento, sin embargo estamos vivos o algo así, y hay gente que sonríe, saludando a la muerte. Triste.

© Aldo Vercellino

Nebuhla

Era un baile de debutantes. Yo no era Nebuhla.

Tenía un rostro de facciones grandes, ojos más grandes de lo que creía, piel muy blanca. Era la belleza monumental que vi frente a la casa del herbolario el otro día. No lograba aceptar ese rostro como mío y traté poderosamente de modificarlo en el sueño, pero inevitablemente ése era mi rostro y no el otro. El otro ya no existía. Este era el que siempre había sido. Sin embargo, en mí persistía la sensación de ser otra, o de haberlo sido. No pude cambiar la realidad: finalmente tuve que aceptar que yo era ésa y no la que pensaba.

Yo no estaba vestida a la usanza de la nobleza y, además, por detrás se me salían, por debajo de la corta túnica, unas grandes nalgas. Me dije "pues muévelas lo mejor posible", y entré al elegante salón con el balanceo que dan los años de llevar pesados cestos en la cabeza. Entonces supe que era verdulera.

En eso, las deslumbrantes debutantes comenzaron a bailar en un círculo. El clanclán argentino de sus joyas era parte de la música. De repente, una de ellas echó a correr llevada de un cetro. Las demás la siguieron irresistiblemente. Era como si estuvieran poseídas de algo que las hacía correr en contra de su voluntad. Esta escena me divirtió tanto que [la soñé] la repetí varias veces, con pase de bastón y todo.

Al terminar, los convidados nos dirigimos a la salida. Ya era el día. Una señora gorda iba hablando con otra de deporte. Una dijo "tú corrías en tu juventud". La otra le dijo que sí, allá en Uruk. Comprendí que esto debió haber sido antes de la segunda guerra florida y que probablemente su entrenamiento la había ayudado a sobrevivir los festivales donde se hacía honor a la diosa Sanguis.

Llegamos a un comedor. Era un puesto abierto a los caminantes. Vi una mujer acuclillada en el mostrador. Por detrás, su túnica dejaba ver sus pelos púbicos. Un joven que supe era su hijo le arrebató un paño con el que ella trataba de cubrirse.

–Miren.

–No debes tratar así a tu madre.

El no me prestó atención. Me di cuenta de que él era peligroso y de que asesinaría a su madre. Le pregunté: "¿cómo te llamas?". Me contestó. Ahora yo existía para él y podría influir en él, pero también me ponía en peligro de muerte porque él desearía tarde o temprano una relación más estrecha.

Un hombre se le acercó ofreciendo mandrágora. El joven le preguntó si tenía opio. No pude oír la respuesta del vendedor, pero el joven comenzó a quitarse uno a uno sus numerosos anillos y a entregárselos al traficante. El hijo se volvió a mí: "¿quieres la mesa?". Y se quitó un collar del que pendía un gran cuadrado de plata tallado como el estómago de una tortuga. Me miró pidiéndome discreción, para que el traficante no se interesara en la mesa. Le dolía separarse de esta pieza.

Guardando la mesa, la maga salvó la vida.

© María Rebeca Castellanos
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© mediaislaproSÁBADO 4 de diembre de 2004