Friday, July 27, 2007

proSÁBADO 042




ELLA TENDRÍA CINCO O SEIS AÑOS cuando empecé a enterarme verdaderamente de su existencia. Hasta entonces era la primera hija de los Torres, una criatura tan bella que parecía hecha con manos de artista, pero no de la manera acostumbrada: Una enanita cargosa que estaba aprendiendo a hablar y oía conversaciones sin entender, ya con una mirada fija en los rostros parlantes de los mayores.

Claro, mis visitas nocturnas a los Torres con bebidas sin más límite que los rechazos de hígado o estómagos siempre o casi siempre reducidas a temas literarios, conversados casi sin discusiones con la admirable inteligencia de Rodrigo y su infalible intuición poética y algún escritor que transcurría con su pareja, se repitieron durante algunos años. Alicia tejía las horas, infatigable, con colores variados de las lanas.

Muy pronto llegó la media docena de años para la niña y se produjo y reprodujo en los principios de la madrugada un cambio de ambiente sutil y memorable. Se llamaba Beatriz, le decían Bichi, yo la llamaba -tal vez todavía- Bichicome. Mal vestido peinador de playas, resignado con la pobre, diaria cosecha.

Se produjo un cambio. Alicia interrumpía muy de vez en cuando su labor para pronunciar, cabeza inclinada, alguna frase corta y venenosa que encajaba con suavidad y destreza en la charla y que muchas veces era para mí. La sonrisa era de pura diversión; nunca acompañaba la pequeña maldad de las palabras.

Como te decía, hubo la imposición de un rito. Fue como si una noche, de pronto, hubiera dejado de mojar la cama y todos la miramos con sorpresa, seguros de que solo para ella habían pasado los años, dos o tres, e irrumpiera en nuestra conversación interminable, acaso la misma con que la habíamos aburrido cuando era una niña de paso balbuceante.

Así, una noche, cuando yo era el único contertulio que seguía hablando de libros y chismes, cuando había quedado solo con sus padres, ella, Bichicome, apareció envuelta en un salto de cama de la madre, adornado en los bordes con marabú teñido de violeta, que arrastró por la alfombra, fingió bostezar y desperezarse, caminó alrededor de la mesa bebiendo todos los restos de bebidas que habían sido olvidados en los vasos. Después se acercó con la boca fruncida y malhumorada, los ojos brillantes por la risa y se acomodó frente a nosotros, en el gran sofá ahora vacío y jugó con los adornos del salto de cama. El cabello muy largo y rubio. Sonrió a nosotros; a los ángeles, a los pequeños diablos, sus amigos. De vez en cuando una pregunta inútil, una curiosidad mentirosa pronunciada con voz de queja, que era innecesario responder.

Y así, una noche y otra y todas las noches de mis visitas. Era demasiado niña para que yo la mirara con ojos distintos a los del hombre que tiene una hija de casi igual cantidad de años y que vive en otra ciudad y fue enseñada a odiarme. Pero ningún sentimiento de nostalgia me impedía mirar a mi Bichicome y pensar melancólico que cuando ella tuviera quince años yo sería irremediablemente viejo.

Después, sin avisos visibles, como suelen llegar estas cosas, la Gracia descendió sobre Alicia y se hizo bautizar y confesó y llena de temor, como si la niña estuviera enferma, decidió bautizarla sin espera.

Bichicome tenía un tío millonario que vivía en un yate y navegaba entonces por aguas de Canadá. Católico como correspondía a un latino con fortuna, aceptó entusiasta la invitación para el padrinazgo y telegrafió la fecha en que, entre viento y motores, podría estar en Monte.

Pero ya por entonces el corazón de Bichi era mío, obsequiado sin que yo se lo pidiera. Era todo lo que podía darme; pero ya lo había hecho en silencio y nada se había enmendado. Y nadie pudo modificar su veto al padrino de oro. Ni sermones, ni razonamientos, ni tenaces insistencias. Yo sería el padrino o no habría bautizo. No pudo elegir peor.

Y así llegó la mañana en que atravesando la resaca entré a la iglesia o capilla, soporté el latín del cura, vi como le mojaba a Bichi la frente con óleos sagrados, le ponía sal en la lengua y pasaba con Rodrigo a la sacristía para colocar la manufactura de un ángel. Bichi disfrazada de novia imposible; solamente el Señor podía darle acomodo en su lecho.

Ya en la calle vi empañarse mis lentes; estaba mezclando a la hija ausente con mi única ahijada. Y recordé que ambas iban a crecer y perder para siempre el paraíso de la infancia.

Bichicome / Juan Carlos Onetti
[Uruguay, 1909{1994]
http://www.literatura.us/onetti/index.html
http://sololiteratura.com/one/onettiprincipal.htm
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/onetti/index.htm
http://www.borris-mayer.net/onetti/
http://www.uruguaytotal.com/videos/c5_info.htm
http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2007/03/el-astillero-de-juan-carlos-onetti.html
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2101
http://video.google.com/videoplay?docid=5460788355133802164
http://www.educared.org.ar/guiadeletras/archivos/onetti_juan_carlos/index.htm
http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Delatorre/Onetti.htm
http://www.aviondepapel.com/aviadores/onetti.htm
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/onetti/index.htm
http://www.youtube.com/watch?v=oNv8uUBf_kQ
http://www.oei.org.ar/edumedia/pdfs/T11_Docu5_Onetti.pdf
http://www.elpais.com/todo-sobre/persona/Onetti/Juan/Carlos/4017/

Contenido

José O. Álvarez – Pedro mena, autor de Borges
Sergio Borao Llop – Moebiana
Pablo Martínez – La presa
Pilar Romano – Volver en julio

Pedro Mena, autor de Borges

Soy Pedro Mena y soy el autor de Borges. Puede que esta confesión caiga como baldado de agua fría en la cabeza de los amantes de ese impostor, pero es una verdad que no ha visto la luz por estar cumpliendo condena. Un editor que tiene los derechos de la obra cervantina y ahora "dizque borgesiana", me demandó por plagio.

Sus espías académicos defensores de las letras y la dignidad me cogieron copiando El Quijote al pie de la letra y eso me ha costado casi toda mi vida en prisión. Sin embargo, el mismo desgraciado que desgració mi vida se dio mañas para hacerse a mis escritos.

Ahora que soy libre me encuentro con que todos mis apuntes los han falseado y tergiversado y le son atribuidos a un tal Borges.

El tiempo de prisión me curó de la costumbre de copiar textualmente a los clásicos que tenía desde que tengo uso de razón. Dante, Shakespeare, Homero, Tomás de Aquino, Aristóteles y uno o dos más eran mis maestros. Repetir textualmente los escritos de estos autores me permitía adentrarme en los vericuetos de su genialidad para apropiarme de su memoria, aburrirme con sus ángeles y gozar con sus demonios. Era una forma de re-lectura en la que me escudaba para evitar la pérdida de tiempo con la basura de los contemporáneos que mis contertulios me recomendaban con ahínco.

Aunque mi amigo el siquiatra me diagnosticó que la mejor manera de ser escritor era asistiendo a los talleres de escritura, con una sola vez que asistí a uno de ellos quedé curado. Me estrellé con mucha parla, poca letra.

En la corte no aceptaron mis excusas. Con palabras altisonantes tan caras a esa gentuza me disculpé con aquello de que la mejor lectura es la que se escribe. El peso de la fortuna del editor de marras pesó en el mazo de madera del juez y mi vida se dirigió por los senderos del infortunio.

No fue por falta de talento que no escribí novelas o ensayos peripatéticos. La brevedad de mis escritos se debió, en principio a la falta de papel, al final a una progresiva desconfianza hacia el lenguaje. El único escrito largo, exceptuando las obras que copiaba textualmente, fue el que escribí en las paredes de la cárcel que pintaban una y otra vez. Ésa, que considero mi obra maestra, era mandada a borrar por el director de prisiones cada vez que llenaba sus muros. Enemigo acérrimo del graffiti castigaba sin piedad toda escritura. Abrigo la esperanza que algún día, cuando logre aclarar todo este embrollo, pueda exhumar el palimpsesto de mi obra maestra siguiendo los procedimientos que utilizaron para recuperar el original de la Ultima Cena de Leonardo de Vinci que casi había desaparecido.

La infamia de todo este enredo merece una historia local. Han llegado al descaro de titular a unos de mis manuscritos como "Textos cautivos", cuando el que estaba cautivo era yo. Afortunadamente puedo contar el cuento porque no llegaron al extremo de poner en práctica los postulados del homicida Roland Barthes.

No quiero agobiarlos con hechos de mi vida para dar constancia de mi reclamo, sino enumerar algunas de las obras cuyos títulos y contenido fueron tergiversados añadiéndoles retazos de enciclopedia para congraciarse con los pedantes.

"El Delta", que seguía las electroencefalográficas frecuencias del sueño, fue cambiado a "El Aleph" que se ubica en el nivel de lo real. La cuadratura del tiempo finito representado en un dado, dio paso a la cacofonía del caos del infinito tiempo circular representado en una minúscula bola brillante.

El Jardín de los senderos que se bifurcan era el de los senderos que se multiplican. Había rehusado ese título que fue el primero que me asaltó al escribirlo, porque me parecen abominables las pobres dicotomías que tanto sirven a los críticos.

Funesto el desmemoriado, quien había servido de conejillo de indias a un doctor alemán de apellido Alzheimer, lo bautizaron Funes, el memorioso. El protagonista mío veía la inutilidad de la historia que siempre se repite. Por eso su memoria era virgen. Ninguna idea lo manchaba. En cambio el otro, se convertía en una enciclopedia ambulante de datos inútiles que matan la capacidad del asombro.

Para no caer en el campo de las repeticiones, de las enumeraciones ad infinitum abusadas por mi impostor, el lector ya puede imaginar lo que sucedió con todos los otros manuscritos. Si de lector pasivo se trata (Dios me libre de invocar aquí la torcedura política de Cortázar), remítase a la teoría de la recepción del tan manoseado teórico alemán.

Su supuesto "corpus" literario es motivo de discusión en todos los círculos del planeta. Lecturas borgesianas compiten con lecturas chamánicas y lecturas bíblicas. En los primeros he tratado de entrar para aclarar dicha impostura pero siempre me sacan a empellones y me declaran persona no grata.

Una revista francesa que denunció el entuerto fue sacada de circulación y Roger Caillois, quien firmaba el documento, condenado al olvido. Antonio Tabuchi, siguiendo las pistas del francés, lo corroboró en el suplemento literario del periódico Clarín de Buenos Aires el 13 de junio de 1996, pero recibió su bien merecido: fue ignorado y declarado loco.

No culpo a Borges. Él fue solo una víctima del tinglado armado por académicos y editores. Se aprovecharon de su bondad pero fundamentalmente de su ceguera, como se aprovecharon de mí por venir de un lugar remoto.

Por ese complejo de inferioridad de creer que sólo trasciende lo que huela a extranjero, vea a blanco y suene a plata, hasta mi nombre fue cambiado. En lugar de Pedro Mena, natural del Chocó, negro y sin dinero, me llamaron Pierre Menard.

© José O. Álvarez

Moebiana*

Para verificar que venía siguiéndome, ensayé itinerarios imposibles. Así, ejecutamos con precisión idénticos vaivenes, idénticas elipses, recortes y tirabuzones. Recorrimos extraños vericuetos, laberintos y desiertos. Inventamos rutas, estaciones y nombres de ciudades.

Como era previsible, nos perdimos; y lo que es peor: Después de tantas vueltas inútiles ya ni siquiera sabemos quién es el perseguido y quién el perseguidor, ni qué motivó esta situación, ni adónde nos dirigimos.

*Moebiana. De Moebius. La banda o anillo de Moebius es una superficie de un sólo lado, donde envés y revés son la misma cosa.

© Sergio Borao Llop

La presa

Desde que murió su madre, aquella vida de los barrios se le había hecho insoportable a René Marte. En verdad, desde su adolescencia, cuando le viraron el mundo y lo trajeron a vivir entre el bullicio de los altoparlantes, el monótono pregón de los buhoneros y el humo maloliente de los vehículos y la basura acumulada en todos los rincones, jamás pudo adaptarse a este cinturón de miseria donde vinieron a recalar.

Por ello, ante la desidia de la gente y el hedor que lo inundaba todo, no lo pensó dos veces; se fue a vivir al campo, huyéndole al bullicio y al progreso de la capital. Tenía vivo en sus recuerdos el río de su niñez, ese hermoso caudal que bordeaba los terrenos que dejó su padre en heredad, y que lo vio crecer hasta que era ya un hombrecito. Al fin y al cabo eso era lo que siempre había soñado: volver al campo, y construir su casa en el cerro.

Cuando miró su rancho recién terminado, creyó que tal vez sería más acogedor si tuviera en el frente un gran árbol que le diera sombra. Pensó en el framboyán que había visto camino al río, y fue a buscarlo. Lo sembró donde había mejor tierra para que creciera mas rápido. Alguien le había dicho que la borra de café era un buen abono, que hacía que los árboles se dieran grandes.
Pasaron los días. René le echaba borra de café a su matita, que cuidaba con esmero, como si fuera su única familia. Le acariciaba las hojas de vez en cuando mientras la plantita crecía y crecía casi frente a sus ojos. Algunas veces, al acariciarla, pensaba en Carmencita, la hija del bodeguero, a quien le había prometido regresar para llevársela a vivir con él a ese cerro de Bonao. Cómo era de putica la condenada –pensó-. Recordó las travesuras que ella le hacia cuando estaban solos en el colmado, mostrándole los senos sólo para verle la cara, ya que le decía que él era muy serio; y con tanta picardía lo recordaba, que hasta se reía, porque fue ella quien casi lo obligó para darle su primer beso. Cuando bajaba al pueblo generalmente era para llamarla, comprar algo y recoger la borra que le guardaba una tía suya que tenía un negocio donde se vendía café colado.

Su tía siempre le decía que se fuera a vivir con ella al pueblo, pero él se negaba diciéndole que en ese cerro viviría con su mujer y criaría los hijos que Dios le diera; siempre alejado del ruido y el desorden de la gente.

El árbol había crecido en poco tiempo, su fronda ya era suficiente para dar su sombra y René, sentado bajo ella en una silla de guano, se extasiaba recordando a la mujer que pronto estaría acompañándolo en aquella hermosa soledad; siempre observaba lo fuerte que había quedado el rancho, no lo tumbaría ni un huracán –pensaba-. Tiró la vista al llano y vio sus reses y sus chivos pastando tranquilos, y más adelante, el río que se perdía entre el monte. Fue entonces cuando volvió a escuchar el mismo rugido que otras veces, pero ahora se oía mas cerca; sí, eran tractores, los conocía muy bien, y no precisamente de arar la tierra; los había visto en acción en Villa Juana cuando tumbaron el ranchito donde vivió junto a su madre, y le dieron los chelitos con los que había logrado su soñada heredad. Pero el ruido todavía venía de lejos. Cerró los ojos y continuó pensando en Carmencita.

Una mañana, tuvo un sueño. Soñó que entre su sabana tibia se deslizaban unas suaves manos que lo acariciaban, y pudo ver dibujada la figura de una escultural mujer que se contorneaba libidinosa y en celo. Se imaginó que era Carmencita que había llegado y lo tentaba a hacer travesuras; al descubrir la sabana quedó perplejo, millones de raicillas del framboyán, haciendo un extraño zumbido se habían unido y formado una escultura con figura de mujer que yacía a su lado, como una amante esposa en busca de amor.

Lo despertó el rugido estrepitoso y violento de las máquinas. Comprendió que el sonido no era del sueño que venía, era de la realidad. Las voces de los hombres se confundían entre los tractores que se diputaban el derrumbe del cerro.

René Marte vio su framboyán partido en mil pedazos entre las fauces de un tractor. No fue rabia, ni estupor, fue amor. Le fue encima al maquinista con un machete. Sonó un disparo. René cayó rodando hasta donde se hallaba su árbol deshecho entre la pala mecánica. Abrió sus ojos y acarició sus hojas como lo hacía cada mañana. Un hilillo de sangre se deslizó de su boca hecha tierra, mientras una profunda y terrible oscuridad le cegaba los ojos, y le robaba sus sueños para siempre…

Ante la confusión reinante, el capataz, pistola en manos, dejó escuchar su voz:

–Pero ese hombre estaba loco, por poco le rompe el pescuezo a ese infeliz que tiene tres muchachos –señalando al maquinista-. Parece que nadie le dijo que por aquí es que va la presa.

© Pablo Martínez

Volver en julio

Qué les puedo contar en esta noche de julio...

Que mi corazón sigue trotando sin apuro y me reclama de vez en cuando alguna invitación, pero lo dejo seguir porque no sé adónde llevarlo, porque no veo ninguna puerta nueva por donde entrar con él.

Que sigo pensando que el pasado fue mejor, quizá porque tengo miedo de haber desfigurado el futuro.

Que me parece que pocas cosas buenas llegan y las que llegan no duran.
Pero quiero contarles también que sé salir de las sombras y los incendios. Más cansada quizá, pero íntegramente yo. A veces me ayuda alguien, desde un laberinto de historias que se me han vuelto invisibles.

Estamos en julio otra vez. Y julio tiene ese silencio tan especial... un silencio que me empuja a buscar abrazos.

Quizá sea agosto o quizá sean los frescos tardíos de setiembre los que me hagan recordar que aún cerrando los ojos puedo ver volar los pájaros y que esos pájaros vuelan para mí.

© Pilar Romano
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mediaIslaproSÁBADO 28 de julio 2007.-

Wednesday, June 27, 2007

proSÁBADO 041




NUNCA TE LO HE PREGUNTADO, nunca. Ni cuando tosés, ni cuando sonreís. Nunca. Me alarman tus ojos alargados cuando te encuentro en los pasillos, tu voz tiembla cuando atiendo el teléfono y me dice con cierto temor. ¿Es usted, realmente usted?

Aquella primera vez que fui a tu casa, después de cenar y saborear el último trago de vino, mientras veía la enredadera trepar y trepar por la ventan, creía que lo más natural era empezar a desvestirme, pues tus gestos tímidos, en algunas de tus palabras y de tus recorridos silenciosos e insistentes se adivinaba un deseo espeso, que era imposible detener.

Me dijiste que no, no era eso lo que querías. Con bastante desconcierto seguí hablando de los misterios de la noche, esa noche mágica abre puertas, abre ojos, abre sexo, abre soledad, abre comunicación, abre búsqueda. Adentro me pregunté qué diablos querías. Nunca tomé iniciativa alguna, ni hubo de mi parte la más absoluta insinuación, simplemente respondía a tus cortesías, a tus regalos, a tus extrañas cartas de amor con la educada atención de quien se da cuenta de que está siendo distinguido.

Después me pediste que me desnudara poco a poco. Contesté ya no tengo tiempo ni ganas, otro día, otra noche mágica abre sueños, abre misterios, abre paredes, abre pensamientos, abre caminos, abre posibilidades, abre lágrimas, abre protestas, abre claves. Y me fui con la frescura de cerrar cualquier curiosidad.

Hubo otra noche y muchas noches más. Las que me dieron la gana me desnudé y se hicieron cortos y largos trabajos de amor sobre tu cuerpo y sobre mí cuerpo.

No pudiste retenerme, mi rumbo era otro y por eso llegó la noche mágica cierra puertas, cierra sexo, cierra besos, cierra deseos, cierra música, cierra silencio, cierra manos, cierra, caricias, cierra piernas, cierra movimientos.

Y no comprendiste y desde entonces tus atisbos, tus encuentros en todas partes, tus llamadas telefónicas con eso de qué es de tu vida, tus cartas, tus invitaciones, tu letanía de reclamos, frente a mis evasivas, mi tengo mucho que hacer, por qué no me dejas en paz, adiós y buena suerte, y no quiero compromisos y estoy hasta el copete de ser responsable, por favor olvídese y búsquese alguien distinto.

Por las calles sus ojos pegajosos, por las fiestas sus manos busca remordimientos, por los timbres sus llamadas de atención, por los vestíbulos su voz de insinuaciones y reproche, por los caminos la sospecha de dónde va y qué está haciendo. Un acoso, una batalla con múltiples frentes y mi escasa libertad subsidiada por el descanso de su no encuentro, de su no presencia, de su disiparse un momento para volver, como si no hubiera pasado un segundo, con su eterna pregunta de qué ha hecho.

Y nunca te lo he preguntado. Nunca.

Hoy metida en la noche mágica, que entreabre y entrecierra flores y enredaderas, labios y laberintos, voces y bullas, bares y sesiones de comedia humana, libros y sentencias absolutas, oraciones y mentadas de madre, suspiros y escupites, manoseos y discursos, penumbra de claridades y hambre de misterios que regatean solvencia a las ceremonias, me pregunto y te pregunto.

No hay razón alguna. Nunca hubo razón alguna. Tu labio tropezó con el mío, el tuyo esperaba antes de esperar. El mío ya era camino abierto. Te miré como se mira a los tontos con cierta obligación temporal de complacerlos. Vos me miraste antes de que mirara, con inclinación marcada hacia lo distinto. ¿Cuál culpa propia hay en la culpa? Y la culpa es una enfermedad que se contagia.

Me quisiste contagiar, lo sé. No sabías que cargo a mi espalda la noche mágica, la que a veces abre, la que a veces cierra.

En todo caso, no te lo he preguntado nunca, ni pienso preguntarte nada.

Esa noche que camina conmigo / Carmen Naranjo
[Costa Rica, 1928]
http://www.clubdelibros.com/escarmennaranjo.htm
http://www.mcjdcr.go.cr/magon/carmen_naranjo_1986.html
http://www.inamu.go.cr/nuestras-huellas/GaleriaCultural/Novela/NovelaCarmenNaranjo.htm
http://elojodeadrian.blogspot.com/2006/03/una-visin-panormica-del.html
http://books.google.com/books?id=MsfnEkqQRJ8C&pg=PA209&lpg=PA209&dq=carmen+naranjo&source=web&ots=8GFfPKa28p&sig=cpaE43tOF5WX2TXviT7WmhYwY2I#PPA281,M1 http://www.clubdelibros.com/archicarmennaranjoentrevista.htm

Contenido

Tony Pichs – Sobre el mar
Luisa Belandia – Domingos
Aldo Vercellino – Cartas vivas
Bárbara Machado – Universo paralelo
Manuel García Cartagena – Hambre de ti, Rosita

Sobre el mar


Sobre el mar, ahí, sobre el mar, el demonio y los sueños resumen el afán de desmentir al abismo que se levanta para alcanzar las estrellas.Sobre ese mar, repetí en vosotras los deleites de esta vida, solté mis sueños, dejando volar sus esperanzas, amarré mis ambiciones a un altar para seguir las tuyas, sin pensar que un día los puñales se quedarían con los recuerdos de una juventud.Sobre el mar, incrédulos quedaron mis ojos, golpeando a un hombre cansado que escribió algunos poemas sin ser poeta, para desahogar sus penas.Fue ahí, en ese mar que me vio nacer, donde no pude vivir en alta voz y descubrir que la naturaleza era el cielo, que las causas eran mías que el sostenerme de tus brazos me dejaron como un vagabundo.Con frecuencia, pensé desaparecer suavemente sobre mí mismo pero continué por la luz que sólo podía ver, la luz del mar, que llevaba mis sueños al demonio para entregarle este alboroto de ideas que hoy me matan.

© Tony Pichs

Domingos

Los domingos, no encuentro papel, ni pluma, ni fantasía. Los domingos son torpes como monja en secucion. Sigo andando alrededor de la isla, y las olas del mar inundan las raíces del árbol laborioso del resto de la semana. No hay rascacielos ni hurgainfiernos, sólo un desfile de pensamientos ahogados durante seis días activos, para desembocar en la vagancia de las letras dominicales.

© Luisa Belandia

Cartas vivas

Escribí cartas sobre una tumba.

No acerca de, ni que versara de sepulcros, sino encima. Una tumba fría y abandonada por todos -hasta por la extinta, supongo- menos por mí.

Durante años dejé testimonio de la dimensión de una injusticia en que la difunta estuvo involucrada, aunque ella dice, a juzgar por su silencio, que no.

Empecé tímidamente, por orgullo: una esquelita breve, ya transcurrido el tiempo prudente, que se transformó en una barroca exposición en el segundo intento, azuzado por su desdén y la necesidad de aclarar ciertas cosas que me parecían muy importantes. Odio quiero más que indiferencia, se intitulaba, y era delatora porque claramente se me veía dolido en la ambigüedad. Me arrepentí de esa actitud, por mostrarme débil y entregado; nada le gustaba tanto a ella como saberme a su merced y siempre dispuesto, tanto al perdón cuanto a la súplica y la puteada. "Sí, sé que sabés que la injuria esconde y devela a un llanto", le aclaré, resignado, y traté de recomponerme y volver al ataque fortalecido. Ataque, fortaleza, estrategia... qué palabras horribles dedicadas al amor, pero qué inevitables; no sé cómo llegue a eso, cómo pude aceptar su convite al combate y la competencia; yo le ofrecía el mundo; ella nunca tuvo sentimientos, ni en el más allá.

No niego que tuve y a veces tengo furibundos deseos de venganza, pero para qué.

Durante lustros apilé hojas lapidarias y sepulcrales. Sé que las leyó, porque desaparecían semana a semana. Tal vez por simple regocijo ególatra; quizá porque en el fondo algo me quisiera. Y nunca tan en el fondo como en la muerte.

Seguramente pensará que voy a ir, manso, a buscarla, como siempre, pero esta vez no voy a ser quien comparezca; siempre soy yo el que da el brazo a torcer, y una relación de a dos involucra a los dos. Eso le voy a decir.

Lo sincero sería que le dijese que la amo con toda el alma y para siempre y lo repitiera una y otra vez de rodillas pero eso no sirve, ya lo he comprobado.

A ellas les gusta hacerse las difíciles.

Post data

De cada una de las miles guardé cuidadosa copia; es fácil presumir que escribí el doble de lo que le dije, pero a eso ella nunca lo sabrá: no es digno ostentar dignidad, y yo la amaba. Hace mucho, cuando estaba viva, cierta y palpable, le había declarado "No me avises cuando te vayas. No me interesa conjurar la distancia de tan mala, absurda e inefectiva manera: ni los metros ni las horas se resuelven escribiéndolos. Si no hay brazos ni voz y hay que inventarlos, no me interesan aunque sí me involucren y afecten. No voy a caer en la trampa / de hablar con fantasmas.", epistolarmente y mintiendo. A lo mejor se sintió abandonada de antemano, pero era para protegerla; a veces hay que tener frialdad de cirujano. Por otro lado, no era igual el sentido, la intencionalidad y la vigencia de aquella misiva entonces que ahora. Escribí cartas sobre una tumba. Nunca me fueron contestadas.

© Aldo Vercellino

Universo paralelo

Debo hacer un alto en el camino ahora, me detiene una luz que asoma entre las sombras; una voz que se aleja y regresa, presa de su propio eco, como un espíritu cautivo que se rehúsa al olvido, absorbe mi atención, la magia no excluye ningún detalle, me distrae como incitándome a evadir algún propósito. O tan solo me recuerda que no debo olvidar huir de la nada, esta nada que me acorrala cotidiana y metódica, disfrazada de caras numerosas en demasía; ambiguas, extrañas, ajenas, que aun así me sonríen. Obligándome a un gesto de reciprocidad, gesto que permanece congelado en la mueca que suele ser mi rostro, si la ocasión impone alguna regla de formalidad.

Pero me encuentro al fin aquí en mi lejanía donde prefiero estar, persiguiendo esa voz que me cautiva y transporta a este universo paralelo, donde sólo se escucha el canto de las olas de un mar inmenso y calmo que me invita a danzar a su compás, aquí donde una nube puede ser cualquier cosa, porque aquí cualquier cosa puede ser y ocurrir entre las manos mías; aunque tan solo sea yo, una más de las tantas criaturas que transitan ante la indiferente mirada del universo.

Es aquí donde se unen los dos azules en una fina línea irremediablemente perfecta y horizontal, es aquí donde convergen como un pacto todos los ojos fijos en armonía absoluta sin poder claudicar, parecen sumergirse por instantes los asuntos pendientes, mientras un parpadeo trae de nuevo los ruidos de sirenas y un autobús se aleja dejando atrás su estela de humo denso, contaminante y real como la vida misma.

Ahora debo continuar, ya está la luz verde.

© Bárbara Machado

Hambre de ti, Rosita

Cuando le apremiaba el apetito —llamémoslo hambre para rendir tributo a la democracia—, Pirulín Macías no vacilaba en ir a acodarse al mostrador de la fonda “Lucrecia”, parada obligada de todos los camioneros, guagüeros y galleros de la parte alta de la ciudad. Allí, por la módica suma de dos de los pesos de entonces, un plato le era rebosado con arroz a granel, guiso de pollo a discreción, un pozuelo regular de salsa de habichuelas y hasta un consecuente vaso de agua. Cierto es que Pirulín tenía que hacer mil malabares para reunir los mencionados e infames dos pesos, pero para su suerte todavía abundaban in illo tempore personas de equilibrado talante dispuestas a contribuir de manera particular con el desarrollo del arte y la cultura, etc., cada vez que él paseaba su nunca bien ponderado sombrero de pavita en torno al conglomerado de curiosos que se arrebataban a empujones centímetros de pavimento para presenciar el espectáculo que él y Rosita, su culebrita verde, habían hecho famoso desde el parque Enriquillo hasta la plaza de Armas de la República. Rosita y él se compenetraban tan perfectamente como la uña y el dedo. Verdad es que él la mimaba de manera ostensible e impúdica, besándola en público antes de cometer el primer acto de su célebre número. Pero también es cierto que ella le correspondía impecablemente y con una puntualidad digna de encomio, ejecutándose siempre con precisión milimétrica en el momento indicado.

Entre los transeúntes que se aproximaban con relativa frecuencia a las inmediaciones del parque Enriquillo, la pareja de Rosita y Pirulín se hizo tan famosa como la de Romeo y Julieta, y más admirable que la de Bonnie y Clyde. Todos esperaban verlo aparecer sobre la estrecha tarima (usualmente, un simple banco de parque), llevando a Rosita anudada en torno a su cuello como un collar de tres vueltas. Luego de un breve pero sincero aplauso, Pirulín saludaba a su amable audiencia, y se lanzaba a recitar una bien calculada arenga, mezcla de salmodia y de discurso publicitario a la manera de los presentadores de circo. Artista consagrado, Pirulín Macías mostraba en la adustez de su rostro toda la profesionalidad necesaria para convencer al mayor número de que lo que estaba a punto de presenciar era algo así como la quintaesencia de la maravilla. Con un silbido seco, Macías advertía a todo el mundo, pero sobre todo a Rosita, que la función estaba a punto de comenzar: pasándola con un gesto de prestidigitador de su cuello a su puño, de su puño a su cara, y de su cara a su boca, el mago gesticulaba para atraer la atención de su público hacia Rosita, que ya desaparecía hasta el mismo fondo de su garganta, tan sólo para volver a aparecer, segundos después, balanceando su cabecita en el aire como una bailarina sensual y voluptuosa, mientras, con las manos, Macías indicaba a su público que el momento de aplaudir había llegado.

Ese, sin embargo, era tan sólo el primer acto. A seguidas, volviendo a enrollarse a Rosita en el cuello, aquel atleta místico se dirigía hacia el lugar en donde se hallaba un pequeño bulto de cuero que contenía un termo de café y varios vasitos plásticos. Entre una y otra reverencia, el mago vertía una cantidad razonable de la infusión en uno de los recipientes, para regresar luego a su improvisada tarima. Allí repetía en lo esencial los mismos gestos del inicio de su primer acto, hasta el punto en que, desaparecida la culebra en el fondo de su garganta, procedía a consumir el contenido íntegro de aquel vasito de café, ante la mirada estupefacta de su público.

No parecía bastarle al oficiante quedar sepultado bajo un alud de aplausos, ya que, acto seguido, se dedicaba a entonar, acompañándose de rítmicas y sonoras palmadas en el pecho, boleros como «Teatro», «Yo no he visto a Linda», «Se me olvidó tu nombre», etc.., para beneplácito de los jóvenes y adoración de los más viejos.

Así transcurrían dilatados minutos sin que nada denunciara en el rostro de Macías inquietud alguna concerniente al destino de Rosita, hasta que, por fin, volviendo a silbar, esta vez con estridencia fácilmente comprensible, alzaba la vista hacia el cielo y, abriendo la boca como para recibir la bendición de una lágrima angelical, dejaba abierto el paso para que Rosita hiciera su aparición triunfal, colmando de asombro y de alegría a todos los circunstantes.

Algo de magia había en aquella fusión de animal y hombre. Embelesado por aquel misterio, el público que presenciaba atónito el desarrollo completo del espectáculo no podía sino sucumbir al maravilloso encanto de aquella visión de fábula. Al principio numeroso, aquel público fue menguando paulatinamente, a medida que se acentuaba la crisis económica en que se sumió el país poco tiempo después. Y con este detrimento de su auditorio, Pirulín Macías, mago urbano y desesperado, volvió a conocer viejas urgencias, sobre todo en el momento de atender a sus asuntos estomacales...

Sus visitas a la fonda «Lucrecia» se espaciaron a tal punto que terminó perdiendo el derecho a ser tuteado por el patrón, a pesar de que lo conocía desde la época en que ambos se lanzaban en piraguas de madera desde lo alto de las lomas de Moca.

Así, si se cuenta hoy en este espacio la historia de Pirulín Macías, es únicamente porque nadie que no conozca con pormenores la trágica historia de aquel encantador, entenderá las recónditas razones que lo empujaron al suicidio. Y sin embargo, muy pocos atribuirán otro matiz que no sea el de un anecdótico sarcasmo al hecho de que, antes de cometer aquel horrendo salto desde el punto más céntrico del puente Juan Pablo Duarte, Pirulín Macías, célebre figura del ascetismo nacional e involuntario paladín del idealismo urbano, hubiese disfrutado de un opíparo guiso con arroz y fideos, en el que Rosita, la sin par Rosita, tuvo la ocasión de desempeñar su último papel estelar.

© Manuel García Cartagena

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mediaIslaproSABADO 30 de junio 2007.-

Wednesday, May 23, 2007

proSÁBADO 040




...EL DRAMA DEL DESENCANTADO que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

El drama del desencantado/ Gabriel García Márquez
[Colombia, 1928]
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/ggm/ggm.htm
http://www4.loscuentos.net/cuentos/other/13/
http://es.geocities.com/cuentohispano/garcia_marquez/garcia_marquez.html
http://www.mundolatino.org/cultura/garciamarquez/ggm1.htm
http://sololiteratura.com/ggm/marquezbiografia.htm

Contenido

El iris – Soyaguila
El nacimiento del olvido – Roberto Sánchez
Dogmas – Rubén Sánchez Féliz
Sabor a trufas – Helga Vega
Una de mil noches – Alfredo Cedeño
Jaguar – Enmanuel Andujar

El iris

¿A cuántos lugares del mundo podría representar esta imagen, cuántos ojos captarían ese cielo, los matices del agua, los relieves de la tierra? ¿A qué dimensión de realidad entramos al observar por la lente, una elegida entre otras, para que sea sólo esa, la que capte el segundo de observación posible de mi ojo derecho? ¿Es acaso perceptible para otro ojo derecho, este mismo contenido ínfimo del Universo? Una música puede brotar, desde una partitura bordada con los trazos de esa inmensidad y mi pequeñez. Deja su impresión, la huella de algo vivido hace tiempo, un tiempo que no puedo descifrar, aunque la memoria del iris lo reconozca. Al abrirme a esta imagen, cada vez, su eternidad se vuelve el instante presente, novedad, y no hay ningún otro rastro agregado a lo que alcanzo a ver, pues he comenzado a sentir a la historia, como la mezquina necesidad de mantener vivo lo que ya no se es, para tan solo alimentar, la posibilidad ilusoria de que algo nos ha pertenecido alguna vez. Mientras la identidad se imponga, escondida y dando batalla tras los velos de eso que afirmamos haber sido, difícilmente se dejará traslucir la Existencia Real de lo que posiblemente podamos llegar a Ser hoy.

® Soyaguila

El nacimiento del olvido

Un viento lavado por la lluvia penetra a tu casa, te alborota el ánimo y espanta la monotonía estacionada sobre ti, sobre los objetos, sobre tu vida. A cada caso, su solución, meditas. Aparte del aguacero precipitándose a distancia, otra preocupación no interrumpe tu espíritu. Esta modorra te ha seguido los pasos desde hace una semana y media. La pesadumbre maniata los deseos, la movilidad y las miradas. Ahora, la llovizna te moja las escasas preocupaciones y destapa en tu interior innumerables motivaciones infantiles que aún son fijaciones benignas. Por ejemplo, el deleite que te producía la súbita aparición de las golondrinas anunciando la lluvia (mentira que te acompañó hasta la secundaria, ya que no es que anuncien nada, sino que el fenómeno provoca que muchos insectos voladores salgan despavoridos para no perecer y ellas aprovechan la situación para alimentarse con ellos), la maravilla de los baños en el río mientras la lluvia se derramaba, los correteos y las mojaduras bajo un caño de agua de casa ajena que masajeaba la cabeza y la piel, la observación de las variadas formas en que el viento arrastraba la lluvia, la coloratura y la voluminosidad de la misma, la inexplicable caída con el sol afuera, la insólita aparición del arcoiris, en resumen, el mágico acontecer del fenómeno. Pero no puede quedarse sin explicar el enojo y las reprimendas de tu mamá, porque “sólo caen tres gotitas y ya tú estás lloviznándote, y luego la gripe, y ese catarro que molesta tanto”. Sin embargo, estas atemorizaciones no eran suficientes como para amedrentarte o detenerte. Para cuando alcanzaste la adolescencia, esto se había transformado en una costumbre arraigada. Ya en la adultez es cuestión inherente a tu personalidad. Comoquiera que se mire, el recuerdo es la nostalgia multicolor, la caja negra del individuo. Una manifestación inmediatamente genera otra, por lo que debes acudir rápido y cerrar las persianas, ya que las gotas están mojando el piso y el mobiliario. Todo fluye para bien o para mal. Un ansia irrefrenable te invade y sales al torrencial aguacero a satisfacer la vieja necesidad bajo el asombro y la risa de la vecindad. “Ese tipo está loco. Siempre que llueve hace eso”. “Con todo y ropa, ¡vaya hombre!” El internamiento en el agua y en su música nulifica los comentarios y los cuestionamientos de las voces habladoras. La humedad vence la tela y la piel se estremece, se crispa. Ocurre el trance de la adaptación al frío y te percibes distinto, rejuvenecido, otro. En el proceso de esa renovación se citan besos y caricias, abrazos y susurros, miradas y voces; debiera ser la ocasión del encuentro de los cuerpos, del contacto sublimizador de células y hormonas, miembros y cavidades, vellos y membranas. En esa armonía individual te afloran sensaciones y pulsaciones. La oportunidad, su efecto, te provocan el olvido del aciago hoy. Los avatares han sido suplantados sin premeditación, sin la alevosía que implica el desafío y sus congéneres. Ahora crees que unas manos se estacionan en tu rostro y te lo borran, dando lugar a la cabeza del arcoiris, adonde acuden pájaros, doncellas, peces, mariposas, libélulas, brisa, y tu amada. En su cabellera juegan los colores, su faz es de estrella, su piel es como la miel, un ruiseñor va en su voz... Tú bordas una canción, y es la fiesta. Ahora todos danzan y celebran el nacimiento del olvido. [a René]

© Roberto Sánchez

Dogmas

El violador cayó de bruces sobre el empedrado. El alcalde y sus asistentes lo rodearon. Tras fuertes forcejeos, lo amarraron del árbol más cercano con el fin de ejecutarlo. El párroco arribó jadeando, crucifijo en mano, y empezó a reñir con el alcalde:

—¿Quién eres tú para ultimarlo? Dios es el único que puede juzgar a esta oveja descarriada.

El alcalde, a su vez, preparó el fusil y repuso:

—En eso estamos de acuerdo, Padre. Pero como se trata de mi hija, es mi deber hacer que Dios juzgue a su sobrino cuanto antes.

© Rubén Sánchez Féliz

Sabor a trufas

Nunca las he probado, ni siquiera una gota de aceite con su esencia, sólo sé que vienen de la tierra y como el oro, son difíciles de encontrar. He leído sobre la carne de jabalí alimentado con ellas y su sabor afrutado. Pero de alguna manera, dentro de mí sé a qué saben las trufas, y cuando las pruebe será como reconocer sabores de hace mucho tiempo.
Estoy segura que si te hablo de las 17 Piezas Infantiles de Antonio Estévez, podrías oírlas. Te daré las partituras, te acordarás de alguna lección de música. Oirás cada una de las tonalidades, cada fraseo, seguirás con tus dedos el dibujo de las notas.

Acerca tu oído al papel. Me rondan en los dedos las ganas de tocar, cuando lo haga será con esas piezas, para que reconozcas una vez más su sonido. Y sabes, haré sentir niños a los que me quieran oír.

© Helga Vega

Una de mil noches

Por Bagdad anduve de madrugada degollando piratas malayos que llegaban allí desde el Golfo Pérsico remontando el Tigris y una tarde al llegar la noche encontré a Scherezade desnuda triunfando con su boca de templo sobre el sultán Schahriar.

En sus calles Aladino me prestó su lámpara de poder y milagros Simbad me regaló una cimitarra y un mapa para llegar a la cueva donde Alí Babá y sus cuarenta ladrones me guardaban un tesoro que se abría como una caja de mil tapas en el cual volar feliz.

La perla del califato donde la ruina sólo la había en poemas rotos fue imperio de sensualidades y conocimiento derrotando pestes como Tamerlán arrasándola y acribillando a casi todos sus hijos o el olvido donde quisieron ahogarla infinidad de cronistas grises.

Ahora la camino de nuevo en las pantallas del televisor y el ordenador llena del horror de rubios que pasan extraviados sobre Hummers y erizados de modernos alfanjes láser que no logran defenderse de las fábulas que por milenios se fueron armando grano a grano.

© Alfredo Cedeño

El jaguar

I want now to hold in my hands
the fragrance of your flesh
and smell it.
I want to roam in your soul
and scoop the taste of your flesh.
Kazuko Shiraishi/ The season of the sacred lecher

El cigarrillo pintura de labios se consume sin piedad. Severanda organiza su masivo pecho dentro de una pieza muy cara de ropa interior. Repara en los ojos verdes que la estudian sin ganas. Están satisfechos. La lengua repasa el hocico tratando de recordar el festín de hace poco. Los colmillos se dejan ver de cuando en vez, perfectos, relucientes. El espacio es un desastre de sangre, sudor, carne muerta, alguna lágrima y preguntas, muchas... Ella termina el proceso con dos o tres gotas de delicado perfume, remata el cigarrillo con desgana y piensa en voz dura: Los hombres son unos imbéciles.

Se conocieron hace un miércoles en el Superocho Night Club. Ella llamó su atención de inmediato: el cuerpo grande y violento, la gran sonrisa. John siempre ha llegado tarde a todos los lugares y a todas las etapas de su vida. Es súper lento. Así que Severanda tuvo que tomar la iniciativa y preguntar nombres, entablar conversaciones ridículas referentes al clima y los últimos partidos de pelota. Todo eso era inútil, John no era de este mundo, estaba en otra frecuencia y además para empeorar las cosas era poeta.

Ella hizo un esfuerzo y mencionó una pequeña lista de escritores, los que todo el mundo conoce... eso le dio oportunidad a nuestro John para que se explayara, con toda su parsimonia, en una serie de poetas de vanguardia provistos de una reputación más o menos dudosa y sin ningún texto publicado. La pobre Severanda paseó la vista por las etiquetas de las botellas y hasta tarareó canciones en voz baja para no dormirse mientras asentía concienzudamente. Sugirió otro trago, alzó el pecho y notó que los ojos del escritor se movían al compás del testamento. Todo estaba cayendo en su lugar.

Tengo un Jaguar, dijo Severanda varias cervezas después por decir cualquier cosa y mantener el asunto a flote y a John sólo le quedó asentir y pensar en voz baja: Diablo, bonito carro. Encendió un cigarrillo y preguntó: Cómo es eso. Ella esperó por un fuego que llegaba torpe y trémulo bendecido por una sonrisa ridícula, para responder: Un regalo de mi padre cuando terminé la universidad. Debe ser muy caro el mantenimiento, dijo John ajustándose las gafas y mirando los senos sin ningún tipo de reparo, tratando de alargar el tema ya que habían sobrevivido a unos silencios tenebrosos hace poco. Si tú supieras que no, el mantenimiento puede ser algo complicado pero vale la pena... es un capricho mío, nada más. John pensó que sin duda había cuadrado la noche, una jeva de este calibre, bien montada e inteligente... no pensó en la extraña combinación y por primera vez en su vida dejó de hacerse preguntas y decidió disfrutar la buenaventura.

La noche ya no aguantaba. Los panas no podían entender qué hacía una hembra como esa hablando con el estúpido de John, pero para los gustos los colores y como estamos llegando a los finales, se están viendo casos. La despedida fue con beso en las comisuras, una caricia con uñas bien pintadas e intercambio de teléfonos: se verían el próximo miércoles. Ella le pidió que por favor no se pusiera perfume. Alergias, fue la razón. John regresaba sonriente a la mesa de sus amigos mientras ella desaparecía sin mucho ruido.

Miércoles: John llegó a la dirección indicada, sorprendido de la extraña edificación, parecida a un antiguo gran almacén. Afuera no estaba el vehículo de la muchacha así que pensó que no había llegado. Después de un rato se aventuró a tocar el timbre. Para su sorpresa, ella apareció como salida de catálogo de Victoria’s Secret: el pelo caía como cascada, tan linda, ni una gota de maquillaje siquiera, la culebrilla en la división de las inmensas tetas... la suavidad que prometía la erizada piel era casi palpable. Estaba ligeramente nerviosa, se notaba en el velo de sudor en la nariz. Pasa, estás en tu casa, dijo ella dando la espalda y mostrando el trasero redondo y el caminito de pelos desde la espalda hasta allá; lunares y un coqueto tatuaje quedaban al descubierto por entre la delicadeza del modelito con encajes como para morirse, como para quedarse en ellos, como para escribir de nuevo de ahora en adelante: El destino de un Poeta. Él se extrañó pero la siguió sin protestar, sin decir Buenas Tardes, tragando en seco y preguntándose, mientras el corazón le bajaba al estómago, a quién tendría que matar para merecer esta mujer entera. En ningún momento llamó su atención la falta de muebles en el galpón. Severanda, temblorosamente sexy ofreció algo de tomar. Cerveza, dijo él. Ella se excusó diciendo, Ya mismo, y subió las escaleras. Dos eternos minutos después, mientras John palpaba sus bolsillos revisando si tenía los condones, escuchó el rugido, el golpe de la reja que se abría, luego, casi de inmediato, otro rugido. La bestia atacó la yugular, como se estila. Severanda, desde el piso de arriba, conseguía un orgasmo brutal. La fiera, zarpazo a mordida terminaba con la agonía del muchacho, que quedó haciéndose miles de dolorosas y sangrientas preguntas mirando fijamente hacia el techo.

© Enmanuel Andujar
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© mediaIslaproSÁBADO 31 de marzo de 2007.-

proSÁBADO 039




AMORES. PUEDO DECIRLES QUE NUNCA estuve de verdad enamorado. Como el hijo pródigo de la parábola de Rilke, creo que no amé nunca "para no poner a nadie en la terrible situación de ser amado". Por el contrario, muchas novias tuve; pero, a todas las perdí tan pronto las estreché entre mis brazos. Sólo una, pudo mantenerse viva y presente en mi pensamiento: aquella que por no haberla tenido nunca, nunca se me escapó.

La confesión de don Juan/ Denzil Romero
[Venezuela, 1938-1999]
http://www.textosentido.org/textosentido/invitados/romero.html
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2546
http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N53/contenido04.htm
http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N35/contenido07.htm
http://www.kalathos.com/may2000/las_romerias_completo.htm
http://www.ficcionbreve.org/cuentos/cabecorta.htm

Contenido

Caso de fuerza mayor – Manuel García Cartagena
La gallina ciega – Carmen Hernáiz
Fragmentaciones – Marcio Veloz Maggiolo
Unclaimed – Helga Vega

Caso de fuerza mayor

Fue un hombre tan querido que, cuando fue apresado, los policías que lo condujeron a su celda le hacían chistes para que no fuera a ponerse triste, y los demás presidiarios le tomaron en seguida tanto afecto que cada uno de ellos tuvo para él una sonrisa o una frase de consuelo. Tan querido fue nuestro hombre que hasta el mismo juez lloró de pena al condenarlo a morir en la guillotina, al tiempo que los miembros del jurado lamentaban amargamente haber tenido que participar en lo que más de uno de ellos llegó a considerar públicamente como una "trampa de la justicia", a pesar de haber postergado una y otra vez, por espacio de cinco años, el momento de tomar una decisión al respeto. Al final hubo en la sala un ambiente tan triste que hasta aquellos que sólo habían ido al juicio movidos por la curiosidad terminaron ocultando sus ojos detrás de espejuelos oscuros, aunque no pudieron evitar el concierto de estruendos que sus narices producían al llevarse con sus pañuelos las mucosidades nasales de sus llantos. Tan querido fue aquel hombre que incluso el verdugo designado para que le practicara la más profunda de las afeitadas insistió en hacerle saber, carcomido por la pena y el llanto, que él no tenía nada que ver con lo que le había pasado ni con el infausto papel que, por su profesión, estaba obligado a desempeñar. Tan querido fue que, al morir, cuando su sangre ya rodaba por el suelo, provocó el desmayo de centenares de mujeres y ancianos, y más de un puño apretó en silencio los flácidos músculos de la impotencia, al darse cuenta sus dueños de que no habían sido capaces de intentar cualquier cosa que impidiera aquel desastre. Tan querido fue, en efecto, que, al otro día de su muerte, todos los que lo conocieron se apresuraron a olvidarlo por puro respeto.

© Manuel García Cartagena

La gallina ciega

—Van a robar el gallo del corral.

La abuela dejó la frase sobre la mesa con la misma tranquilidad que mamá servía las lentejas.

Era miércoles. Lo sé, porque todos los miércoles comíamos lentejas de primer plato y sardinas de segundo. El postre dependía del humor de mamá.

Fijé la vista en una flor del mantel, mientras ella se afanaba en hacer entender a la abuela que hacía más de sesenta años que no tenía gallo, ni corral, ni casa en el pueblo ni gallinas que cuidar. Cada vez que mamá negaba la enfermedad de la abuela, yo trataba de explicarme el porqué, queriendo que tuviera el suficiente tino como para seguir el hilo de una conversación quizás llena de las incongruencias de la demencia senil. Nunca sabíamos cuándo llegaba ese momento de lucidez que la ponía en el presente real y la hacía sentirse una pobre vieja inútil y loca, por culpa de esas insistencias de su hija.

Mirando la flor del mantel intentaba no oír lo que ocurría en la mesa. Trataba de fijar mi atención en unos pétalos que me sabía de memoria y esos pistilos que tiempo atrás me habían hecho pensar en la clase sobre reproducción de las especies.

-No hay gallo, mamá, ya te lo he dicho.

La abuela insistió y rogó a mamá que estuviera atenta, que tuviera cuidado, que no dejara que todo se perdiera por culpa de no ocuparse lo suficiente.

Mamá, impaciente y frustrada, dejó la servilleta sobre otra de las flores del mantel, apartó la silla y llevó a la abuela al dormitorio. Ese día no tuvimos postre.

No hubo más insistencias sobre el estado del corral. Ni sobre el peligro de robo del gallo. Tan solo unos días después entendí a la abuela cuando papá se fue de casa para nunca más volver.

© Carmen Hernáiz

Fragmentaciones

Irresistible y cansada de verse en el espejo sin que nadie opinase sobre su frugal belleza, lanzó el mismo a la calle haciéndolo añicos. Pero en el espejo se había quedado copia en vivo de su cara. Marisol tiene ahora una cara lisa e inexpresiva e intenta recoger a ciegas, trozo a trozo y con la intención de armarlo nuevamente, el rostro equivocadamente lanzó, furiosa, sobre un recodo del camino.

© Marcio Veloz Maggiolo

Unclaimed

Soy pájaro volando en soledad, regresé con la certeza de haberle encontrado compañera de juegos a Luisita. Una Julia, pensé, que era ideal para ayudarnos a lavar los desencuentros; pero algo no cuadró. Hoy me fui contra ella, la agarré con furia y la degollé. Su sombrero y su cabeza estallaron en pedazos que no sé cuándo recoja. Quizá él llame a esta hora y la emoción me haga correr, y mis pies sangren sin dolor. A fin de cuentas, caminé de punta a punta El Conde para terminar trayendo una muñeca rota.

© Helga Vega
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© mediaIslaproSÁBADO 26 de agosto 2006.-