Saturday, January 26, 2008

proSÁBADO 048




Tus triunfos, pobres triunfos pasajeros
(Mano a mano, tango)

NO RECUERDO POR QUÉ mi hijo me reprochó en cierta ocasión:

—A vos, todo te sale bien.

El muchacho vivía en casa con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:

—No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.

—El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho –contestaba.

—Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.

—No el triunfo –me interrumpía- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.

A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivia a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de “Caras y Caretas”, la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano el mundo recurre hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.

Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.

Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.

—Margarita no tiene la culpa.

Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

Margarita o el poder de la farmacopea Adolfo Bioy Casares
[Argentina, 1914-1999]
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Bioy/Cronobioy.htm
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/Paulina.html
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/Noumeno.html
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/En_viaje.html
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/viejitos.html
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/Bioy_reportaje.html
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/Bustos_Domecq.html
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/escritores/Bioy/Bioy_Italia.html
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/bioy/abc.htm
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Bioy/cuebioy.htm
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Bioy/Repobioy.htm
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Bioy/debioy.htm
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1471
http://www.geocities.com/athens/agora/9812/bioy2.html
http://www4.loscuentos.net/cuentos/other/7/15/
http://sololiteratura.com/arlt/arlteldiario.htm
http://www.youtube.com/watch?v=QmylvasfPXk&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=OnWB__n-SwM&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=fzt0s1Weie4&feature=related
http://es.geocities.com/cuentohispano/bioy/bioy.html

Contenido

Alejandro Drewes Habitación y espejo
Pablo Martínez Confusión
Nemías Meléndez Revuelta
Helga Vega Canto macho de ballena
Osiris Vallejo Vista infinita desde una ventana

Habitación y espejo

La noche vino (el riel, límite tras límite)
y el viento sobre el llano: el olor de los almiares
(...)
y el rocío de la luna,
el olor huidizo
y tu paisaje temblando a lo lejos
como un corzo en la oscuridad
(dejando sólo el riel, límite tras límite)
Östen Sjöstrand: Paisaje del llano/Slättlandskap

Una noche como puente -¿hacia dónde?-, y una habitación invadida por las huidizas sombras de la noche.

El ojo de la cámara en su desplazarse moroso que apenas logra darnos nada más que un gran espejo de pie, junto a la cómoda. Dentro de la luna, nada. Ni fuera otra cosa que tiemble, como esas mismas aguas tiemblan.

Muy tenues pasos -¿dónde?- apenas quebrando la solemnidad del instante, el crepitar de su incendio suave.

Una noche como puente a tantas otras largas noches, breves noches, azules, rojas, blancas.

Alza apenas tu única voz, y luego tan sólo espera quieta, muy quieta. Ella, o al menos su Sombra en la tierra, vendrá. Tú sin preguntas, sabes qué vendrá, cuándo.

Gota de agua que tiembla y pende todavía de la afilada cornisa del íntimo instante. Agua y fuego, raro placer de las horas que pasan, y de pronto no sabes, y es noche en el mundo, y en esta cúbica miniatura del mundo.

Alguien que grita o ha gritado, un gemido tal vez. Diluida corriente de una voz en el espacio, oh tan lejos.

Como saber el lugar preciso que cobija, la manera especial en que la última luz abandona el Recinto y cada mueble, y recoge cada detalle: la oscura alfombra color de mar en calma; un fragmento del lecho vacío y el contorno en el vano de una puerta cerrada.

Una noche -y esta misma noche- como un barco lentamente derivando, lentamente bajo las estrellas. Oh tú, alto mar de la noche: tus signos, tus Itacas, todos los mundos en la esfera perfecta.

Pente-pente-deca, armónica medida de unas manos que prueban a medir el universo.

Rutas que ignoro, voces que no escucho, tiempo que ya no habitarán mis gestos.

Camino en la cuenta larga de los días que conducen hacia ese puente preciso, en temor de la vida, Biblioteca de Patmos, presente temblor de algo inaudito escondido, acechante en esta profunda y tensa calma.

Algo que de pronto, a mis espaldas, estalle.

© Alejandro Drewes

Confusión

A mí no me gustaban los hombres. Si por algo yo era enfermo era con las mujeres. Pero cómo iba a saberlo. Cuando entré a la discoteca y vi a ese mujerón sentado en el mostrador, no tuve más remedio que írmele a la muela. Qué boca tenía la maldita, unos labios carnosos como me gustaban y un cuerpazo de matamacho que había que ver; es que estaba para comérsela. Yo no me di cuenta de nada. Cuando me la llevé me la fui tragando por todo el camino hasta la habitación. Yo sé que la bebida hizo una parte, pero ella hizo el resto. Cuando me le tiré arriba en la cama y le sentí el bulto, fue que caí en cuenta; una mujer no podía tener eso tan grande. Sólo le metí tres puñaladas y me fui del sitio. Es que a mi no me gustaban los hombres.

Al otro día me agarraron preso porque el tipo se murió. De veinte años que me echaron lo bajaron a diez. ¿Qué cómo llegué a esto? No lo sé, pero fue despacito. Después de siete años en la Victoria, uno se degenera y la costumbre hace ley. El primero fue Manuel, ese ya está enterrado; al segundo lo soltaron y está interno; y a este que tengo ahora ya le falta poco para morirse. A mí no sé cuándo me tocará; dicen que soy cero positivo. Estoy terriblemente arrepentido de aquel hecho. Más ahora con este sentimiento, que no puedo arrancarme. Si usted lo hubiera visto me entendería. Yo lo maté, nunca me lo voy a perdonar; me llevo mi culpa a la tumba. Perdóneme padre, pero si usted hubiera visto lo bueno que estaba ese hombre.

El confesionario quedó solo. El sacerdote alcanzó a ver la figura de una extraña mujer saliendo de la capilla, un policía la esperaba en la puerta.

©Pablo MartÍnez

Revuelta

En la vieja mecedora de guano, ella tarareaba una canción tradicional. Mientras bordaba uno más de sus suéteres, que apilaba en un rincón del closet, en colores y tamaños adecuados para los "suyos", los dedos entre puntada y puntada, recorrían las cuentas del viejo y gastado rosario malva. Él, de cuando en cuando, por encima del diario, la miraba distraído a través de los cristales bifocales. Ayudaban a centrar el objeto y definirlo. Importaba poco, costumbre de las tardes, pasado el café y una que otra conversación insulsa. No eran viejos, tampoco jóvenes, vivían el limbo que precede la conciencia de los años.

Evitaba pensar, no quería, sin embargo volvían los recuerdos en un flujo-reflujo recurrente. Cincuenta años correteando el día a día y la desazón engordando imparable, como gestación no deseada. Ya, ni hablar era bueno, callaba y consentía. Un día amaneció gris plomo y cansado, celebró un funeral mental y sin ritos ni aspavientos, sepultó la idea de levantar un puente de avenencias. Fue mal ingeniero, no encontró cálculos, ni formulas adecuadas; peor aun, intentos anteriores se estrellaron contra el pétreo muro tradicional e inoculado hasta la médula, por milenios de educación conservadora, la pesada joroba de un patrimonio generacional aberrante, que se extendía mas allá del razonamiento. ¿Cómo sobrevivir el diario discurrir, sin convertirse en navajas cortantes, asesinas de posiciones y convicciones? Él explosivo, pero racional, inclinado a desmenuzar las causas y a prever los efectos. Ella displicente y caprichosa, orientada a zanjar las discusiones con el filo gélido de un ¡Ya! o un silencio de días como la ausencia.

Así iba la vida, colmada de contradicciones. Ahora florecía, prometía un vacuo aliciente para seguir en el tiovivo. Los motivos primarios, aquellos que germinaron del envión inicial. Ya adultos, ajaban sus propios ropajes, desesperaban a sus otros, integrándose a lo ya recorrido. El universo mutuo se llenaba de una fábula, que respondía al nombre genérico de matrimonio. Y ella era feliz. Casada, con hijos, una familia. Sin penurias, ahora, podía dedicarle su tiempo. Pensar en los nietos y revivir en ellos. En su hermético mundo no cabían otras cosas. Si algo pretendía descarrilar el tren cotidiano. Lo demolía. Contribuyó al machismo del hijo, preparándolo para que ninguna hija de "sabe dios quien", lo cogiera de pendejo. Sin embargo, le acusaba. Y él, era el resultado de otra madre con los mismos desvelos. Viciosa paradoja circular. Lloró a lagrimas solas su tragicomedia. La herida suturó muda entre pecho y espalda. Porque el dolor de ella, le apenaba, oprimía el pecho y la conciencia. ¿Cómo podrían entenderse, fijar las prioridades y desembocar en un consenso que permitiera alcanzar el fin de los días asignados?

Tomó el abrigo –afuera la llovizna obscena y lujuriosa, fornicaba los cuerpos a su alcance y al resto de tarde que languidecía entre migajas de luz solar que se apagaba en el lejano horizonte, como moneda roja- decidido a no trillar más el eterno y condenado círculo absurdo.

—Abrígate, cúbrete la cabeza, hace frío y llovizna, podrías resfriarte.

Milimétricamente eficiente, atenta al mínimo detalle. Apenas movió la cabeza como asintiendo. No le gustaba, es más; nunca le gustó que le dijera que, como, cuando y por qué. Se fue sin razonar si era lo justo después de tantos años. Y por primera vez, el adictivo y venenoso sabor del egoísmo puro y sin remordimientos, recorrió las papilas gustativas de su raciocinio. En lo recóndito de ese mismo raciocinio, sabía que la amaba, que no se extirpa un sentimiento, no hay escalpelo para lo entrañable, pero era otro amor; talvez mero hábito, como comer, respirar, defecar o morirse. Ya no tenía fe, la perdió en el camino. Quedarse significaba, la ruina total. Acabarían dañándose, porque fueron "felices" de alguna forma; con mudos tragos amargos por la coexistencia, la armonía; los hijos, razones diversas para esgrimir, pero razones. No huía. Anhelaba sentir que no era una cosa, un mueble o una rutina sana. Pretendía, tener conciencia de existencia, un algo más que "mi marido". Salía vacío y ajado, lo puesto y un poco de dinero en los bolsillos. La jaula de los párpados parió una lágrima, quizás no era tan duro después de todo. Había dolido la soledad, no por ella misma; sino por el tiempo envolvente y despiadado. La libertad, ¡coño!, pero no así: arrugado, cansado, torpe y solo. Todo quedaba atrás como un paquete, como un lastre pesado. Volvía a la incertidumbre, al no saber. Pero mejor que la nada abandonada, y a medida que se alejaba a grandes zancadas. Desconocer el devenir le seducía.

© Nemías Meléndez

Canto macho de ballena

No pretendo ser quien no soy, se interpone el mar entre nosotros. Comprendo cada uno de sus argumentos (casi todos); es el macho en la cama y en la vida. Lo que no puedo compartir es su proceder violento-no-violento, distante, tosco, a destiempo y contratiempo, cada vez que anclamos en la isla. Cimarrón, guabina y carpintero, dispone todo a su antojo; lucha contra mi terquedad asquerosamente heredada. Lo siento agitado, entra, sale, viene y se va, atiende tres asuntos a la vez, en su cabeza repasa mil veces la agenda del día y de los próximos, escribe en rojo cruzaíto, tacha y retacha con su amarillo preferido. Se siente maltratado por el tráfico, la gente, la ciudad excavada y ahora vengo yo a trastocarle su media rutina apenas lograda. Soy amante de su boca, que es la puerta. Nada me seduce más que su elaborado canto, pleno de trucos y burbujas, y mirarnos cuando entra en mí. Cada día que pasa pierdo más la cordura. La costa sur nos calmó, supimos llevar el compás a tiempo de pueblo y provincia, pero un polo elevado y desolado nos movió el alma y la desazón, fuimos dos desconfigurados. Volvieron sus ojeras, su despertar madrugador, nervioso y el celular que lo agita sin pizca de susto cuando vibra. Pronto la montaña le impondrá su letargo y esta vez no insistiré en subir a pie, será en su bolsillo. Algún día me llevará donde todo comenzó.

© Helga Vega

Vista infinita desde una ventana

Todos los días, a las dos en punto de la tarde, se lanza alguien al vacío desde la azotea del edificio de enfrente. La primera vez que lo contemplé fue tal mi asombro que empezó a fallarme la respiración. Me costó gran esfuerzo caminar hasta el teléfono y llamar a la línea de emergencias.

—Corran o será demasiado tarde. Alguien se lanzó de un quinto piso, aún se mueve en tierra. Por favor, vengan.

—Pero…aah…¿por qué se halla usted tan agitado?

—¡Cómo! ¿Le parece poco?

—No se exalte tanto por algo que pasa a diario. Enviaremos a alguien dentro de unas horas para que recoja el cadáver.

—Pero…

—Hasta luego –articuló la voz en forma concluyente, antes de colgar precipitadamente el teléfono.

Me acerqué nuevamente a la ventana. La gente cruzaba indiferente. Nadie se detuvo. Nadie. Cuando llegaron mis tíos les conté lo sucedido. Se rieron a carcajadas. Me dijeron que aquello era un ritual cotidiano. Después se fueron a dormir la siesta. Yo, que había llegado del Sur el día anterior, no entendía nada; y no entender es terrible.

Ahora, diez años más tarde, al contemplar sin asombro el acto infinito, entiendo; cada vez más, entiendo…y eso es más que terrible.

© Osiris Vallejo
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mediaIslaproSÁBADO 046 26 de enero 2008.-

Saturday, December 29, 2007

proSÁBADO 047




EL CARRUAJE de Margarita de Messina se detuvo frente a la Catedral de San Juan. Uno de los lacayos colocó la banqueta debajo de la portezuela y ayudó a su señora a bajar, mientras otro les daba luz con una lámpara de aceite de coco. Margarita levantó el velo negro que le cubría el rostro joven, bajó del carruaje y subió la escalinata del templo muy despacio, observando cada escalón con cuidado. Al acercarse a las grandes puertas del vetusto edificio, sintió un agradable olor a incienso.

En la oscura sacristía, alumbrada apenas por dos antorchas, esperaba el obispo de Puerto Rico. Margarita de Messina despachó a las esclavas y a los lacayos que la escoltaban, se arrodilló ante el mitrado y le besó el anillo. El prelado les ordenó al sacristán y a los demás clérigos que salieran, levantó a Margarita de Messina por el codo y la sentó a su lado.

—Hija, perdona que te haya mandado a buscar a la casa de tu hermano. Es bueno que pases allí una temporada luego de la tragedia de anoche. Pero mis votos y una promesa me obligan a darte noticias espantosas.

—¿Excelencia?

—Antes de morir, durante la confesión, tu marido me hizo jurar que te diría todo lo que ahora escucharás: Cuando tu padre murió el año pasado te dejó toda su fortuna y sus tierras. Pero tu marido sobornó –y amenazó– al notario para cambiar el testamento y otorgarle la fortuna a tu único hermano. Lo hizo porque le temía a tu belleza y quería que dependieras de él para todo. Hundido en su egoísmo infinito, pensó que si tenías riqueza propia ya no sería tu dueño. Esta abominación la confesó anoche antes de irse con Nuestro Señor, que todo lo perdona. Lo hizo para purificar su alma y morir en paz. Luego me pidió que te suplicara perdón. Cumplo mi promesa, hija mía.

Margarita de Messina reflexionó unos minutos en silencio.

—Excelencia, ¿dijo algo más mi marido?

—Nada más. ¿Por qué?

—¿No acusó a nadie?

El sacristán, sofocado, entró de pronto al aposento semioscuro. Se excusó ante la señora y susurró unas palabras al oído del Obispo, a quien se le humedecieron los ojos. Al terminar de escuchar el mensaje afirmó con la cabeza y despachó al clérigo. Luego agarró las suaves manos de Margarita de Messina y exclamó:

—Horror, hija mía. Debo darte otra noticia execrable. Tu hermano acaba de morir, también envenenado. Resignación, hija mía.

Confesión Luis López Nieves [Puerto Rico, 1950]
http://www.ciudadseva.com/otros/lln-int.htm
http://www.cuentosymas.com.ar/cuento.php?idstory=26
http://www.alternativabolivariana.org/pdf/nieves_en_la_muralla_de_San_Juan.pdf
http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_4/pdf/cer4_maeseneer.pdf
http://www.ciudadseva.com/
http://www.ciudadseva.com/datos/index.htm
http://lopeznieves.com/
http://www.ciudadseva.com/obra/2004/actual04/rdj02.htm
http://www.ciudadseva.com/obra/2001/mono/mono.htm
http://es.geocities.com/cuentohispano/lopeznieves/
http://7mares.podomatic.com/entry/2007-02-24T18_10_28-08_00
http://librosgratis.podomatic.com/entry/2006-11-12T17_53_58-08_00
http://simequieresescribir.blog.com/2231184/
http://freddymurphy.blogspot.com/2007/04/los-nuevos-indios.html
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=3753&mode=thread&order=0&thold=0

Contenido

Rey Enmanuel Andujar Hondura
Alejandra Bermúdez Mundo inventado
Fredy Ramón Pacheco Confesiones de una frase de despedida
Elena Román Diez pinceles para un poema
Raúl Dorantes El papel

Hondura

Las heridas de la mujer, mudas, comunicaban nuestras frustraciones dentro del silencio reciclado de los doctores. Promesas: no llorar, no ceder, no pensar… Todo rastro de sangre ha sido lavado aunque, ahí están las negras suturas que servirán de ayuda al recuerdo. Salgo (siempre en taxi, a veces en el asiento de atrás) y me destrozo la fulana con árboles cortados, la isleta rota, la promesa de palmera… de qué clase de forros salen estas ideas, en qué isla se ha visto cosa semejante.

Olivia, casi sana, cicatrizando, sueña con playas entre lo gris y soleado, arena blanca y olitas inquietas; una mano protege la falda, la otra recoge lágrimas. Recuerda: Considerando que tu abrazo es un saludo a la nada, de que vivimos en un mundo de ideas que chocan, se entrecruzan, y obstaculizan.

Deberías escribir cosas coherentes, dice el maestro de literatura creativa y le explico, Maestro, llego hasta la página en blanco tan temida con las ideas articuladas y al final viene la nostalgia de una ciudad destrozada en verano permanente en donde todo está cerrado y me gana a la coherencia y lo que termino haciendo son estos relatos de trescientas palabras, que aunque las palabras, por separado, sean interesantes, el conjunto siempre termina siendo algo bien tanguero, bien bachatú.

Me voy de nuevo porque siempre ha sido tarde, tu cuerpo sin fe ya no es mi casa, me entero que le has puesto a aquellos sentimientos un se vende, un cerrado, un se traspasa y te sientas a esperar: nuestra historia es un clasificado al que nadie hace caso. Yo me he quedado con la esperanza de besos y el tamaño profundo de tu mordida. No tuve nada que darte, esperanza única de domingo playero, constancia de que sólo somos carne de consumo.

© Rey Emmanuel Andujar

Mundo inventado

Mis aldeanas fueron a ver un médico que les diagnosticó artritis y achaques menopáusicos. Entonces retornaron al papel, cargaron sus canastas y me suplicaron que les regalara un camino para llevar sus flores. Así, de espaldas, me inventaron un mundo de silencios grandes manchados de colores.

Silencio roto

Mis aldeanas presienten en el silencio otras dimensiones. Dicen ellas que así se prepara una gran explosión universal o un grito de rebeldía. Presienten que nadie aguanta el abandono, el desamparo, el silencio, mucho rato. Por eso, necesito hablar de ellas para que ellas me inventen un camino de acuarela y crayón.

Fe

Mis aldeanas saben que están hechas de los mismos elementos que las piedras, el agua, el maíz. Oyen desde acá el grito en las cavernas y conocen de miedos universales y de cielos e infiernos. Ellas saben que yo les mutilo las ofensas, los rituales de iniciación, su necesidad de intercambiar carne con carne. Sabe que yo las obligo a creer contra todo y todos.

© Alejandra Bermúdez

Confesiones de una frase de despedida

Se perdió en el sopor del silencio. Las ratas y sus agudos chillidos atropellaban las cañerías que transportaban la sangre nauseabunda; y estallaban los tímpanos del monstruo. Se desplomaron los restos de piel y huesos, al mismo tiempo que un coro enlutado de voces fantasmagóricas salía desesperado a vomitar los últimos esputos de alma, aún apelmazados en las entrañas. Resonaban las flatulencias disparadas por las últimas palabras escritas en la conciencia. ¿Cómo podrían haber convivido en vida la vida de aquel mal viviente desecho humano, los semejantes del escritor de soledades, habitante de la oscuridad más escalofriante de la egolatría vital? Una máscara rodeada de vísceras inútiles había nacido y ni los fuegos de la pasión ni los instintos, jamás la habían desgarrado con la sutileza que lo hizo él mismo el día de su muerte. Un filoso cuchillo construido con el acero de sus propias palabras, desnudó los asquerosos panfletos acumulados en su corazón: “No amo nada ni nadie más que a mi. Soy la más suculenta e inteligente defecación de la especie. Soy el Dios de mi exclusivo infierno. ¡Soy!”…

Pero sí, era en realidad. Así desagradable y perverso. A diferencia de los que no tenían idea de su ser y creían vivir. Se imaginaban hasta especies similares y orgánicas, con sentido, con razón, alma, inteligencia y el resto de sinónimos inventados por el verdadero creador de las tinieblas; al punto de creerse contenedores de la verdad impoluta y santificada.

En las penumbras desafiantes de esa verdad, la continencia de la confesión convertía al monstruo en una criatura pensante, capaz de reconocerse así mismo. Y ¡Ay! de aquel mortal cerebro que viva, sin ser capaz de extirpar el tumor de la fe que arrastra, sin saber que esa verdad no existe; y la fe no es más que la muleta vergonzosa de un ser incapacitado para vivir. Esa pústula, lacerante y pervertida pluma en mano, podía hundir la daga de palabras dulces en la voracidad de las ansiedades femeninas; o incinerar las bondades de una ofrenda de vibraciones afectuosas, venidas de otro ser cautivado por el encanto de la víbora, a sabiendas de que el universo giraría instantes después de la herida, y él estaría en otra circunstancia, tiempo y espacio; adorado por las miserias de sus reflexiones egocéntricas, y el infinito de moléculas sobrevivientes del universo de soledad que lo habitaba.

No era ermitaño su pensamiento, sin embargo; no era la ascendente morada espiral de un gasterópodo, asimétrico recinto a causa del arrollamiento de sus vísceras. Estaba lúcido y confiaba en la palabra de regreso que ella le prodigó en la despedida. Alegres los senos, festivas sus caderas, contoneos de la mirada, los párpados entrecortando el vacío que los ojos reflejaban; un manojo de nervios erizando su piel. Un pródigo equipaje balanceando en una mano, y las llaves del auto tintineando impacientes en la otra. El me voy pero volveré antes del anochecer, aunque cantarina la voz y temblorosos los labios al pronunciarlo, era evidente despedida para no volver. La tarde ya era ocaso y las sombras se proyectaban porque justo en ese instante era el antes del anochecer. La mentira hacía lodosas las palabras y podía verse el acento del volveré goteando sobre el camino que la conducía a los brazos de su amante. El me voy si era definitivo y cristalino. El monstruo, tan experto crítico literario, sin embargo fue el más torpe analfabeta ese antes del anochecer, cuando ella decidió liberarse de sus palabras vanas, insidiosas, cargadas de letras inútiles; sus hostiles oraciones de verbos y predicados indecentes, las frases de cortedad criminal como guillotinas, cada vez que inventaba un relato de presentes o pasados. Ella se iba y solo invirtió la frase del clímax: “Me voy y jamás volveré a ver otro anochecer en tus asquerosos textos repetidos de insolencia”, debió decir, si no fuera porque ella era bondadosa y perdonaba todas las infidelidades del editor conspicuo, cuando él era, y no ahora convertido en vulgar escribiente de panfletos.

Escuchó un grito cuando cerraba la portezuela, y sabía que era la interjección del loco dejado en su estercolero de frases chorreando desde la biblioteca. Se había atravesado su pluma en la garganta, por eso ahogaba el ¡Vuelve antes del amanecer maldita! Tarde, muy tarde confesaba su debilidad, a pesar de sus danzas celestiales y sus comuniones con las musas. Tarde se resignaba a que ella llegara, aunque fuera al amanecer; porque antes del anochecer era imposible; cuando apenas el auto se ponía en marcha con las luces encendidas, los grillos aturdidos se volvían sordos y el cuerpo rodaba escaleras abajo, con la pluma en la garganta, escupiendo las últimas palabras tintas de sangre; minúsculas todas, sin exclamaciones, huecas mas bien, hasta llegar a la última contrahuella imprimiendo los últimos puntos suspensivos.

© Fredy Ramón Pacheco

Diez pinceles para un poema

Un hombre en una cueva. Una cueva en un hombre. Un hombre dentro de una cueva construyendo una ventana sobre un trípode. Un trípode de siete pies. Una ventana de cristal de hiedra.

Un hombre se acerca a una ventana a medio hacer. Una ventana por la que sólo puede ver lo que él quiera. Una ventana de cristal de hiedra hecha añicos y semillas que se sostienen en vilo por un conjuro (o un don).

Un hombre lleva sus dedos a la ventana. Las manos de un hombre se mueven a cámara lenta descansada sobre un trípode de siete pies. Los dedos de un hombre contra el cristal lo hacen acuarela. Diez pinceles para un poema.

Un hombre en una cueva construye una ventana de cristal de hiedra sobre un trípode de siete pies, siete añicos y siete semillas. Un hombre dibuja un poema con diez pinceles y un conjuro (o un don) que le permite ver lo que él quiera a cámara lenta. Un hombre en una cueva en vilo sostiene una acuarela. [a rrs]

© Elena Román

El papel

Vivo en el cuarto piso de un edificio ubicado en Granville y Winthrop; una calle es ruidosa, la otra más bien tranquila. Casi pegado a la ventana del pequeño estudio, tengo un escritorio de formica, el mismo en el que solía escribir notas para recordarme lo que tenía que hacer. Pero durante el verano que recién pasó, me empezó a llenar de ansias la posibilidad de que una de las hojas se levantara a causa del viento y se escapara por la ventana. Se me ocurría que la hoja de papel podría llegar hasta la banqueta y provocar una fatalidad… Ya después caminaba por alguna de esas calles, y cada vez que veía una hoja me detenía a corroborar que no era una de las mías. De cualquier modo, la recogía y la ensartaba en un clip que siempre llevo en la mochila. No había de otra: tenía que recoger esa hoja, a menos que a ojos vistas fuera papel encerado o un pliego con restos de chocolate. En mis andanzas, llegué a topar con un paquistaní que no discriminaba: igual le daban los manuscritos en papel cuadriculado que las envolturas de celofán. En una ocasión, a la altura de la Broadway, le pedí que me dejara revisar si por ahí, entre sus montones, no se había colado alguno de mis papeles; la mala suerte no debía caer sobre él ni sobre nadie... Llegó el mes de julio. Y antes de montar mi bicicleta era de rigor revisar que no se asomara un pedazo de papel en la mochila o en alguna bolsa de mis pantalones. Ya en agosto no podía fumar sin que antes auscultara minuciosamente el cigarrillo: no fuera a suceder que hubiese algún pedacito de mis hojas perdido en la ranura que hay entre el tabaco y el filtro. Con las primeras lluvias ni siquiera intenté hacer el amor con mi mujer. Tenía la certeza de que un papel doblado con alguna de mis notas se interponía entre su vientre pálido y mi ombligo.

© Raúl Dorantes
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mediaIslaproSÁBADO 047 29 de diciembre 2007.-

Saturday, November 24, 2007

proSÁBADO 046




USTEDES DIRÁN que es pura necedad la mía, que es un desatino lamentarse de la suerte, y cuantimás de esta tierra pasmada donde nos olvidó el destino.

La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al hambre.

Y aunque digan que el hambre repartida entre muchos toca a menos, lo único cierto es que todos aquí estamos a medio morir y no tenemos ni siquiera donde caernos muertos.

Según parece ya nos viene de a derecho la de malas.

Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto. Nada de eso. Desde que el mundo es mundo hemos andado con el ombligo pegado al espinazo y agarrándonos del viento con las uñas.

Se nos regatea hasta la sombra, y a pesar de todo así seguimos: medio aturdidos por el maldecido sol que nos cunde a diario a despedazos, siempre con la misma jeringa, como si quisiera revivir más el rescoldo. Aunque bien sabemos que ni ardiendo en las brasas se nos prenderá la suerte.

Pero somos porfiados. Tal vez esto tenga compostura.

El mundo está inundado de gente como nosotros, de mucha gente como nosotros. Y alguien tiene que oírnos, alguien y algunos más, aunque les revienten o reboten nuestros gritos.

No es que seamos alzados, ni es que le estemos pidiendo limosnas a la luna. Ni está en nuestro camino buscar de prisa la covacha, o arrancar pa'l monte cada vez que nos cuchilean los perros.

Alguien tendrá que oírnos.

Cuando dejemos de gruñir como avispas en enjambre, o nos volvamos cola de remolino, o cuando terminemos por escurrirnos sobre la tierra como un relámpago de muertos, entonces tal vez llegue a todos el remedio.

II

Cola de relámpago, remolino de muertos. Con el vuelo que llevan, poco les durará el esfuerzo. Tal vez acaben deshechos en espuma o se los trague este aire lleno de cenizas. Y hasta pueden perderse yendo a tientas entre la revuelta oscuridad.

Al fin y al cabo ya son puro escombro. El alma se ha de haber partido de tanto darle potreones a la vida. Puede que se acalambren entre las hebras heladas de la noche. O el miedo los liquide borrándoles hasta el resuello.

San Mateo amaneció desde ayer con la cara ensombrecida. Ruega por nosotros.

Ánimas benditas del purgatorio. Ruega por nosotros.

Tan alta que está la noche y ni con qué velarlos. Ruega por nosotros.

Santo Dios, Santo Inmortal. Ruega por nosotros.

Ya están todos pachiches de tanto que el sol les ha sorbido el jugo. Ruega por nosotros.

Santo san Antoñito. Ruega por nosotros.

Atajo de malvados, retahila de vagos. Ruega por nosotros.

Cáfila de bandidos. Ruega por nosotros.

Al menos éstos ya no vivirán calados por el hambre.

La Formula Secreta / Juan Rulfo [México, 1917-1986]
http://www.literatura.us/rulfo/index.html
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/cronologia.htm
http://www.elortiba.org/rulfo1.html
http://amediavoz.com/poetas.htm
http://www.um.es/cat_hisp/rulfo.htm
http://portal.rds.org.hn/listas/hibueras/msg08685.html
http://sololiteratura.com/rul/rulobras.htm
http://academic.uprm.edu/~yeseniap/id80.htm
http://www.elpelao.com/letras/2757.html
http://www.escribirte.com.ar/autores/21.htm
http://agosto.libertaddigital.com/articulo.php/1276232188
http://home.houston.rr.com/literatura/juan_rulfo.htm
http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/Juan_Rulfo.htm
http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/J_Rulfo.htm
http://antoncastro.blogia.com/2005/120603-la-maquina-de-escribir-de-juan-rulfo.php
http://www.antorcha.org/liter/rulfo.htm
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/rulfo/la_voz.htm
http://www.letras.s5.com/jr220106.htm
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/rulfo/jr.htm

Contenido

El vendedor de molenillos – Virgilio López Azuán
Duda – José Báez Guerrero
Vivir del cuento – José Carvajal
Diario de una muñeca de aparador – Aletse Santiago

El vendedor de molenillos

Dios estuvo en casa, llegó con su venta de molenillos, preguntó por mi padre que había muerto, como si él no lo supiera. Mi madre, llorosa por el recuerdo evocado, secó sus lágrimas y lo invitó a tomar un café. Ella no sabía que ese vendedor era Dios.

Dios no rechazó la invitación. Mi madre fue a la cocina a preparar el café. Dios, que era un poco inquieto, se levantó del sillón y fue al patio donde los niños y las niñas jugaban sin parar. Ellos hacían figuras humanas con barro. Dios se les acercó y habló quedamente con ellos. Luego vino el milagro, como aquella vez: Sopló aire por la nariz de los muñecos. En ese momento llegó la vida, y llenos de ingratitud huyeron del lugar.

© Virgilio López Azuán
Duda

...cumplía años y durante el día había recibido llamadas de felicitación de familiares y amigos que se lamentaban de que no fuese como todos los años a celebrar un fiestón con motivo de hacerse más viejo lo que le tenía un poco triste pero su mujer le había convencido la semana anterior de que la cosa no estaba como para gastarse esos cuartos en fiestas porque al final de la noche por mucho que gozara iba a tener el bolsillo castigado y las tarjetas de crédito heridas seriamente lo cual en verdad quizás no era muy prudente y esta ingenua y dulce mujer suya siempre decía lo que estaba a flor de corazón por lo que no debía dudar de ella cuando enumeraba las razones por las cuales no convenía hacer la fiesta de cumpleaños así que se dejó convencer de que lo mejor sería salir a cenar ellos dos juntos para acordarse de cuando salían solos como salen los novios y ella le visitó en la oficina al mediodía y le llevó un brownie con velita encendida que fue todo un espectáculo y a media tarde llamó para recordarle que como iban a salir no olvidara asegurarse de llegar a tiempo a la casa pero ahora llegaba a la casa cansado de un día entero de trajinar y duda si acaso no seria mejor quedarse en casa tomándose un whisky o una copa de vino tinto mientras miraba el juego de pelota en lo que ella preparaba unos sandwichitos pero sabía que no podía salirle con eso a ella porque seguramente ya estaba cambiada de ropa esperándole porque mira la casa como está de oscura con todo cerrado pero ¿ese no es el carro de sus compadres? bueno quizás es parecido déjame entrar a echarme una agüita para irme a celebrar estos 37 años tan bien gozados que los llevo y ahora esta llave que no abre....

...al abrir la puerta se encendieron las luces y vio sorprendido cómo todos sus amigos comenzaban a cantar el happy birthday tuyú, unos con pitos y maracas y otros con sombreritos de colores evidentemente contentos por los varios tragos de ventaja que llevaban tomados mientras aguardaban que llegara a casa para sorprenderlo como en efecto lo habían sorprendido y en medio de toda la algarabía estaba parada en perfecta armonía con su belleza y sonreída con una picardía que parecía nueva en ella que siempre había sido transparente como un velo de seda blanca hasta ahora que pudo envolverlo y cegarlo con los dobleces del paño de suave traslucidez y muy creído de que iban a salir solos traerlo engañado hasta su propia casa a una espléndida fiesta de cumpleaños.

Sonrió también, miró asombrado alrededor y una duda fulminante hirió de muerte su sonrisa. ¿Y estas artes de la simulación tan extraordinariamente empleadas para montarle este asalto, habían siempre estado en ella o eran un nuevo atributo? Sonrió, y el brinco del corazón le dijo que jamás nada sería como antes....

© José Báez Guerrero

Vivir del cuento

—Perdone, ¿es usted Patterson, el escritor?

—No, no soy Patterson el escritor, soy agente de alquiler de autos.
—Disculpe.

—No se preocupe. ¿Por qué pensó que yo podía ser Patterson, el escritor?

—Es que usted se parece al escritor, y el escritor se parece a un agente de alquiler de autos. Olvídelo, son mañas de mi oficio.

—¿Y usted que hace?

—Soy interrogador.

—¿Interrogador? ¿Trabaja para la policía?

—No, trabajo para Patterson, el escritor.

—Y si es así, ¿por qué me pregunta si yo soy él? Usted debe conocerlo perfectamente.

—Sí, lo conozco perfectamente, pero qué quiere que haga. El está allí dentro del vehículo que acabamos de alquilar en esta agencia, y me dijo que viniera a preguntarle si usted era Patterson, el escritor.

—No entiendo nada.

—Pues mejor, porque yo tampoco entiendo nada.

—¿Y entonces por qué se presta para hacer este trabajo?

—Primero, porque me pagan bien sin ser, digamos, policía; y segundo porque quiero adquirir experiencia para ser como Patterson, el escritor.

—¿Y usted quiere ser como él?

—Claro, ¿a quién no le gustaría ser cómo él?

—¿Y cómo es él?

—Pues, como usted. No escribe una sola palabra, pero vive del cuento y es un hombre próspero ante los ojos de la sociedad.

—Y cómo es posible que siendo escritor no escriba ni una sola palabra.

—Bueno, él no tiene la culpa.

—Ah, no. ¿Y quién tiene la culpa?

—Los lectores.

—¿Los lectores?

—Sí, los lectores.

—A ver explíqueme, ¿por qué los lectores tienen la culpa de que un escritor como Patterson se gane la vida como escritor sin escribir ni una sola palabra?

—Porque siguen comprando sus libros.

—¡Pero todo esto es una contradicción! Sigo sin entender.

—Mire, en estos tiempos hay muchos escritores que no escriben y muchos lectores que no leen.

—¡Pero eso es una falta de honestidad con uno mismo!

— Exactamente. Pero a nadie le importa. Por ejemplo, ¿ha leído usted alguna vez a Patterson, el escritor?

—No, la verdad no lo he leído.

—Entonces, ¿por qué tiene usted esos libros de Patterson sobre su escritorio?

—Bueno, mire, con usted no me queda otra que confesarme. Yo soy uno de esos lectores que no leen, pero no se lo diga a mi jefe, porque si se entera me baja el sueldo.

—No entiendo, ¿qué tiene que ver una agencia de alquiler de autos con la lectura?

—Lo que pasa es que mi jefe quiere ser escritor, y al igual que usted aspira a ser como Patterson.

—Pero eso a usted no le conviene. Si su jefe llega a ser como Patterson, usted perderá su empleo.

—No, no lo creo.

—¿Y por qué está usted tan seguro?

—Porque yo aspiro a ser su interrogador, aunque no sea policía. De modo que cuide su puesto, y a Patterson que cuide el suyo. Si no, yo vendré a interrogarlo a usted, y Patterson estará metido en su oficina de gerente queriendo ser como mi jefe.

© José Carvajal

Diario de una muñeca de aparador

Un día de ésos, de un año impreciso.

Sí, regreso a mi vieja afición de hilvanar palabras con la punta de un lápiz en lienzos blancos, como cuando fui la niña cuidada de mamá, la estudiante modelo, la hijita de papá, aquella a la que regalaron un diario. Y ahora, ¿quién soy? Veamos: adorno y estoy minuciosamente vestida para que deseen tenerme entre sus manos, acaricien mi pelo artificialmente cobrizo, para perpetuarme en sus pupilas por un instante. Regalo fantasías y estoy diseñada para decir eternidades en medio del gemido. Lo que no saben es que esas palabras aún me salen del corazón, porque no ven mis lágrimas de aserrín, e ignoro el sentido de la risa cínica. Se acercan, me sacan del aparador, me dan la vuelta, me suben y bajan, me visten y desvisten, me codician; me degustan, palpan, estrujan; se dejan querer y escuchan asombrados mi melodía interna, mientras en mi caja musical doy vueltas y vueltas sin parar. Cierran los ojos, me miran con la yema de los dedos, sonríen y a veces lloran porque saben que soy de porcelana, resquebrajable. Entonces, cuidadosamente me vuelven a poner en mi plataforma circular, me dan un beso, y se van. Sí, eso es lo que soy: una muñeca fina de aparador.

Una semana después de ese día cualquiera.

Como muñeca de aparador no espero nada. Sólo hago lo que tengo que hacer: cotizarme, adornar y regalar quimeras a sedientos de olvidos. Pero esta noche alguien llegó, miró más allá de mis pupilas ahogadas y me dijo que odiaba a quién me puso tras la vitrina. “Nadie me puso aquí”, le respondí. “Tú sabes que sí”, me dijo con voz susurrante, “y me duele que ni siquiera tengas el valor de admitirlo”. Yo callé por unos instantes antes de preguntarle, sin mirarlo a los ojos: “¿Importa eso ahora?” “Importa”, me contestó, “porque sin caerte te estás rompiendo, estás muriendo por dentro. ¡Déjame sacarte de aquí!” Se romperá él también, lo sé. “No me conoces, ninguno de los dos se romperá. Nadie más te pondrá tras una vitrina. Yo cuidaré de los dos.” Fueron sus últimas palabras. Tengo miedo.

Un día muy preciso, el cielo se abre.

Ahora los dos estamos dentro del aparato de quimeras y engrasamos los engranes de las horas. Todo está en orden. Bajamos la cortina del tiempo e ignoramos al mundo y sus miserias. Abiertos, sin miedo, nos contamos todos los secretos. Me gustan estas lágrimas que me saben a riachuelo de aguanueva. Miro por la ventana y desconozco el pueblo, aún cuando llevamos meses viviendo entre sus gentes que nos ven como extraños. Él duerme. Respiro su silencio y se ensancha el paraíso. Sonrío. Muy lejos están las calles donde deambulaba vestida de lentejuela, tacones altos, y mis labios de rojo insinuante. La noche me llama con voz ronca. Cierro instintivamente las cortinas espantando el presagio. El gorjeo de un búho se estrella contra el portal, y el croar de las ranas se filtra por debajo de las puertas. Un repeluzno trepa mi seguridad como mala hierba. Él me llama a refugiarme entre las sábanas, a disipar el insomnio que poco a poco diluye con el calor de su abrazo.

Un día de ésos, de un año preciso.

La muñeca está nuevamente bajo las luces de neón. Mi sombra es ahora artificial. No siento rencor. Salgo y entro a la hora que quiera de la vitrina de cristal. Me cubro bien de los azotes de la noche impía. Se han cotizado mis besos; mis caricias y mis palabras tienen precio. Soy libre. Se me acabaron las lágrimas de aserrín, y a veces regalo quimeras por el puro y mezquino placer de ponerlos a ellos a dar vueltas en mi caja fría y musical. No acepto sus besos. Ya no pueden romperme. La porcelana es ahora unicel y estambre de nylon. Me rompió aquel que, diciéndome “¡odio a quien te puso tras ese aparador!, un día, sin más ni más, desapareció. Arrastró con los restos de ternura que había dejado aquel otro, que habiendo violado mis sueños, me lanzó al ruedo, poniéndome por primera vez tras el aparador.

Un día de hoy, de un año funesto.

Nadie se acerca a mí. Los vidrios están sucios de neblina ociosa. Llueve sin cesar, sin mojar, pues hace meses que estamos en sequía, y las aceras están calientes aún cuando ya es de noche. Ladran los perros su aburrimiento y un gato me maúlla desde la azotea. Busco un techo y no lo encuentro. Mi piel besa a mis huesos; la hondura de mis ojos son los de un pozo seco. Mis manos tiemblan. Medio giro y me falta el aliento. La cuerda rota. Las medias jaladas y un zapato sin tacón. ¿Quién vendrá a darme cuerda? ¿Quién me regresará mis quimeras?

Un día cierto, hoy brilla el sol.

Todo es blanco, limpio, absurdamente etéreo. Me sostiene una cama como un lecho de nardos suaves. Por mis venas fluye el líquido vital que aminora el llanto de mi cuerpo. Él está aquí, de mi mano, y me lleva a la cornisa de nuevas lunas, de incógnitos espejos. Él fue el que me alejó de mi casa, vamos nena, soñemos... Me desviste con delicadeza, perfuma mis sueños adolescentes, y se hunde en mi pecho virgen. Hurga en mis adentros y ve en mí tierra fértil. Me vuelve a vestir, ha cambiado mis calcetas blancas por medias brillantes y vestidos de seda. Gira, me dice, y yo giro, giro, giro... Estiro mis manos, trato de tocarlo. Abro los ojos; otros ojos me miran con lástima. Batas blancas y un meneo de cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha... Mi precio tuvo su costo. La caja de música dará sus últimos acordes; se la tragará la tierra y me llevaré por siempre a unos tantos de ellos, contagiados... Nadie se atreve a acariciar mis llagas, a tomarme de la mano. De muñeca de porcelana, princesa, ahora soy un guiñapo. Un silencio de réquiem invade la habitación. Pero se abre el cielo, brilla el sol; todo es blanco, limpio, calmo: absurdamente etéreo... y sonrío antes de cerrar para siempre la cortina del tiempo.

© Aletse Santiago
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mediaIslaproSÁBADO 046 24 de noviembre 2007.-

Saturday, October 27, 2007

proSÁBADO 045




HUBO UNA MUJER a quien un sueño embarazo dejó preñada. La mujer no despertó, pero durante nueve meses todos vieron crecer su vientre dormido. El parto fue normal: el bebé es gordo, rosado y nítido. Sin embargo, cada vez que su madre despierta, se vuelve borroso, sus líneas se desdibujan, se lo distingue apenas de los pañales, de la batita, de la pañoleta que lo envuelve. Y pertenece otra vez, enteramente, al reino de su padre.

Sueño embarazoso / Ana María Shúa [Argentina, 1951]
http://www.literatura.org/Shua/Shua.html
http://www.literatura.org/Shua/CG_LaQueNoEsta.html
http://www.anamariashua.com.ar/
http://elcajondesastre.blogcindario.com/2005/12/00303-robinson-desafortunado-ana-maria-shua-micro-cuento.html
http://www.educared.org.ar/guiadeletras/archivos/shua_ana_maria/index.htm
http://www.edicionesdelsur.com/cuentojuven_48.htm
http://www.edicionesdelsur.com/cuentojuven_46.htm

Contenido
La pérdida – César Augusto Zapata
La niña – Mónica Da Luz
El postigo – Rubén Sánchez Féliz
Jacinto blanco y azul – Pilar Romano
Carta del amante impío – Pedro Glup

La pérdida

La música era una tristeza de acordes. En el rincón un gris todavía equilibrando su óxido contra un viento húmedo; lo que hace días fue una flor, agoniza en el jarrón chino. El abandono de la salita salta a la vista. En el mueble grande una figura en penumbra apenas gira los ojos a intervalos hacia la puerta abierta hace días. Las casas vacías empiezan a oler a casas vacías y uno siente la urgencia de hacer maletas. Pero el habitante de ésta sigue allí, con esa música que se repite y casi hace llorar, mirando al único rectángulo iluminado. De pronto, el golpe de luz es recortado por otra figura que se detiene en el umbral. Parece que se miran sin decir nada. La presencia ante la puerta da la espalda y se va. Al girar en ángulo hacia la calle pudo ver su pelo empujado por el aire húmedo, mientras el piano insistió con la tristeza. El hombre se paró del sofá (la música cesó bruscamente). Fue hasta la puerta y pasó el cerrojo.

© César Augusto Zapata

La niña

La historia de una niña de dulzura extrema, cándidos ojos y mirada tierna.

Solitaria, sin hermanos ni amigos, ella que juega a soñar, que sueña jugando.

La inmensa habitación austera, con pocos muebles, que se transforma de pronto en castillo, en mercado, en un lugar lleno de niños que la acompañan en sus aventuras, mágico mundo de duendes, con cortinas que de pronto se vuelven cascadas o telones de escenarios inventados; donde todo transmite paz y simpleza.

Afuera, la neblina invade el patio de la vieja casa, el jardín abandonado lleno de rosales, cuyas ramas retorcidas se enlazan formando una maraña indescifrable; donde los árboles crecen a voluntad y elevan sus ramas al cielo en búsqueda constante del sol.

La chiquilla se asoma ahora a la ventana;, su mano aparta la cortina y transita con la mirada el patio y no ve a nadie, apenas un gorrión distraído que se atrevió en la fría mañana a la caza de frutos maduros o alguna flor tardía que no percibió la llegada del otoño.

Esa desolación la entristece, y ella que con pasos lánguidos se retira, alejándose de esa vista.

Sobre los muebles, los osos y muñecas la observan inmutables, el cansancio la va ganando, y se recuesta en la cama, separando el mullido acolchado que con tanto amor le tejió su abuela. Siente que el pecho está a punto de estallarle -será la fatiga-y posa la cabeza en la almohada; los rulos se esparcen sobre la funda, coronando su cabeza.

Llama a su madre pero nadie responde, cierra los ojos. Escucha que su abuela susurra su nombre. La ve con los brazos extendidos, corre hacia ella, siente alivio en ese instante y una sonrisa se dibuja al fin en sus labios.

Así la encuentra su madre al entrar a la habitación cuando toca su frente, fría desde hace rato.

© Mónica Da Luz

El postigo

Bajo la sombra del mango había una silla forrada de ramas de palma y, contiguo a ésta, un banquillo de madera. Carlos se sentó en el banquillo, aunque era muy pequeño para su fornido cuerpo. Al rato se inclinó, tomó una piedra y la tiró con desgana hacia la pared de baldosas. Luego hizo girar sus ojos lentamente por su alrededor, sin hacer pausas en lugares determinados. Vio una ardilla trepar en un árbol, los laureles empolvados, dos jilgueros picoteando en los cogollos de un cerezo. Finalmente se detuvo a contemplar una de las esquinas del patio, donde estaban olvidados un balón de fútbol, una pequeña bicicleta oxidada por la intemperie, dos muñecos desmembrados, y, sobre una mesita coja, un tren metálico descompuesto. Carlos se apretó las sienes con los pulgares y escondió su cara entre los ocho dedos restantes, se encorvó y apoyó ambos codos sobre las rodillas. Cerró sus ojos rasgados y se quedó inmóvil en esa posición. Sentía una algarabía de sombras inexistentes que corrían por el patio, alborotando todo cuanto encontraba a su paso. Veía la pequeña bicicleta que nadie hacía pedalear corriendo a una velocidad vertiginosa, y el balón de fútbol evadiendo obstáculos para anotar un quimérico gol. También escuchó su propia voz echando reprimendas. En el mundo donde estaba inmerso, el sol brillaba perpetuamente, traspasando las hojas de la misma mata de mango y dejando retazos de fulgores desenredados sobre la tierra rojiza. De repente, oyó una voz seca, deshecha, distante, que le gritaba un nombre con un eco desgastado que se abismaba en el vacío...

A continuación, tronó la voz de su mujer:

—Carlos, Carlos, te traigo tu almuerzo.

Carlos salió de su mundo con el ímpetu de una serpiente atacando a su presa y advirtió el cuerpo desmedrado que se había instalado delante suyo con un plato en las manos.

—No puedo comer —le dijo—; me entró un sueño repentino y quisiera aprovecharlo.

—Pero Carlos —dijo su esposa, mirándolo fijamente a sus ojos ausentes, mientras pensaba qué hacer.

Ella sabía el estado en que se encontraba porque lo sentía en su propia carne. Durante el día, mientras él trabajaba, ella cerraba las persianas y las puertas de la casa. Estando a solas, platicaba con las penumbras en los rincones, tarareaba canciones de cuna mientras mecía ambos brazos entrelazados de un lado a otro, y soltaba súbitas carcajadas que se rompían y se trababan entre los moldes de algún llanto. Deambulaba sigilosa por toda la casa, mientras los setos crujían de pena por contener tanto dolor en su interior. Pero al llegar la tarde, se convertía en un ser diferente: se secaba hasta la más recóndita lágrima que había derramado, y a pesar de los estragos visibles en su rostro, lograba exhibir cierta lucidez. Todo esto lo hacía con el único propósito de alentar a su esposo, ya que él era quien conducía el auto aquella noche.

—Está bien, sigue descansando. Cuando tengas hambre, me llamas —le volvió a decir con dulzura, mientras daba media vuelta y se desvanecía tras el cristal de la puerta como calígine, liada en un sigiloso sollozo.

Mientras tanto, él volvió a sumirse en sus cavilaciones, concentrándose, tratando arduamente de encontrar el postigo que lo llevaría de nuevo a los juegos con su hijo.

© Rubén Sánchez Féliz

Jacinto blanco y azul

Lo primero que recuerdo cuando pienso en las fechas patrias de mi adolescencia es que a mi tío mudo le ponían escarapela. Una escarapela especial, siempre la misma, grande, redonda y plegada, con un botón metálico en el centro

En realidad, mi tío no era tan sólo mudo, tenía dificultad para desplazarse y algún retraso mental que generosamente le había dejado cierta picardía; podían dar fe de ello las mucamas de la abuela, a las que pellizcaba en las nalgas cuando pasaban cerca, mientras le asomaba, doblada entre los dientes, la lengua casi roja que a mí me pareció siempre enorme. Algunas no duraban por eso; era inútil que mi abuela les explicara que “el chico era inocente”.

A los abuelos los vi siempre resignados ante la condición del Tío Jacinto. El nombre Jacinto, según contaban en la familia, se debió a que mi abuela admiraba a Narciso Ibáñez Menta y le había pedido a su marido que anotara a su último hijo con el nombre del actor, pero mi abuelo no se acordó bien del pedido al llegar al registro civil, sólo tuvo presente que su mujer le había mencionado el nombre de una flor y de allí salió Jacinto. Un jacinto que nunca pudo florecer del todo. Tan sólo logró un brillo verdoso en los ojos que hacía recordar al mar, según su madre. Consiguió también que la hermana mayor no se casara, consagrada siempre a su cuidado. Creo que ella conservó por mucho tiempo la esperanza de tener un novio y formar una familia, porque los médicos habían dicho que Jacinto no viviría mucho tiempo, que a lo sumo llegaría a la adolescencia. Sin embargo, cuando yo tuve uso de razón, ya andaría por los treinta. Su corazón nunca estuvo del todo bien y tenía a veces unas crisis parecidas a la epilepsia, de modo que estaba prohibido hacerlo enojar.

A pesar de todo, a los primos nos parecía pintoresco el Tío Jacinto. Es que, como dije, el tío era mudo pero no del todo tonto y oía perfectamente, al punto de que su pasatiempo favorito era escuchar junto a la abuela la radionovela de la tarde. Hubo un tiempo en que me parecía que una familia no estaba completa si no había en ella un “tío jacinto”.

No sé porqué, la hermana lo bañaba en su cuarto. Trajinaba con tinas y jarras con agua caliente que llevaba hasta allí desde la cocina; cuando podíamos, los primos espiábamos por el ojo de la cerradura y la escena, entre nubes de vapor que empañaban el espejo del ropero, nos parecía irreal y misteriosa. Yo solía pensar que Jacinto sentía deseos de escapar a través del espejo, desnudo y desolado, para volverse normal y apuesto en el otro mundo más justo que de seguro había detrás del cristal. Pero la tía lo envolvía en una toalla desesperadamente azul y lo sentaba en la cama para vestirlo y devolverlo a su mundo de mudez y torpeza.

Mamá nunca tuvo que ocuparse de su hermano, pero vivía pendiente de su salud y de sus gustos, preparando comidas y confituras que le gustaban y que ella misma llevaba a la casa de la abuela, todas las tardes, en ritual inexcusable.

Otro de los rituales inevitables en la familia se cumplía durante las fechas patrias. A media mañana nos trasladábamos todos hasta la casa de unos tíos que vivían frente a la plaza donde se desarrollaban los festejos. En el lugar privilegiado de la ventana de rejas que daba a esa plaza, sentaban a Jacinto con su escarapela. A su lado, la abuela Faustina con su collar de perlas de tres vueltas. A los chicos nos mandaban a la vereda, desde donde agitábamos nuestras banderitas. Luego, el almuerzo casi multitudinario, bullicioso, interminable. A la siesta, Jacinto pasaba a sentarse en la galería y nosotros a corretear por los dos patios que tenía la casona. Los mayores jugaban a las cartas o conversaban en las habitaciones.

Cuando llegué a los catorce o quince años empecé a odiar estas reuniones. Mis amigas hacían otros planes y yo no podía participar. Ya no jugaba con mis primos, casi todos menores. Recostaba mi bronca contra una de las paredes del patio y masticaba cualquier cosa para que no la notaran. A veces, deseaba que todos “los viejos” se murieran en las habitaciones, patas para arriba, como los pájaros. En uno de esos estados, le dije a un primo casi de mi edad “vamos a sacarle la escarapela a Jacinto y digamos que la perdió”. Lo hicimos y los demás chicos, queriendo participar de la travesura, formaron una ronda alrededor del tío gritando “¡Jacinto no tiene escarapela, Jacinto no tiene escarapela!”. El gris verdoso parecido al mar empezó a desbordarse para anegar las mejillas, lampiñas y rosadas, pero los chicos seguían: “¡Jacinto no tiene escarapela!...” Cuando la abuela salía del comedor para ver qué ocurría, empezaron las convulsiones. Vinieron todos a rodear al pobre tío, ya en el suelo, sacudido cada vez más por temblores imparables. Mi bronca se había transformado en una feroz sensación de culpa. “¿Qué pasó con la escarapela de Jacinto”? preguntaban. No me sentí capaz de responder; no ayudaría en nada, pensé, para disfrazar mi miedo ante las consecuencias. Pero sentía que mi mirada tenía un filo dañino. Había despojado al pobre Jacinto de algo –lo único quizás- que lo hacía sentir igual a los demás.

No era fácil encontrar un médico en día feriado, sin embargo, a la media hora llegó una ambulancia y se llevó al Tío Jacinto, que regresó al caer la noche, sano y salvo, pero la familia no volvió a esas reuniones de los días patrios. Y yo nunca revelé el secreto sobre el asunto de la escarapela. Ya nadie se enteraría.

Jacinto murió cinco o seis años después. Fue tarde para los sueños de la tía, que quedó soltera y vino a vivir con nosotros. Ahora, junto a mamá, me ayuda a ordenar las cosas que llevaré a la casa en la que viviré con Sebastián luego del casamiento. Descolgamos perchas, revolvemos cajones. ¿Te acordás de esta carterita? me dice la tía de pronto. “todavía la tenés... recuerdo que la usabas cuando eras chica”. La abre y la vuelca. Y lo primero que cae es mi vieja culpa con forma de escarapela.

© Pilar Romano

Carta del amante impío

Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo.
Borges

Impío, arrancando la piedra herida por el rayo, comienzo a golpearme el corazón, dudando entre saltar a un hoyo, al volcán, o romper la lira de Anfión para que cada frase sea una selva, cada palabra una bestia rabiosa, cada perfume rancio un motivo de desprecio y aún así, purgándome la bilis en su otoño, solazándome en mi canto en el odio, para ella, sin requerir sus alabanzas, ni el aplauso del coro de labradores, ni la aprobación de los invisibles pero ruidosos coturnos del anfiteatro, alborotando la esperanza de escuchar las flautas, el ladrido de los perros, de ver las golondrinas del verano, las frutas con que adorna su cabeza, llena de rencores, de cólera, de maquinaciones en el muelle mientras espera mi regreso sin saber que no vuelve aquel que no se ha ido, ignorando que hasta las estatuas de bronce conocen su virtud perdida, mi odio insensato y el desprecio que esgrimo como abubillas que pican su rostro, como lobos furiosos acosándola en el bosque en el que perdimos la esperanza de mañana, la mirada oscura entre las viñas, la piedad de acuchillarla por la espalda para no ver sus ojos, nunca más, sus ojos de nieve, codiciosos, mirando ahora las olas y el tiburón que gira, el gesto de olvidar, bajo las aguas, la traición, el fango de su nombre odiado mientras me alimento de achicoria y uvas, vago entre los hombres escépticos, me abraso en el incendio de no vivir entre sus brazos de leche y tortura, orino en su recuerdo y lanzo a todos los vientos las cenizas de nuestro amor arrasado.
Maldigo su nombre, una vez más. Que así sea.

© Pedro Glup
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mediaIslaproSÁBADO 045 27 de octubre 2007.-