Friday, September 28, 2007

proSÁBADO 044




EL HOMBRE QUE ESTABA allá adentro, en el corazón del monte, oía sólo dos cantos: el suyo y el hacha.

De mañana empezó a tumbar la yaya y a los primeros golpes aletearon los pajaritos. Piaron y se fueron. El hombre, duro, oscuro y desnudo de cintura arriba, los siguió con la vista. Por entre los claros de las hojas había manchas azules.

“Aoé, tolalááá…”

El canto tiraste del hombre resonaba en el monte. Hasta muy lejos, tropezando con todos los troncos, se regaba el golpe del hacha. Tres días estuvo él tirando al suelo los árboles que rodeaban el algarrobo; pero no se sentía con fuerzas para picar el algarrobo. Seis hachadores hubieran tardado una semana. Era un árbol grueso hasta lo increíble, majestuoso, alto: el rey del monte.

La tarde sube las lomas desde la tierra llana; después persiste en levante una pintura rojiza. El hombre piensa que el cielo se quema. En el filo de su hacha está también el incendio del cielo.

Todavía canta él. Viene cantando, como si eso le ayudara a caminar. Tras los guayabales, aquí a la izquierda, recoge su humildad el techo del bohío.

El hombre vienen cantando, la mano oscura mecida, la otra al mango del hacha. Su mujer no está a la puerta, como siempre.

Estamos acostumbrados al silencio, tan acostumbrados que los pensamientos nos habla a la vista nada más. Por eso le sorprende al hombre la voz.

—Lico, estoy mala.

Su mujer, que se siente mal. Tiene el vientre esponjado y espera…

Lico piensa en la yegua, en la vaca.

—Cuidado si está cerca –murmura él.

Siente que la mujer se mueve y la oye quejarse débilmente.

Lico tiene los ojos abiertos y no ve. Recuerda su vaca joca: un día se fue, despaciosa, los ojos apagados, la barriga hinchada; otro día volvió con su ternerito; lo lamía con una gran ternura, como quien acaricia. Encuentra una razón y se prende a ella.

—Yo no lo esperaba tan pronto.

La mujer se queja y susurra:

—Pero yo estuve en el río, lavando.

Él, esperando aún, pregunta:

—¿Busco a Lola?

Y la mujer dice:

—Bueno.

A la vuelta se fue Lico a la cocina y encendió fuego; se quedó allí esperando, silencioso y cansado. Veía en sus manos la mancha roja de la llama. Tenía frío y hambre.

La madrugada empezaba a borrar la noche cuando el hombre oyó el quejido sordo; hubo después otra voz, delgadita y fañosa, que parecía llegar del monte cercano.

Ya no se necesitaba la llama en la cocina. Tan lejano como fue posible cantó un gallo. Lico se levantó y salió: quería ver el sol; pero antes que el sol asomó Lola su cara estirada y cenizosa.

—Dentre –dijo-. Es la mesma cara del taita.

Lico vio a su mujer, bajo la sábana roja, con la cabellera como una raíz negra regada en la almohada. Ya no tenía el vientre esponjado y el catre parecía pequeño: junto a la madre había una cabeza menudita, sin nariz definida, sin ojos definidos, sin boca definida: era como una carita de barro gastada por la lluvia.

El hombre quiso reír.

—Lola dice que se parece a mí –comentó.

La mujer le miró, miró al niño, sin moverse, y aprobó en silencio.

El hombre estuvo un rato callado; al fin dijo:

—Yo tengo que dirme a la tumba. No te alevantes que Lola se queda.

Y nada más. De un rincón tomó su hacha. Se detuvo un segundo en la puerta, alzó los ojos y vio el cielo.

Se fue, al hombro el hacha y el sol en filo. Su hijito tenía color de camino. Llegaría tarde al trabajo.

Pensó:

—Hoy tumbo el algarrobo.

Y el algarrobo era grueso hasta lo increíble, majestuoso, alto: el rey del monte era el algarrobo…

El algarrobo / Juan Bosch [República Dominicana, 1909-2001]
http://en.wikipedia.org/wiki/Juan_Bosch
http://juanbosch.org/listado.php?t=c
http://www.rodriguesoriano.net/micuadernoazulito/pdf/manchaindeleble.pdf
http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/Narrativa/JuanBosch/index.asp
http://www.literatura.us/juanbosch/
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=3141
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/bosch/jb.htm
http://manueljofre.blogspot.com/2005/08/la-teora-del-cuento-de-juan-bosch.html
http://www.litterarius.com.es/apuntes_sobre_el_arte_de_escribir_cuentos_3.htm
http://www.litterarius.com.es/apuntes_sobre_el_arte_de_escribir_cuentos_2.htm
http://www.cielonaranja.com/bosch_caribe.htm

Contenido

Jaime Cabrera González - A eso de la medialuna, viernes y antípodas
Martha I. Daza – Prodigio
Daniel Baruc – Rubicus Popokas
Alejandro Drewes – No solamente la caza del zorro

A eso de la medialuna, viernes y antípodas

Y entonces ahora y entonces ya y entonces la piedrecilla entonces. El glub glub piedrecilla. La noche: marisma tropical. Y esa dimensión de que por qué esto me tiene que pasar a mí, que llega hasta él o sale de él que asomado a la fuente siente otros presentes menos acuosos: reflejo de viernes, entrechocar de cuerpos, lenguaje de tijeras abiertas, cartografía de la onda y el sonido de los tambores en torno a la salamandra, el ofidio o el caimán totémico que se contornea en una pequeña tarima de madera. ¿Quién baila el cha cha? Ese que dice, no vale la pena…

Porque entonces llevado por la mano que suelta piedrecilla, dedo, articulación, uña más larga que las otras, glub glub, va encontrando en las esferas visuales la ciudad que estuvo sumergida en el ensueño de la lluvia pasada. Salen a flote: las suertes del artificio, destello de luces, confusión de ritmos, olores, argumentos, palabras a medio decir y oír, cartas, peticiones, genuflexiones orientales, renuncias por celular, mensajes cantados, flores amarillas, papelitos de colores, promesas, nuevas llamadas telefónicas, argucias, una fotografía y otra más con renovado decorado, que si en este cielo, que si en el mío, en fin, burbujas, burbujitas, glub glub, restos del naufragio que llega a toda orilla y apenas es iluminado con la teatralidad de una medialuna sobre el agua pálida en cientos de tarjetas con su puño y alma.

Para entonces ahora, para entonces ya, para entonces la primera, lo segundo, el tercer entonces le estrecha el pecho. Glub, glub. Porque ahora si sí, miamor. Glub, glub. Un par de semanas más, miamor. Glub, glub. Cuestión de circunstancias, tú sabes, miamor. Glub, glub. La traición del licor, miamor, glub, glub. La voz negra de la cantante que sube desde lejanías sureñas, ¿es este el sur?,¿qué blues es ese?, ¿este? Glub, glub. La luz última de la estrella que se extinguió, de la que sólo tenemos información millones de años después, miamor. Glub, glub. Todo bajo un cielo que es como una tapa agujereada bajo el cual hierven los seres de la pompa de jabón del viernes que estalla con la piedrecilla glub glub.

Y él aquí y él allá, y él ni aquí ni allá, habitante de estancias más serenas, de otras cronologías, bandera de tres franjas primarias, pasaporte verde, mochila tejida terciada al hombro, sumidero glub glub por donde descienden los recuerdos: no se puede desprender de los polvos de mariposas que untados en los ojos enceguecen; de juegos de aguas con citas textuales subrayadas con lápiz labial; de intersección de horas con pie de página; ni del delirio de la meteorología en que giran las escenas con sus paréntesis o sus círculos concéntricos. ¿No era lo que querías leer?, le dijo.

Porque para entonces también había existido un punto de fuga en que ella fue luna y marea, con otro mar interior, gambitos y lecciones de filosofía; y noches memorables en que apoyada de piernas abiertas, pepita sativa, contra el borde de una ventana, en una habitación de mala muerte y cabos de velas derretidos y un abanico roñoso, le había permitido sortear el no me conozcas que te quedas y otras cosas que se dicen muy ligeramente, así, glub glub, fuera del eje con que empieza otra vez a repetir su lista mental de uno desnuda dos verde tres aquella vez con el paraguas cuarto las risas en el almacén chino cinco telepatía seis café siete tú eres mi patria ocho la lectura sentada en la taza del baño nueve libélulas diez siempre tuya…

Y entonces esto y entonces lo otro y entonces estotro y entonces el entonces, el pero, el aunque, el después, el pronto en veinte idiomas, la costra que no cicatriza, las bolitas de moco apachurradas contra el vidrio de la ventana, las babas en la almohada, las espinillas, los derretimientos del reloj, el lado flaco del triángulo, fantasmas anguilas de la espera y tu ronquido depresión tropical. Ya no más piedrecilla que cae, ni onda que se amplía, ni fuente iluminada, sólo flores muertas y barquitos de papel hundidos. En el fondo la imagen, la imaginación que se ha pagado cara y su cara en un final sin glub glub con encogida de hombros, mordisco en los labios y una ceja enarcada.

No tenemos sentido, le había dicho desde un teléfono público, descargada la batería del celular. Lo siento, miamor. No me esperes, que no regreso. Era la piedrecilla detenida, terriblemente quieta, cielo grave de abajo, forma sin forma, aguas del silencio abismal brevemente interrumpido por una pareja que pasa chapoteando risas y que no entiende a qué se refiere, ora porque no habla español, ora porque cree que se trata de un borracho más, ora porque así son los enamorados. Y entonces nada, dijo después de tragar saliva. Antípodas, que ya se vivió.

© Jaime Cabrera González

Prodigio

Respiraba dificultosamente tratando de cruzar el espacio que la separaba de aquella voz que exigía su presencia al otro lado.

Entonces una fuerza prodigiosa empezó a arrastrarla a través del túnel negro. Violentamente recorrió paisajes áridos y verdes y rostros y cuerpos. Y aparecieron los brazos enormes que la atraparon. Y sintió la tibieza de la piel que penetró su piel y suspendió el descenso…

Comenzó a flotar protegida por los dos brazos-cuerpo, por los dos brazos-talle, por los dos brazos-labios, por los dos brazos-sexo. Y se sintió libre entre el nudo que cubría su cuerpo entero, que trepaba por sus piernas y se le metía en el alma a través de las ansias. Y se sintió fuerte y liviana, se sintió pez y ave y montaña y camino. Y se volvió lluvia y planta y floreció en claveles y geranios y amó hasta las cumbres y las profundidades y fue lava subterránea y explosión de fuego en las entrañas. Y fue volcán y oasis y sueño y tiempo y gloria y derrota. Y nadie supo cómo brotó la fuerza extraña que se tomó la tarde en la sangre del crepúsculo del sol de los venados. Y nadie supo de dónde la fragancia que exhalaban sus poros. Y nadie supo nada cuando la encontraron desnuda, cubierta por su pelo en una calle de la ciudad de los rascacielos y de los edificios de espejo turbando el paso de los transeúntes que salieron de trabajar aquella tarde del veintinueve de junio. [A Victoria Eugenia]

© Martha I. Daza

Rubicus Popokas

El doctor Rúbicus Popokas se había pasado la mitad de la vida en la búsqueda del alacrán Emperador. Muy pocas personas de su generación habían oído hablar de él, y eran menos aún las que creían en su existencia. Un viejo códice en Sánscrito al que había tenido acceso en el Museo del Cairo decía que tal espécimen, en su edad adulta, llegaba a alcanzar la dimensión exacta de un cachorro de gato y podía producir una especie de melodía que embobaba a sus víctimas mientras el alacrán Emperador las aguijoneaba hasta matarlas.

Rúbicus Popokas estaba convencido de que tal animal existía y estaba obsesionado con encontrarlo. En su biblioteca de París, donde además de sus incunables poseía con orgullo no disimulado su colección única de arañas y alacranes, había preparado un lugar para cuando lo encontrase y había mandado a maquilar una pequeña placa de bronce con su nombre.

En el afán de encontrarlo le había dado la vuelta al mundo varias veces. No hubo desierto ni selva que no visitara en su frenética carrera. En esos años había visto desfilar ante sus ojos de todo, pero el alacrán Emperador parecía estar siempre un paso delante de él.

De vez en vez le llegaban vagas noticias de personas desconocidas, que decían haberlo visto en alguna ciudad remota. O que afirmaban haber escuchado su canto de Sirenas, en medio de la noche. Y el doctor Rúbicus Popokas corría inmediatamente hacia allá, aunque estuviera del otro lado del planeta.

Estaba por cumplir 69 años y la mitad de ellos los había dedicado a la búsqueda infructuosa del alacrán Emperador. Ya estaba casi resignado a no encontrarlo, cuando un atardecer de Junio un hombre increíblemente flaco, puso sobre su escritorio un ánfora de barro, tapada con un lienzo lleno de pequeños agujeros.

—Es el animal que buscas –dijo el hombre, como si lo hubiese dicho para nadie.

—¿Cómo estaré seguro de eso? inquirió el doctor Popokas, fijando sus ojos en la extraña luminosidad de los ojos del hombre.

—Porque él está tan cansado de correr como usted mismo –contestó el hombre mientras se alejaba.

—¿Cuánto le debo? –tuvo que gritarle el doctor, sintiendo que el co0razón se le salía del pecho por la emoción.

—Nada –escuchó que dijo la voz que se alejaba-. Las cosas que más se desean en la vida, casi nunca tienen precio.

El doctor Rúbicus Popokas se quedó solo nuevamente, en su oficina de un suburbio de Tegucigalpa. Era lunes y nunca pensó que el lunes fuese buen día para recibir regalos. Pero, allí estaba el ánfora, frente a él, sobre el escritorio. Y como muestra de su contundente existencia, del interior del ánfora empezó a emerger una melodía que se le antojaba música de ángeles. Estuvo varias horas escuchándola, y sólo cuando comenzó a ganarle el sueño, pensó en la conveniencia de encender su grabadora portátil, por si acaso el animal amanecía ronco. Amanecer ronco era un decir, porque él sabía que se trataba de un alacrán y no de un Ruiseñor o de un Ángel, aunque cantaba como ellos.

Miró de nuevo el ánfora. “Allí –pensó- está la causa del fracaso de mis tres matrimonios”.

El corazón seguía golpeando el interior de su pecho como un tambor, pero decidió que si ya había esperado media vida para conocerlo, bien podía esperar hasta que amaneciera, y así abrir el ánfora en presencia de todos los medios de comunicación. Llamó a sus contactos en el National Geographic, y estos le prometieron enviarle un equipo de reporteros. Saldrían en el próximo vuelo y llegarían en las primeras horas de la mañana.

El doctor no creyó prudente abandonar la oficina y decidió recostarse en la pequeña cama sándwich, en la que tomaba sus siestas del mediodía y en la que, de vez en vez, había tenido apresuradas sesiones amatorias con una que otra investigadora.

Se durmió. Soñó que continuaba escuchando al alacrán Emperador, y que lo veía.

Soñó que era como un pequeño ángel, con cuatro pares de alas en la espalda, pero provisto del aguijón asesino en la parte alta de la frente. Despertó. Estaba bañado en sudor frío.

Miró por instinto hacia el escritorio y ya no vio el ánfora. Se incorporó, nervioso, y la localizó en el suelo, hecha añicos. En ese instante escuchó el canto del alacrán Emperador. La melodía del animal manaba como las aguas de un arroyo desde la repisa más allá de la cama, y descubrió que el insecto se preparaba a saltar sobre él.

El doctor Popokas entendió entonces que la hermosa melodía era la de la muerte. Era sublime, triste, y seductora. Despertó del sueño de amor de la canción fatal y Agarró la pistola que siempre llevaba a la cintura y con un solo disparo, borró para siempre lo que había sido su razón de ser durante media vida.

Instantes después empezó a sentir una nostalgia dura y rasposa por aquella canción. En ese momento supo que ya había sido tocado y para siempre por el aguijón de muerte del mítico alacrán.

© Daniel Baruc

No solamente la caza del zorro

En un lugar de Entre Ríos al que llaman San José de Feliciano. Tal vez hacia 1905, en la ribera ondulante del río que los nombra, según los relatos orales de la larga tradición familiar, contados y recontados todavía por una voz en la espesura de los montes. Refugio de indios. Waikiraros. Algunos registros quedan todavía, papeles parcos y amarillentos en algunos journals de otro tiempo.
...

Agudas puntas de flecha entrevistas en la niebla de infancia removieron sus razones oscuras para rescatar esta historia. Nada extraordinario por lo demás, todo engañosamente simple y sumario, como la nieve que nunca cayó aquí; como ciertos meteoros. Cuerpos extraños en el rostro del mundo, inquietantes.

Habría sido en 1850, cuando los ingleses empezaron a tender los hilos de araña del ferrocarril desde Santiago del Estero hacia el sur y hacia el oeste; o quizás el sargento Anderson ya estaría aquí como mercenario, habría llegado antes que las otras máquinas. Señor de la tierra, lo evocan aún los relatos como azote celeste con el sol cayendo a plomo, cazando todo lo que se moviera en esos parajes, con las negras botas y la Colt

Su montura y su impávido rostro, y las boleadoras que estrellaba –que sigue estrellando- en los cráneos de los pequeños nativos, que salían a jugar confiados tal vez en un rito ancestral que los protegería.

El cazador y su pálida sombra que no desdeñaban siquiera la pequeña vida frágil de venados y pájaros.
...

Algunos pocos habrían tenido otra suerte, según testimonios recogidos, como esclavos en la estancia del patrón. Alguno incluso habrá visto a un hermano colgando como trofeo de caza detrás del recado inglés.

Sí, una historia tan simple: ellos, los dueños de estas flechas rotas; nosotros y esta expedición tanto tiempo después, en el mismo lugar y bajo el denso follaje de la verde noche inminente. Y de pronto un brusco silencio que reverbera y estalla, donde retumba una voz y se vuelve coro en el canto de violados siglos, una vaga amenaza de tambores fantasmales.

Seguimos avanzando en larga huida hacia delante de nosotros mismos. Arriba, una muda luna blanca es testigo: apenas el escenario quieto, un cielo vacío.

Nadie recuerda ya –ni Dios en su infinita memoria de ultrajes -. Y nadie nos juzga.

Pero algo muy dentro se pudre. Ah tan dentro.

© Alejandro Drewes
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mediaIsla proSÁBADO 044 29 de setiembre 2007.-

Thursday, August 23, 2007

proSÁBADO O43



VIENE, MARTÍN, Y NO ESTÁS. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es éste tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia fuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy derechas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tu ventana y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella trae una sopa de pasta cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacito, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena interrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan unos niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tira la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor.

Ladra un perro; ladra progresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia fuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguarda la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granda que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde, esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allá donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon “Te quiero”… No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado; que te diga que vine.

El recado / Elena Poniatowska [México, 1932]
http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_2/pdf/no2_alonso.pdf
http://www.llumquinonero.es/2007/02/28/elena-poniatowska-la-princisa-que-salio-del-cuento-para-escribirlo/
http://cuhwww.upr.clu.edu/exegesis/ano10/v27/arivera.html
http://www.filo.unt.edu.ar/centinti/iiela/revista_telar/revistas/1/5.pdf
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2182-2005-04-24.html
http://www.elmundo.es/encuentros/invitados/2001/08/178/

Contenido

Daniel Montoly – Estudio sobre la alquimia de los sueños
Nemías Meléndez – Mosaico
Manuel Cubero – Fuego
Fabricio Estrada – Excomunión
José Tobías Beato – Dibujos en la arena

Estudio sobre la alquimia de los sueños

En ese reino, lo soñado despertó al soñador a otro mundo, donde las fascinantes escenas sobre sí mismo se sucedían como en una retrospectiva cinematográfica ante sus ojos impávidos.

Retornaba a un lejano tiempo, en su infancia, donde su madre alargaba sus alas más allá de los deseos de su lengua. El padre abría su boca para mostrarle dragones y elfos jugando a esconderse en los jardines infantiles. Y sintió miedo a crecer o a ser despojado por la existencia de su niñez.

Por primera vez creía. Pájaros quiromantes ponían planos y espejos a sus pies, los bosques taurinos a la ladera del río azul bañaron sus múltiples rostros con alcaloide amarillo extraído de un agabe. Escuchó una voz impertérrita venir de él, la envolvió en una burbuja y le dejó que se elevara, ¿para qué querer retenerla?

Estiró su cuello para verla irse, y alcanzó a ver otro reino geométrico cercano al suyo, donde vio estatuas en movimientos, otras sencillamente dialogaban entre ella,s apuntando con sus índices al sol. De repente oscureció, y la fascinación del sueño se hizo más intensa. Y los fragmentos del soñador se desintegraban, y él se rehusaba a creerlo, buscando detener la desintegración de su propio cuerpo onírico.

Fue entonces que descubrió que había olvidado la razón antes del ser soñado por los sueños, por tanto, no recordaba nada de su antiguo presente. Como, ¿Quién era? ¿De dónde venía?... o su nombre.

Agobiado, se cortó el ombligo, lo ocultó debajo de unas rocas, y nació otra criatura semejante a él, pero con atributos femeninos. Él se quedó observándola, miméticamente, y ella formó un círculo plateado en torno a su vientre. Él se le acercó. Ella lo despojó de un halo colgado en una de sus orejas.

Desde entonces no se conoce su paradero o qué pasó con su progenie, pero todos quieren emular su sueño, y a partir de lo ocurrido, todas las noches se observan grupos de humanos, mirándose en las cáscaras de los cipreses, y juran creer ver líneas uniformes metamorfosearse en mariposas en el aura del viento. [Para Thelma]

© Daniel Montoly

Mosaico

Puede que lo de Caín, no sea como lo cuentan, puede que su abogado en el juicio, fuera un inepto, (o se vendiera, o lo compraran, para el caso; es lo mismo). Pudiera ser, que el fiscal del estado se confabulara con el juez, o que en la investigación o el experticio, alguien se saltara una prueba con la aviesa intención de incriminarlo. En la quijada del burro muerto no había huellas, probablemente a Abel lo mataran para robarle. Entonces, ¿por que decir Caín? Ya bastante tenía con sus ovejas negras, con lo difícil de sus cosechas siempre exiguas, amen de las ovejas de su hermano, devastando lo poco útil del sembradío y como si no fuera suficiente; la tozudez de su dios para aceptarle ofrendas. Del perro pastor debía tres letras. Su cayado, herido de carcoma se derrumbaba a pedazos, igual que la cerca de la finca. Pensaba si pintarla de blanco colonial o blanco hueso, ¡que dilema! Cierto, las cosas no iban bien. Pero, donde su novia (trabajaba en un banco), le aprobaron un préstamo con bajos intereses y tres años de gracia. La solución es simple (este gato, no tiene cinco patas), si tenia novia y no era de la familia. Que busquen al asesino en otra parte, porque aparentemente, Moisés, o no salió nunca, o escribió de oídas y como era de esperarse, se “equivoco” a sabiendas.- [a un juicio no juicio y punto]

© Nemías Meléndez

Fuego

La tarde tendió su rojo manto sobre el horizonte. Los árboles, preñados de color, lanzaron un mensaje de muerte, ladera abajo, tras el inocente y doloroso grito de unos niños.


Sólo la noche fue testigo de cómo un leve soplo de viento barrió del mundo la última huella del cándido trasunto vital de aquellas ígneas nubecillas.

Mientras, lejos, desde un lujoso despacho, el buitre proyectaba un nuevo bosque de hormigón.

© Manuel Cubero

La excomunión

El torrente inusual de un invierno lleno de ira se arremolinaba en el aire, y caía, con golpes de mar, sobre Sabanagrande. No se sabía la hora ni el hambre, encallados en la glorieta del parque esperábamos que escampara, como pájaros abatidos.

Con los ojos fijos bajo el agua, nos sorprendimos, cuando de la esquina que conduce al atrio de la iglesia, apareció de pronto un cortejo fúnebre, cuyo féretro, alzado por cuatro borrosas figuras, se detuvo, a contraviento, frente a las puertas cerradas.

Llamaron a ellas, pero nadie abrió. Insistieron, la lluvia golpeó contra los candados del templo, pero nada. La mole barroca no abrió su boca y sus campanas se fundieron en el estruendo sórdido de la tormenta.

Por unos instantes, los hombres que cargaban al muerto, oscilaron en la duda y luego, en una conversación rápida y gestual decidieron dar vuelta atrás y dirigirse al cementerio con paso rápido.

La curiosidad se apoderó de nosotros que decidimos acompañar de largo al entierro, el primer entierro sin campanas ni rezos que habíamos visto en nuestras vidas.

El largo recorrido hacia el cementerio fue casi la imagen de una barca oscura, cuyos remeros, batían las corrientes que se despeñaban por la cuesta empedrada. Atrás, vadeando su estela de muerte, íbamos nosotros, como delfines del leteo.

Al despuntar los dos inmensos ceibones que abren paso al camposanto, los hombres se detuvieron, bajaron el ataúd y rezaron largamente. Los ceibones burbujeaban y ladeaban sus enormes copas, zarzas fragorosas que semejaban corales monstruosos bajo aquel inagotable temporal. Una vez terminadas sus oraciones, los hombres cargaron de nuevo al muerto y avanzaron entre los troncos, se detuvieron un instante ante estas otras puertas, dudando de nuevo, pero esta vez, el vacío los flanqueaba y entraron, hieráticos y con un mayor estruendo en su silencio.

Sin que ellos notaran nuestra presencia, pudimos colarnos hacia una buena posición desde donde pudimos ver que adentro, los esperaban dos peones que, en un esfuerzo frenético condenado al fracaso, trataban de sacar el agua que anegaba la tumba abierta por ellos mismos. Los dolientes, bajaron el ataúd y esperaron, pero muy pronto se dieron cuenta que los peones necesitaban de su ayuda y, con latas que servían de floreros a otras tumbas, comenzaron a achicar aquel pozo dentro del cual pretendían sumergir a su deudo.

Y no les quedó otra que aceptarlo: la tormenta no cesaría ni la tumba dejaría de colmarse de agua. Se cruzaron un par de miradas, bajaron la cabeza un instante –de nuevo en ese instante en que la vida se suspende como una gota de lluvia en las nubes- y procedieron a depositar el cajón en su interior.

Pero nada los prepararía para el rechazo manifiesto de la tierra, que una vez sentido el áspero pino en sus entrañas, lo vomitó al acto como si de un corcho sumergido se tratara. Sin amilanarse, tomaron las palas y piochas y con ellas, intentaron empujar el cajón hasta el fondo, mientras éste burbujeaba convulso. Pero nada, la tumba no lo quería recibir y la tormenta arreciaba contra las tablas en medio de un trepidante encono.

Consiguieron piedras y cruces de cemento arrancadas, le arrojaron encima hasta la grava que en principio estaba destinada para la plancha y para terminar de hundirlo, hicieron el gesto definitivo de lanzarle la lápida.

Todo quedó para la lluvia y nuestros recuerdos. Los hombres se persignaron y se perdieron en el regreso presuroso hacia el pueblo. La tumba del suicida quedó completada con todos los escombros que la lluvia le arrancó a la vida ese día.

© Fabricio Estrada

Dibujos sobre la arena

Bajo el sol los granos de arena refulgen como plata y oro. El viento juguetea, al tiempo que murmura advertencias. De pronto, miles de crustáceos asustados buscan refugio en las cuevas de los alrededores. Decenas de mujeres gritan y huyen. Los niños lloran y los hombres tiemblan al pensar en el pavoroso porvenir de los suyos.

Es que la playa ha sido tomada. Miles de soldados romanos corren por ella jubilosamente arrogantes. Sus corazas y cascos brillan dorados, al tiempo que con sus espadas y lanzas imponen el terror.

Un estudioso se encuentra en la playa; uno que, algunos acusan de haber provocado días atrás el incendio de los barcos que transportaban a estos mismos soldados, mediante un ingenio de espejos. También dicen que inventó contra ellos la catapulta.

Pero al momento el estudioso no se da cuenta de nada, tan concentrado está en los diagramas que sobre la arena muestran poleas, tornillos y palancas con los que pretende mover el mundo.

Una ligera espuma cubre tímidamente algunas fórmulas que anticipan el cálculo de Leibniz y Newton. Viéndolas, el sabio sonríe…….No obstante, su aislamiento y soledad se interrumpe de pronto cuando un valiente de mirada violenta se coloca a su lado. También mira las fórmulas, y asume que con ellas el anciano se burla de su presencia. Mas éste no le hace caso y persiste en su tarea………

El tosco saca su espada y comienza a deshacer las anotaciones que la arena, bajo el empuje del viento y las olas, es incapaz de salvar. De ellas quedan solamente figuras imprecisas.

“No borres mis diagramas” le ordena severo el sabio. Entonces el truculento, sin pensarlo dos veces, agita su espada otra vez y lo mata. Decenas de siglos han transcurrido desde aquella escena insensata.

Todavía aquella arena, testigo del crimen, refulge como plata y oro. Pero el mundo ha olvidado el nombre del soldado romano. Sin embargo, aún el viento de Siracusa juguetea sobre la playa y desde entonces murmura el nombre glorioso del sabio……...

© José Tobías Beato
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mediaIslaproSÁBADO 25 de agosto 2007.-

Friday, July 27, 2007

proSÁBADO 042




ELLA TENDRÍA CINCO O SEIS AÑOS cuando empecé a enterarme verdaderamente de su existencia. Hasta entonces era la primera hija de los Torres, una criatura tan bella que parecía hecha con manos de artista, pero no de la manera acostumbrada: Una enanita cargosa que estaba aprendiendo a hablar y oía conversaciones sin entender, ya con una mirada fija en los rostros parlantes de los mayores.

Claro, mis visitas nocturnas a los Torres con bebidas sin más límite que los rechazos de hígado o estómagos siempre o casi siempre reducidas a temas literarios, conversados casi sin discusiones con la admirable inteligencia de Rodrigo y su infalible intuición poética y algún escritor que transcurría con su pareja, se repitieron durante algunos años. Alicia tejía las horas, infatigable, con colores variados de las lanas.

Muy pronto llegó la media docena de años para la niña y se produjo y reprodujo en los principios de la madrugada un cambio de ambiente sutil y memorable. Se llamaba Beatriz, le decían Bichi, yo la llamaba -tal vez todavía- Bichicome. Mal vestido peinador de playas, resignado con la pobre, diaria cosecha.

Se produjo un cambio. Alicia interrumpía muy de vez en cuando su labor para pronunciar, cabeza inclinada, alguna frase corta y venenosa que encajaba con suavidad y destreza en la charla y que muchas veces era para mí. La sonrisa era de pura diversión; nunca acompañaba la pequeña maldad de las palabras.

Como te decía, hubo la imposición de un rito. Fue como si una noche, de pronto, hubiera dejado de mojar la cama y todos la miramos con sorpresa, seguros de que solo para ella habían pasado los años, dos o tres, e irrumpiera en nuestra conversación interminable, acaso la misma con que la habíamos aburrido cuando era una niña de paso balbuceante.

Así, una noche, cuando yo era el único contertulio que seguía hablando de libros y chismes, cuando había quedado solo con sus padres, ella, Bichicome, apareció envuelta en un salto de cama de la madre, adornado en los bordes con marabú teñido de violeta, que arrastró por la alfombra, fingió bostezar y desperezarse, caminó alrededor de la mesa bebiendo todos los restos de bebidas que habían sido olvidados en los vasos. Después se acercó con la boca fruncida y malhumorada, los ojos brillantes por la risa y se acomodó frente a nosotros, en el gran sofá ahora vacío y jugó con los adornos del salto de cama. El cabello muy largo y rubio. Sonrió a nosotros; a los ángeles, a los pequeños diablos, sus amigos. De vez en cuando una pregunta inútil, una curiosidad mentirosa pronunciada con voz de queja, que era innecesario responder.

Y así, una noche y otra y todas las noches de mis visitas. Era demasiado niña para que yo la mirara con ojos distintos a los del hombre que tiene una hija de casi igual cantidad de años y que vive en otra ciudad y fue enseñada a odiarme. Pero ningún sentimiento de nostalgia me impedía mirar a mi Bichicome y pensar melancólico que cuando ella tuviera quince años yo sería irremediablemente viejo.

Después, sin avisos visibles, como suelen llegar estas cosas, la Gracia descendió sobre Alicia y se hizo bautizar y confesó y llena de temor, como si la niña estuviera enferma, decidió bautizarla sin espera.

Bichicome tenía un tío millonario que vivía en un yate y navegaba entonces por aguas de Canadá. Católico como correspondía a un latino con fortuna, aceptó entusiasta la invitación para el padrinazgo y telegrafió la fecha en que, entre viento y motores, podría estar en Monte.

Pero ya por entonces el corazón de Bichi era mío, obsequiado sin que yo se lo pidiera. Era todo lo que podía darme; pero ya lo había hecho en silencio y nada se había enmendado. Y nadie pudo modificar su veto al padrino de oro. Ni sermones, ni razonamientos, ni tenaces insistencias. Yo sería el padrino o no habría bautizo. No pudo elegir peor.

Y así llegó la mañana en que atravesando la resaca entré a la iglesia o capilla, soporté el latín del cura, vi como le mojaba a Bichi la frente con óleos sagrados, le ponía sal en la lengua y pasaba con Rodrigo a la sacristía para colocar la manufactura de un ángel. Bichi disfrazada de novia imposible; solamente el Señor podía darle acomodo en su lecho.

Ya en la calle vi empañarse mis lentes; estaba mezclando a la hija ausente con mi única ahijada. Y recordé que ambas iban a crecer y perder para siempre el paraíso de la infancia.

Bichicome / Juan Carlos Onetti
[Uruguay, 1909{1994]
http://www.literatura.us/onetti/index.html
http://sololiteratura.com/one/onettiprincipal.htm
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/onetti/index.htm
http://www.borris-mayer.net/onetti/
http://www.uruguaytotal.com/videos/c5_info.htm
http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2007/03/el-astillero-de-juan-carlos-onetti.html
http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2101
http://video.google.com/videoplay?docid=5460788355133802164
http://www.educared.org.ar/guiadeletras/archivos/onetti_juan_carlos/index.htm
http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Delatorre/Onetti.htm
http://www.aviondepapel.com/aviadores/onetti.htm
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/onetti/index.htm
http://www.youtube.com/watch?v=oNv8uUBf_kQ
http://www.oei.org.ar/edumedia/pdfs/T11_Docu5_Onetti.pdf
http://www.elpais.com/todo-sobre/persona/Onetti/Juan/Carlos/4017/

Contenido

José O. Álvarez – Pedro mena, autor de Borges
Sergio Borao Llop – Moebiana
Pablo Martínez – La presa
Pilar Romano – Volver en julio

Pedro Mena, autor de Borges

Soy Pedro Mena y soy el autor de Borges. Puede que esta confesión caiga como baldado de agua fría en la cabeza de los amantes de ese impostor, pero es una verdad que no ha visto la luz por estar cumpliendo condena. Un editor que tiene los derechos de la obra cervantina y ahora "dizque borgesiana", me demandó por plagio.

Sus espías académicos defensores de las letras y la dignidad me cogieron copiando El Quijote al pie de la letra y eso me ha costado casi toda mi vida en prisión. Sin embargo, el mismo desgraciado que desgració mi vida se dio mañas para hacerse a mis escritos.

Ahora que soy libre me encuentro con que todos mis apuntes los han falseado y tergiversado y le son atribuidos a un tal Borges.

El tiempo de prisión me curó de la costumbre de copiar textualmente a los clásicos que tenía desde que tengo uso de razón. Dante, Shakespeare, Homero, Tomás de Aquino, Aristóteles y uno o dos más eran mis maestros. Repetir textualmente los escritos de estos autores me permitía adentrarme en los vericuetos de su genialidad para apropiarme de su memoria, aburrirme con sus ángeles y gozar con sus demonios. Era una forma de re-lectura en la que me escudaba para evitar la pérdida de tiempo con la basura de los contemporáneos que mis contertulios me recomendaban con ahínco.

Aunque mi amigo el siquiatra me diagnosticó que la mejor manera de ser escritor era asistiendo a los talleres de escritura, con una sola vez que asistí a uno de ellos quedé curado. Me estrellé con mucha parla, poca letra.

En la corte no aceptaron mis excusas. Con palabras altisonantes tan caras a esa gentuza me disculpé con aquello de que la mejor lectura es la que se escribe. El peso de la fortuna del editor de marras pesó en el mazo de madera del juez y mi vida se dirigió por los senderos del infortunio.

No fue por falta de talento que no escribí novelas o ensayos peripatéticos. La brevedad de mis escritos se debió, en principio a la falta de papel, al final a una progresiva desconfianza hacia el lenguaje. El único escrito largo, exceptuando las obras que copiaba textualmente, fue el que escribí en las paredes de la cárcel que pintaban una y otra vez. Ésa, que considero mi obra maestra, era mandada a borrar por el director de prisiones cada vez que llenaba sus muros. Enemigo acérrimo del graffiti castigaba sin piedad toda escritura. Abrigo la esperanza que algún día, cuando logre aclarar todo este embrollo, pueda exhumar el palimpsesto de mi obra maestra siguiendo los procedimientos que utilizaron para recuperar el original de la Ultima Cena de Leonardo de Vinci que casi había desaparecido.

La infamia de todo este enredo merece una historia local. Han llegado al descaro de titular a unos de mis manuscritos como "Textos cautivos", cuando el que estaba cautivo era yo. Afortunadamente puedo contar el cuento porque no llegaron al extremo de poner en práctica los postulados del homicida Roland Barthes.

No quiero agobiarlos con hechos de mi vida para dar constancia de mi reclamo, sino enumerar algunas de las obras cuyos títulos y contenido fueron tergiversados añadiéndoles retazos de enciclopedia para congraciarse con los pedantes.

"El Delta", que seguía las electroencefalográficas frecuencias del sueño, fue cambiado a "El Aleph" que se ubica en el nivel de lo real. La cuadratura del tiempo finito representado en un dado, dio paso a la cacofonía del caos del infinito tiempo circular representado en una minúscula bola brillante.

El Jardín de los senderos que se bifurcan era el de los senderos que se multiplican. Había rehusado ese título que fue el primero que me asaltó al escribirlo, porque me parecen abominables las pobres dicotomías que tanto sirven a los críticos.

Funesto el desmemoriado, quien había servido de conejillo de indias a un doctor alemán de apellido Alzheimer, lo bautizaron Funes, el memorioso. El protagonista mío veía la inutilidad de la historia que siempre se repite. Por eso su memoria era virgen. Ninguna idea lo manchaba. En cambio el otro, se convertía en una enciclopedia ambulante de datos inútiles que matan la capacidad del asombro.

Para no caer en el campo de las repeticiones, de las enumeraciones ad infinitum abusadas por mi impostor, el lector ya puede imaginar lo que sucedió con todos los otros manuscritos. Si de lector pasivo se trata (Dios me libre de invocar aquí la torcedura política de Cortázar), remítase a la teoría de la recepción del tan manoseado teórico alemán.

Su supuesto "corpus" literario es motivo de discusión en todos los círculos del planeta. Lecturas borgesianas compiten con lecturas chamánicas y lecturas bíblicas. En los primeros he tratado de entrar para aclarar dicha impostura pero siempre me sacan a empellones y me declaran persona no grata.

Una revista francesa que denunció el entuerto fue sacada de circulación y Roger Caillois, quien firmaba el documento, condenado al olvido. Antonio Tabuchi, siguiendo las pistas del francés, lo corroboró en el suplemento literario del periódico Clarín de Buenos Aires el 13 de junio de 1996, pero recibió su bien merecido: fue ignorado y declarado loco.

No culpo a Borges. Él fue solo una víctima del tinglado armado por académicos y editores. Se aprovecharon de su bondad pero fundamentalmente de su ceguera, como se aprovecharon de mí por venir de un lugar remoto.

Por ese complejo de inferioridad de creer que sólo trasciende lo que huela a extranjero, vea a blanco y suene a plata, hasta mi nombre fue cambiado. En lugar de Pedro Mena, natural del Chocó, negro y sin dinero, me llamaron Pierre Menard.

© José O. Álvarez

Moebiana*

Para verificar que venía siguiéndome, ensayé itinerarios imposibles. Así, ejecutamos con precisión idénticos vaivenes, idénticas elipses, recortes y tirabuzones. Recorrimos extraños vericuetos, laberintos y desiertos. Inventamos rutas, estaciones y nombres de ciudades.

Como era previsible, nos perdimos; y lo que es peor: Después de tantas vueltas inútiles ya ni siquiera sabemos quién es el perseguido y quién el perseguidor, ni qué motivó esta situación, ni adónde nos dirigimos.

*Moebiana. De Moebius. La banda o anillo de Moebius es una superficie de un sólo lado, donde envés y revés son la misma cosa.

© Sergio Borao Llop

La presa

Desde que murió su madre, aquella vida de los barrios se le había hecho insoportable a René Marte. En verdad, desde su adolescencia, cuando le viraron el mundo y lo trajeron a vivir entre el bullicio de los altoparlantes, el monótono pregón de los buhoneros y el humo maloliente de los vehículos y la basura acumulada en todos los rincones, jamás pudo adaptarse a este cinturón de miseria donde vinieron a recalar.

Por ello, ante la desidia de la gente y el hedor que lo inundaba todo, no lo pensó dos veces; se fue a vivir al campo, huyéndole al bullicio y al progreso de la capital. Tenía vivo en sus recuerdos el río de su niñez, ese hermoso caudal que bordeaba los terrenos que dejó su padre en heredad, y que lo vio crecer hasta que era ya un hombrecito. Al fin y al cabo eso era lo que siempre había soñado: volver al campo, y construir su casa en el cerro.

Cuando miró su rancho recién terminado, creyó que tal vez sería más acogedor si tuviera en el frente un gran árbol que le diera sombra. Pensó en el framboyán que había visto camino al río, y fue a buscarlo. Lo sembró donde había mejor tierra para que creciera mas rápido. Alguien le había dicho que la borra de café era un buen abono, que hacía que los árboles se dieran grandes.
Pasaron los días. René le echaba borra de café a su matita, que cuidaba con esmero, como si fuera su única familia. Le acariciaba las hojas de vez en cuando mientras la plantita crecía y crecía casi frente a sus ojos. Algunas veces, al acariciarla, pensaba en Carmencita, la hija del bodeguero, a quien le había prometido regresar para llevársela a vivir con él a ese cerro de Bonao. Cómo era de putica la condenada –pensó-. Recordó las travesuras que ella le hacia cuando estaban solos en el colmado, mostrándole los senos sólo para verle la cara, ya que le decía que él era muy serio; y con tanta picardía lo recordaba, que hasta se reía, porque fue ella quien casi lo obligó para darle su primer beso. Cuando bajaba al pueblo generalmente era para llamarla, comprar algo y recoger la borra que le guardaba una tía suya que tenía un negocio donde se vendía café colado.

Su tía siempre le decía que se fuera a vivir con ella al pueblo, pero él se negaba diciéndole que en ese cerro viviría con su mujer y criaría los hijos que Dios le diera; siempre alejado del ruido y el desorden de la gente.

El árbol había crecido en poco tiempo, su fronda ya era suficiente para dar su sombra y René, sentado bajo ella en una silla de guano, se extasiaba recordando a la mujer que pronto estaría acompañándolo en aquella hermosa soledad; siempre observaba lo fuerte que había quedado el rancho, no lo tumbaría ni un huracán –pensaba-. Tiró la vista al llano y vio sus reses y sus chivos pastando tranquilos, y más adelante, el río que se perdía entre el monte. Fue entonces cuando volvió a escuchar el mismo rugido que otras veces, pero ahora se oía mas cerca; sí, eran tractores, los conocía muy bien, y no precisamente de arar la tierra; los había visto en acción en Villa Juana cuando tumbaron el ranchito donde vivió junto a su madre, y le dieron los chelitos con los que había logrado su soñada heredad. Pero el ruido todavía venía de lejos. Cerró los ojos y continuó pensando en Carmencita.

Una mañana, tuvo un sueño. Soñó que entre su sabana tibia se deslizaban unas suaves manos que lo acariciaban, y pudo ver dibujada la figura de una escultural mujer que se contorneaba libidinosa y en celo. Se imaginó que era Carmencita que había llegado y lo tentaba a hacer travesuras; al descubrir la sabana quedó perplejo, millones de raicillas del framboyán, haciendo un extraño zumbido se habían unido y formado una escultura con figura de mujer que yacía a su lado, como una amante esposa en busca de amor.

Lo despertó el rugido estrepitoso y violento de las máquinas. Comprendió que el sonido no era del sueño que venía, era de la realidad. Las voces de los hombres se confundían entre los tractores que se diputaban el derrumbe del cerro.

René Marte vio su framboyán partido en mil pedazos entre las fauces de un tractor. No fue rabia, ni estupor, fue amor. Le fue encima al maquinista con un machete. Sonó un disparo. René cayó rodando hasta donde se hallaba su árbol deshecho entre la pala mecánica. Abrió sus ojos y acarició sus hojas como lo hacía cada mañana. Un hilillo de sangre se deslizó de su boca hecha tierra, mientras una profunda y terrible oscuridad le cegaba los ojos, y le robaba sus sueños para siempre…

Ante la confusión reinante, el capataz, pistola en manos, dejó escuchar su voz:

–Pero ese hombre estaba loco, por poco le rompe el pescuezo a ese infeliz que tiene tres muchachos –señalando al maquinista-. Parece que nadie le dijo que por aquí es que va la presa.

© Pablo Martínez

Volver en julio

Qué les puedo contar en esta noche de julio...

Que mi corazón sigue trotando sin apuro y me reclama de vez en cuando alguna invitación, pero lo dejo seguir porque no sé adónde llevarlo, porque no veo ninguna puerta nueva por donde entrar con él.

Que sigo pensando que el pasado fue mejor, quizá porque tengo miedo de haber desfigurado el futuro.

Que me parece que pocas cosas buenas llegan y las que llegan no duran.
Pero quiero contarles también que sé salir de las sombras y los incendios. Más cansada quizá, pero íntegramente yo. A veces me ayuda alguien, desde un laberinto de historias que se me han vuelto invisibles.

Estamos en julio otra vez. Y julio tiene ese silencio tan especial... un silencio que me empuja a buscar abrazos.

Quizá sea agosto o quizá sean los frescos tardíos de setiembre los que me hagan recordar que aún cerrando los ojos puedo ver volar los pájaros y que esos pájaros vuelan para mí.

© Pilar Romano
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mediaIslaproSÁBADO 28 de julio 2007.-

Wednesday, June 27, 2007

proSÁBADO 041




NUNCA TE LO HE PREGUNTADO, nunca. Ni cuando tosés, ni cuando sonreís. Nunca. Me alarman tus ojos alargados cuando te encuentro en los pasillos, tu voz tiembla cuando atiendo el teléfono y me dice con cierto temor. ¿Es usted, realmente usted?

Aquella primera vez que fui a tu casa, después de cenar y saborear el último trago de vino, mientras veía la enredadera trepar y trepar por la ventan, creía que lo más natural era empezar a desvestirme, pues tus gestos tímidos, en algunas de tus palabras y de tus recorridos silenciosos e insistentes se adivinaba un deseo espeso, que era imposible detener.

Me dijiste que no, no era eso lo que querías. Con bastante desconcierto seguí hablando de los misterios de la noche, esa noche mágica abre puertas, abre ojos, abre sexo, abre soledad, abre comunicación, abre búsqueda. Adentro me pregunté qué diablos querías. Nunca tomé iniciativa alguna, ni hubo de mi parte la más absoluta insinuación, simplemente respondía a tus cortesías, a tus regalos, a tus extrañas cartas de amor con la educada atención de quien se da cuenta de que está siendo distinguido.

Después me pediste que me desnudara poco a poco. Contesté ya no tengo tiempo ni ganas, otro día, otra noche mágica abre sueños, abre misterios, abre paredes, abre pensamientos, abre caminos, abre posibilidades, abre lágrimas, abre protestas, abre claves. Y me fui con la frescura de cerrar cualquier curiosidad.

Hubo otra noche y muchas noches más. Las que me dieron la gana me desnudé y se hicieron cortos y largos trabajos de amor sobre tu cuerpo y sobre mí cuerpo.

No pudiste retenerme, mi rumbo era otro y por eso llegó la noche mágica cierra puertas, cierra sexo, cierra besos, cierra deseos, cierra música, cierra silencio, cierra manos, cierra, caricias, cierra piernas, cierra movimientos.

Y no comprendiste y desde entonces tus atisbos, tus encuentros en todas partes, tus llamadas telefónicas con eso de qué es de tu vida, tus cartas, tus invitaciones, tu letanía de reclamos, frente a mis evasivas, mi tengo mucho que hacer, por qué no me dejas en paz, adiós y buena suerte, y no quiero compromisos y estoy hasta el copete de ser responsable, por favor olvídese y búsquese alguien distinto.

Por las calles sus ojos pegajosos, por las fiestas sus manos busca remordimientos, por los timbres sus llamadas de atención, por los vestíbulos su voz de insinuaciones y reproche, por los caminos la sospecha de dónde va y qué está haciendo. Un acoso, una batalla con múltiples frentes y mi escasa libertad subsidiada por el descanso de su no encuentro, de su no presencia, de su disiparse un momento para volver, como si no hubiera pasado un segundo, con su eterna pregunta de qué ha hecho.

Y nunca te lo he preguntado. Nunca.

Hoy metida en la noche mágica, que entreabre y entrecierra flores y enredaderas, labios y laberintos, voces y bullas, bares y sesiones de comedia humana, libros y sentencias absolutas, oraciones y mentadas de madre, suspiros y escupites, manoseos y discursos, penumbra de claridades y hambre de misterios que regatean solvencia a las ceremonias, me pregunto y te pregunto.

No hay razón alguna. Nunca hubo razón alguna. Tu labio tropezó con el mío, el tuyo esperaba antes de esperar. El mío ya era camino abierto. Te miré como se mira a los tontos con cierta obligación temporal de complacerlos. Vos me miraste antes de que mirara, con inclinación marcada hacia lo distinto. ¿Cuál culpa propia hay en la culpa? Y la culpa es una enfermedad que se contagia.

Me quisiste contagiar, lo sé. No sabías que cargo a mi espalda la noche mágica, la que a veces abre, la que a veces cierra.

En todo caso, no te lo he preguntado nunca, ni pienso preguntarte nada.

Esa noche que camina conmigo / Carmen Naranjo
[Costa Rica, 1928]
http://www.clubdelibros.com/escarmennaranjo.htm
http://www.mcjdcr.go.cr/magon/carmen_naranjo_1986.html
http://www.inamu.go.cr/nuestras-huellas/GaleriaCultural/Novela/NovelaCarmenNaranjo.htm
http://elojodeadrian.blogspot.com/2006/03/una-visin-panormica-del.html
http://books.google.com/books?id=MsfnEkqQRJ8C&pg=PA209&lpg=PA209&dq=carmen+naranjo&source=web&ots=8GFfPKa28p&sig=cpaE43tOF5WX2TXviT7WmhYwY2I#PPA281,M1 http://www.clubdelibros.com/archicarmennaranjoentrevista.htm

Contenido

Tony Pichs – Sobre el mar
Luisa Belandia – Domingos
Aldo Vercellino – Cartas vivas
Bárbara Machado – Universo paralelo
Manuel García Cartagena – Hambre de ti, Rosita

Sobre el mar


Sobre el mar, ahí, sobre el mar, el demonio y los sueños resumen el afán de desmentir al abismo que se levanta para alcanzar las estrellas.Sobre ese mar, repetí en vosotras los deleites de esta vida, solté mis sueños, dejando volar sus esperanzas, amarré mis ambiciones a un altar para seguir las tuyas, sin pensar que un día los puñales se quedarían con los recuerdos de una juventud.Sobre el mar, incrédulos quedaron mis ojos, golpeando a un hombre cansado que escribió algunos poemas sin ser poeta, para desahogar sus penas.Fue ahí, en ese mar que me vio nacer, donde no pude vivir en alta voz y descubrir que la naturaleza era el cielo, que las causas eran mías que el sostenerme de tus brazos me dejaron como un vagabundo.Con frecuencia, pensé desaparecer suavemente sobre mí mismo pero continué por la luz que sólo podía ver, la luz del mar, que llevaba mis sueños al demonio para entregarle este alboroto de ideas que hoy me matan.

© Tony Pichs

Domingos

Los domingos, no encuentro papel, ni pluma, ni fantasía. Los domingos son torpes como monja en secucion. Sigo andando alrededor de la isla, y las olas del mar inundan las raíces del árbol laborioso del resto de la semana. No hay rascacielos ni hurgainfiernos, sólo un desfile de pensamientos ahogados durante seis días activos, para desembocar en la vagancia de las letras dominicales.

© Luisa Belandia

Cartas vivas

Escribí cartas sobre una tumba.

No acerca de, ni que versara de sepulcros, sino encima. Una tumba fría y abandonada por todos -hasta por la extinta, supongo- menos por mí.

Durante años dejé testimonio de la dimensión de una injusticia en que la difunta estuvo involucrada, aunque ella dice, a juzgar por su silencio, que no.

Empecé tímidamente, por orgullo: una esquelita breve, ya transcurrido el tiempo prudente, que se transformó en una barroca exposición en el segundo intento, azuzado por su desdén y la necesidad de aclarar ciertas cosas que me parecían muy importantes. Odio quiero más que indiferencia, se intitulaba, y era delatora porque claramente se me veía dolido en la ambigüedad. Me arrepentí de esa actitud, por mostrarme débil y entregado; nada le gustaba tanto a ella como saberme a su merced y siempre dispuesto, tanto al perdón cuanto a la súplica y la puteada. "Sí, sé que sabés que la injuria esconde y devela a un llanto", le aclaré, resignado, y traté de recomponerme y volver al ataque fortalecido. Ataque, fortaleza, estrategia... qué palabras horribles dedicadas al amor, pero qué inevitables; no sé cómo llegue a eso, cómo pude aceptar su convite al combate y la competencia; yo le ofrecía el mundo; ella nunca tuvo sentimientos, ni en el más allá.

No niego que tuve y a veces tengo furibundos deseos de venganza, pero para qué.

Durante lustros apilé hojas lapidarias y sepulcrales. Sé que las leyó, porque desaparecían semana a semana. Tal vez por simple regocijo ególatra; quizá porque en el fondo algo me quisiera. Y nunca tan en el fondo como en la muerte.

Seguramente pensará que voy a ir, manso, a buscarla, como siempre, pero esta vez no voy a ser quien comparezca; siempre soy yo el que da el brazo a torcer, y una relación de a dos involucra a los dos. Eso le voy a decir.

Lo sincero sería que le dijese que la amo con toda el alma y para siempre y lo repitiera una y otra vez de rodillas pero eso no sirve, ya lo he comprobado.

A ellas les gusta hacerse las difíciles.

Post data

De cada una de las miles guardé cuidadosa copia; es fácil presumir que escribí el doble de lo que le dije, pero a eso ella nunca lo sabrá: no es digno ostentar dignidad, y yo la amaba. Hace mucho, cuando estaba viva, cierta y palpable, le había declarado "No me avises cuando te vayas. No me interesa conjurar la distancia de tan mala, absurda e inefectiva manera: ni los metros ni las horas se resuelven escribiéndolos. Si no hay brazos ni voz y hay que inventarlos, no me interesan aunque sí me involucren y afecten. No voy a caer en la trampa / de hablar con fantasmas.", epistolarmente y mintiendo. A lo mejor se sintió abandonada de antemano, pero era para protegerla; a veces hay que tener frialdad de cirujano. Por otro lado, no era igual el sentido, la intencionalidad y la vigencia de aquella misiva entonces que ahora. Escribí cartas sobre una tumba. Nunca me fueron contestadas.

© Aldo Vercellino

Universo paralelo

Debo hacer un alto en el camino ahora, me detiene una luz que asoma entre las sombras; una voz que se aleja y regresa, presa de su propio eco, como un espíritu cautivo que se rehúsa al olvido, absorbe mi atención, la magia no excluye ningún detalle, me distrae como incitándome a evadir algún propósito. O tan solo me recuerda que no debo olvidar huir de la nada, esta nada que me acorrala cotidiana y metódica, disfrazada de caras numerosas en demasía; ambiguas, extrañas, ajenas, que aun así me sonríen. Obligándome a un gesto de reciprocidad, gesto que permanece congelado en la mueca que suele ser mi rostro, si la ocasión impone alguna regla de formalidad.

Pero me encuentro al fin aquí en mi lejanía donde prefiero estar, persiguiendo esa voz que me cautiva y transporta a este universo paralelo, donde sólo se escucha el canto de las olas de un mar inmenso y calmo que me invita a danzar a su compás, aquí donde una nube puede ser cualquier cosa, porque aquí cualquier cosa puede ser y ocurrir entre las manos mías; aunque tan solo sea yo, una más de las tantas criaturas que transitan ante la indiferente mirada del universo.

Es aquí donde se unen los dos azules en una fina línea irremediablemente perfecta y horizontal, es aquí donde convergen como un pacto todos los ojos fijos en armonía absoluta sin poder claudicar, parecen sumergirse por instantes los asuntos pendientes, mientras un parpadeo trae de nuevo los ruidos de sirenas y un autobús se aleja dejando atrás su estela de humo denso, contaminante y real como la vida misma.

Ahora debo continuar, ya está la luz verde.

© Bárbara Machado

Hambre de ti, Rosita

Cuando le apremiaba el apetito —llamémoslo hambre para rendir tributo a la democracia—, Pirulín Macías no vacilaba en ir a acodarse al mostrador de la fonda “Lucrecia”, parada obligada de todos los camioneros, guagüeros y galleros de la parte alta de la ciudad. Allí, por la módica suma de dos de los pesos de entonces, un plato le era rebosado con arroz a granel, guiso de pollo a discreción, un pozuelo regular de salsa de habichuelas y hasta un consecuente vaso de agua. Cierto es que Pirulín tenía que hacer mil malabares para reunir los mencionados e infames dos pesos, pero para su suerte todavía abundaban in illo tempore personas de equilibrado talante dispuestas a contribuir de manera particular con el desarrollo del arte y la cultura, etc., cada vez que él paseaba su nunca bien ponderado sombrero de pavita en torno al conglomerado de curiosos que se arrebataban a empujones centímetros de pavimento para presenciar el espectáculo que él y Rosita, su culebrita verde, habían hecho famoso desde el parque Enriquillo hasta la plaza de Armas de la República. Rosita y él se compenetraban tan perfectamente como la uña y el dedo. Verdad es que él la mimaba de manera ostensible e impúdica, besándola en público antes de cometer el primer acto de su célebre número. Pero también es cierto que ella le correspondía impecablemente y con una puntualidad digna de encomio, ejecutándose siempre con precisión milimétrica en el momento indicado.

Entre los transeúntes que se aproximaban con relativa frecuencia a las inmediaciones del parque Enriquillo, la pareja de Rosita y Pirulín se hizo tan famosa como la de Romeo y Julieta, y más admirable que la de Bonnie y Clyde. Todos esperaban verlo aparecer sobre la estrecha tarima (usualmente, un simple banco de parque), llevando a Rosita anudada en torno a su cuello como un collar de tres vueltas. Luego de un breve pero sincero aplauso, Pirulín saludaba a su amable audiencia, y se lanzaba a recitar una bien calculada arenga, mezcla de salmodia y de discurso publicitario a la manera de los presentadores de circo. Artista consagrado, Pirulín Macías mostraba en la adustez de su rostro toda la profesionalidad necesaria para convencer al mayor número de que lo que estaba a punto de presenciar era algo así como la quintaesencia de la maravilla. Con un silbido seco, Macías advertía a todo el mundo, pero sobre todo a Rosita, que la función estaba a punto de comenzar: pasándola con un gesto de prestidigitador de su cuello a su puño, de su puño a su cara, y de su cara a su boca, el mago gesticulaba para atraer la atención de su público hacia Rosita, que ya desaparecía hasta el mismo fondo de su garganta, tan sólo para volver a aparecer, segundos después, balanceando su cabecita en el aire como una bailarina sensual y voluptuosa, mientras, con las manos, Macías indicaba a su público que el momento de aplaudir había llegado.

Ese, sin embargo, era tan sólo el primer acto. A seguidas, volviendo a enrollarse a Rosita en el cuello, aquel atleta místico se dirigía hacia el lugar en donde se hallaba un pequeño bulto de cuero que contenía un termo de café y varios vasitos plásticos. Entre una y otra reverencia, el mago vertía una cantidad razonable de la infusión en uno de los recipientes, para regresar luego a su improvisada tarima. Allí repetía en lo esencial los mismos gestos del inicio de su primer acto, hasta el punto en que, desaparecida la culebra en el fondo de su garganta, procedía a consumir el contenido íntegro de aquel vasito de café, ante la mirada estupefacta de su público.

No parecía bastarle al oficiante quedar sepultado bajo un alud de aplausos, ya que, acto seguido, se dedicaba a entonar, acompañándose de rítmicas y sonoras palmadas en el pecho, boleros como «Teatro», «Yo no he visto a Linda», «Se me olvidó tu nombre», etc.., para beneplácito de los jóvenes y adoración de los más viejos.

Así transcurrían dilatados minutos sin que nada denunciara en el rostro de Macías inquietud alguna concerniente al destino de Rosita, hasta que, por fin, volviendo a silbar, esta vez con estridencia fácilmente comprensible, alzaba la vista hacia el cielo y, abriendo la boca como para recibir la bendición de una lágrima angelical, dejaba abierto el paso para que Rosita hiciera su aparición triunfal, colmando de asombro y de alegría a todos los circunstantes.

Algo de magia había en aquella fusión de animal y hombre. Embelesado por aquel misterio, el público que presenciaba atónito el desarrollo completo del espectáculo no podía sino sucumbir al maravilloso encanto de aquella visión de fábula. Al principio numeroso, aquel público fue menguando paulatinamente, a medida que se acentuaba la crisis económica en que se sumió el país poco tiempo después. Y con este detrimento de su auditorio, Pirulín Macías, mago urbano y desesperado, volvió a conocer viejas urgencias, sobre todo en el momento de atender a sus asuntos estomacales...

Sus visitas a la fonda «Lucrecia» se espaciaron a tal punto que terminó perdiendo el derecho a ser tuteado por el patrón, a pesar de que lo conocía desde la época en que ambos se lanzaban en piraguas de madera desde lo alto de las lomas de Moca.

Así, si se cuenta hoy en este espacio la historia de Pirulín Macías, es únicamente porque nadie que no conozca con pormenores la trágica historia de aquel encantador, entenderá las recónditas razones que lo empujaron al suicidio. Y sin embargo, muy pocos atribuirán otro matiz que no sea el de un anecdótico sarcasmo al hecho de que, antes de cometer aquel horrendo salto desde el punto más céntrico del puente Juan Pablo Duarte, Pirulín Macías, célebre figura del ascetismo nacional e involuntario paladín del idealismo urbano, hubiese disfrutado de un opíparo guiso con arroz y fideos, en el que Rosita, la sin par Rosita, tuvo la ocasión de desempeñar su último papel estelar.

© Manuel García Cartagena

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mediaIslaproSABADO 30 de junio 2007.-